Ayer estuve en Buriticá

Viajé atendiendo la invitación que me hizo el alcalde de Buriticá (Antioquia) para asistir a una jornada de acción institucional en el municipio. Esta vez la llegada fue muy distinta a mis pasadas experiencias.

Jaime Arteaga
Jaime Arteaga
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23 de Junio de 2016

Viajé atendiendo la invitación que me hizo el alcalde de Buriticá (Antioquia) para asistir a una jornada de acción institucional en el municipio. Viajé muy animado porque mi oficina trabaja desde hace ya tres años en este pequeño enclave en las montañas. La empresa ha acompañado el proceso de Buriticá durante los últimos años, por encargo de actores del gobierno nacional, la cooperación internacional, la Agencia Nacional de Minería, la compañía y la alcaldía de Buriticá.

No iba desde finales de enero, cuando tuvimos un Café Conversación en medio de un ambiente crispado por los decomisos de material de mina, y la tensión se tomaba el pueblo por los mineros inmigrantes amotinados en la plaza. En ese momento los megáfonos llamaban a la resistencia, a la movilización de los miles de hombres vestidos de botas de caucho y morrales con herramientas. 

Esta vez la llegada fue muy distinta a mis pasadas experiencias. En Pinguro estaba un puesto de policía organizado, y un arco de bombas presagiaba un evento muy importante. El camino parecía otro, no estaba marcado por el vértigo de las motocicletas y los mototaxis bajando de manera caótica por el tramo con mayor accidentalidad en Colombia. Los lotes, antiguos parqueaderos atestados por cientos y cientos de motos estaban vacíos. La llegada, no tuvo el preludio de las miradas desconfiadas de los miles de hombres fibrosos, con manos de minero (gigantes, de piedra como el material que explotan).

Esas veces de antes, a la llegada, mi equipo me repetía una y otra vez las recomendaciones de siempre: no tomar fotos, no hablar por teléfono y, sobre todo: no pronunciar ciertas palabras. Claves que repiten como un credo para asegurar que puedan hacer su trabajo sin problemas.

Pero hoy fue diferente. El trayecto fue tranquilo y un aviso de “Buriticá Tiene Corazón” anunció la llegada del pueblo. Al llegar a la plaza, estaba terminando el discurso de la secretaria de gobierno de Antioquia, arengando a “vivir dentro de la legalidad”. Sí: se usó la palabra legalidad, de manera enfática, y sin ambages. Un cambio de las palabras está ocurriendo, sutil, pero más fuerte aún que las evidencias que fui encontrando durante la mañana. Buriticá cumple 3 semanas sin ninguna contravención (el pueblo estaba atestado de violencia intrafamiliar y riñas). El medidor de mercurio en el medio ambiente, por primera vez marcó 0 cuando había alcanzado casi el 0.125 en algunos lugares (el nivel más apto aceptable para la salud humana es 0.025). La banda del pueblo, principalmente de niñas, formaba a un costado de la plaza. 

Al discurso de la secretaria de gobierno de Antioquia, le siguió el Alcalde. En la tarima, a Humberto Castaño le fluyen las palabras tan escasas cuando se conversa con él en privado: deja de ser el callado personaje que mide atento a sus interlocutores y se hace locuaz ante la tribuna. Sus palabras también han cambiado y usa el pasado para referirse “al curso que estaba tomando el municipio”. Ha incorporado el término “minería irresponsable”, un adjetivo que, por pequeño, representa un gran ajuste en su discurso. Y terminó su intervención hablando de lo que se conoce ahora como “El Operativo”. Reconoció que este (El Operativo) había sido necesario, y pidió que hubiera un “Posoperativo” (usó ese término): hasta tanto, le pidió a los buritiqueños que tenían apretarse el cinturón mientras llegaban nuevas oportunidades. A mi costado, un par de señoras mayores, renegaron “¿Apretarnos el cinturón? Nos vamos a morir de hambre”… No sonaban convencidas de la invitación del alcalde.

