Conejo a la refrendación popular del nuevo acuerdo

Refrendar el nuevo acuerdo a través del Congreso es hacerle conejo a la voluntad popular. La alternativa más democrática es realizar un nuevo plebiscito, cuyo costo es insignificante si lo comparamos con el costo de la guerra para el país.

Alirio Calderón Perdomo
Alirio Calderón Perdomo
Abogado
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23 de Noviembre de 2016

El nuevo acuerdo logrado en La Habana, atendiendo lo sentenciado en las urnas el pasado 2 de octubre, tiene en vilo tanto a la guerrilla, al Gobierno, a la clase política y a la academia, para encontrar un mecanismo que asegure legitimidad popular, su aprobación  y que garantice acatamiento al ordenamiento constitucional; para empezar la fase de implementación de lo acordado.

En esa discusión, unos y otros, no han encontrado un mecanismo constitucional, que garantice las premisas anteriores y solo han atinado con mayor convergencia, a depositar en el Congreso de la República, la facultad y posibilidad para su refrendación.

Otras voces en cambio, han buscado sin mayor eco, consultas regionales, a través de las corporaciones públicas como asambleas y concejos municipales, otros han propendido por los cabildos y por último quienes insisten en la figura del plebiscito nuevamente.

Desenmarañar jurídica y políticamente el meollo de la refrendación del nuevo acuerdo, tiene que sopesar impajaritablemente, tres inamovibles que están intrínsecamente en la esencia misma de lo acordado y que gravitan en la sentencia de constitucionalidad del fallido plebiscito del 2 de octubre, en la palabra empeñada de gobierno y guerrilla de dejar en la voluntad popular su aprobación final y que el mecanismo de refrendación este inmerso dentro del marco legal y constitucional que rige el estado colombiano.

Garantizar esos tres inamovibles requiere en primer lugar, acatar la sentencia de la Corte Constitucional que advirtió, que ante el escenario político de improbación, el acuerdo no podría ser implementado y que conservando incólume la facultad presidencial, para mantener el orden público, podría renegociar un nuevo acuerdo, que fue lo que efectivamente se hizo.

En segundo lugar, el Presidente siempre ha sostenido y defendido, que afinca en el pueblo la última palabra, respecto de la aprobación de lo acordado, lo que sin duda lo colocará en el más alto peldaño liberal de mandatario alguno en la historia de Colombia.

Y en tercer lugar, el otro inamovible, es el mecanismo legal y constitucional, que permita su refrendación, por cuanto ello comporta su incorporación al mundo jurídico del Estado y la libre expresión de la voluntad popular.

Visto este panorama, solo existe un mecanismo, que garantiza la vigencia y legitimidad del nuevo acuerdo, y no es otro que un nuevo plebiscito, pues dejar en manos del congreso la refrendación, viola la palabra empeñada del Presidente y hace conejo a la expresión de la voluntad popular y deslegitimaría de entrada el nuevo acuerdo, por cuanto es claro para el País, que hay una coalición de gobierno ampliamente mayoritaria, que castraría la expresión popular.

Las únicas críticas a un nuevo plebiscito, son su costo y el temor a una nueva derrota, ambos sin la importancia debida, ante tan transcendental decisión, que significa terminar la guerra con la guerrilla más grande y antigua y la de mayor carburante en la historia de violencia que sacude a Colombia en los últimos 50 años de su vida republicana.

Una guerra que según planeación nacional, cuesta solo, para el periodo 2014-2018, algo más de 203 billones de pesos colombianos, lo que equivale a unos US$74.500 millones, cifra exorbitantemente mayor que el billón aproximado, que costarían los dos plebiscitos, y,  el temor de una nueva decisión adversa del pueblo colombiano, es realmente infundado, pues en primer lugar hay nuevos y muy importantes sectores del No, que ahora apostaran por el Sí, pero sobre todo, tendría ahora el estado la excelsa oportunidad, de salir de sus escritorios con valentía e hidalguía, a defender un legado que los catapultara por siempre, en la historia de la Nación y que hoy tiene además dos pulmones fulgurantes nuevos: Los jóvenes universitarios y el premio nobel de paz; pero sobre todo no hacerle conejo al pueblo colombiano.