El cierre de ese evento, fue algo que me causó curiosidad: la gobernación invitó a protestar. Si. Invitó a que los que quisieran protestar, lo hicieran de manera pacífica. Mi sensación de anticipación fue grande, nos miramos desconcertados con los funcionarios del ministerio de minas (uno de ellos había dejado de ir por preocupaciones de seguridad). Y empezaron a agolparse  habitantes del pueblo, ancianos, mujeres y hombres campesinos, que sacaron sus letreros: “Comunidad de Tabacal, se hace presente” rezaba un anuncio hecho en cartulina, otro “Los Saluda Grupo de Adulto Mayor”, y otro aviso anunciaba “no estamos contra la minería, estamos en contra de la descomposición social”. Los numerosos funcionarios de la gobernación, enfundados en camisas blancas, no descendieron de la tarima hasta haber mostrado atención a cada uno de los carteles. 

Seguimos a la inauguración de la planta eléctrica que Continental Gold entregó al hospital. De camino, compré buñuelos donde varias mujeres conversaban desprevenidas sobre “El Operativo”: buen buñuelo, se los recomiendo. Al llegar al hospital, los trabajadores estaban entusiasmados y un hombre de la administración vistiendo una camisa blanca (no era una bata, pero debía sentir que así se parecía a un médico), nos saludaba efusivamente a los que llegábamos. A mí me saludó en inglés: “hello”. En la inauguración, estaba el representante de la compañía, el alcalde, el secretario de salud y un padre y como cuando se lanza un barco al mar, después de la bendición del cura y unas palabras de los invitados ilustres, nos dieron una copa (esta vez de piña colada… que también acepté gustoso a pesar de que ya tenía encima un buñuelo y ponía en riesgo mi regreso en flota a Medellín). Fue un evento grato, y los funcionarios agradecieron el gesto de Continental Gold.

Seguimos luego al último de los eventos que pude asistir en esta “maratónica feria de oferta institucional”. Una reunión para conversar sobre la formalización. Se hizo en la sede de la secretaría de minas, un sitio pequeño, calentado por el atestado grupo de representantes mineros que querían oír hablar del tema. La secretaria de gobierno de Antioquia se disculpó por la logística, pero dijo que “debido a que se debe hablar en un contexto de legalidad, la sede de la secretaría era el más apropiado” . El alcalde habló, volvió a usar enfáticamente el término de “minería irresponsable” y a los abusos de los mineros en pretérito simple. Castaño invitó a que los mineros se organizaran en pocas asociaciones porque según él no iba a ser posible atender a las 30 solicitudes que se han hecho de manera desordenada. En su intervención, hábilmente, puso a la empresa en el centro de la conversación. En ese momento intervino la compañía, qué fue clara sobre las expectativas, y el auditorio no se alteró: si hubo brazos cruzados y algún murmullo, pero no las protestas airadas del pasado (otro cambio en el lenguaje). Luego intervino el ministerio de minas y hablaron de la política minera. Solamente al fondo, algunos mineros se mostraban abiertamente molestos, sin gritar, pero expresando en voz baja su inconformidad. Antes de irse, la secretaria de gobierno de Antioquia volvió a tomar la palabra y dijo: “los de fuera de Buriticá serán bienvenidos, como turistas, para que, como antes, vengan a pedirle novio a San Antonio”.

Al final, caminé conversando con la secretaria de gobierno de camino a otro evento que tenía ella en la escuela. Le pregunté si había notado algún cambio en las palabras desde que nos encontramos en una reunión de marras con el Procurador General. Ella reconoció que algunas cosas habían cambiado. Y me dijo: “El Operativo, no empezó hace un mes y medio: empezamos hace casi tres meses buscando poner a salvo a los niños… y nos encontramos con cosas terribles… niñas con síndrome de down que habían sido violadas…”… Hablamos muy rápidamente de algunas cosas, y sus asesores se la llevaron adentro donde la esperaban otros ciudadanos.

Salí entusiasmado de ver un triunfo contra la minería ilegal. En la noche, ya en mi casa, sonó el teléfono. Era el alcalde Castaño. Lo saludé efusivamente, le agradecí la invitación y lo felicité. Él, otra vez el mismo hombre parco, se limitó a decirme: "Necesitamos mucha ayuda. Todos tienen que seguir acá". Quise prometerle que así sería, y que esta vez el Estado no iba a ser intermitente. Al colgar, me quedó la sensación de que aún falta tiempo, pero que con esta batalla tenemos razones para ver que sí es posible hacer que Buriticá vuelva a ser un Laberinto de Paz con una minería legal, responsable e incluyente.