Las noticias falsas llegaron para quedarse (I)

Mucho se ha debatido sobre las noticias falsas. No solo en Colombia por la coyuntura del  2016, sino en el mundo entero, donde parece ser cada vez más importante la idea de un mundo configurado a partir de los hechos alternativos. Con un proceso electoral en ciernes ¿estamos preparados para ellas?

Germán Ortiz
Germán Ortiz
Profesor en Universidad del Rosario
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09 de Noviembre de 2017

Desde hace un siglo la prensa en general se ha debatido por contar de la mejor manera y con estilo propio las historias de la realidad física y social que acontece, muchas de las cuales se cubren igualmente por la competencia representada en otros diarios, múltiples revistas y más recientemente noticieros de radio, televisión y portales web de noticias.

Entre periodistas y editores de entonces hacia acá, no había mayor preocupación por evidenciar tajantemente las diversas perspectivas sobre los relatos que se constituían ya que todos “parecían” estar bajo un mínimo acuerdo en relación a los hechos y las declaraciones que de estos realizaban los involucrados.

Aunque se generaron diversas críticas por lo que hacía el periodismo y en verdad aún hace, era claro que el asunto como tal se aceptaba e incluso se promovía por sectores académicos y de la opinión pública, que veían en la dinámica de la producción de noticias y sus rutinas profesionales una buena ocasión para alcanzar con aquellas notas periodísticas que resistieran el paso del tiempo una vez fueran emitidas, la anhelada credibilidad y por tanto veracidad sobre lo acontecido.

Era como una especie de carrera contra obstáculos directamente proporcional al número de versiones que podían darse de la misma noticia. Finalmente sobreviviría una sola por supuesto, la que todos, incluyendo los periodistas, considerarían como cierta.

Y tal vez lo más relevante, el hecho evidenciaba un tipo de “consenso social” que lograban construir las agendas informativas – unas más desemejantes a otras  pero en últimas todas comparables - lo que resultaba ventajoso para las instituciones, los Estados y los políticos que veían con las noticias de los medios de información y comunicación, un tipo de mundo que tenía sentido para la mayoría a pesar del 'caos formal' que representaba y aún representa en su comprensión diaria, sobre todo en torno a las notas informativas que resaltan lo nefasto, lo inesperado o lo inverosímil de la condición humana.

Aquellas historias que resultaban antagónicas, discordantes o disímiles por no hablar de falsas, finalmente no eran tenidas en cuenta a menos que mediara algún tipo de empatía ideológica, en cuyo caso aparecía en pleno la prensa alternativa que estaba allí para denunciar lo que la historia oficial callaba y los otros no se atrevían a divulgar.  

En 2017 el asunto se sigue dando de maneras distintas afortunadamente aún para las democracias que se consideran deliberativas y respetuosas de la libertad de expresión. Sin embargo, los giros y las transformaciones informativas que se advierten con la irrupción y arraigo de las llamadas noticias falsas, vaticinan un tipo de crisis nunca antes experimentado al interior de las salas de redacción de las instituciones periodísticas del mundo entero cuya labor principal – la de darle sentido común al presente que acontece – se está resquebrajando poco a poco en medio de la creciente falta de credibilidad por cuenta de los ciudadanos y la abrupta irrupción de “comunidades informadas” en paralelo que pugnan por imponer sus hechos o mejor dicho, los hechos alternativos, que al igual que en el orden informativo que se intenta suplantar, permiten a los ciudadanos reflexionar y decidir sobre asuntos primordiales para  sus vidas.

En ese escenario complejo e incierto tres son los actores importantes a identificar, cada uno con su propio peso específico y efecto particular en el orden global de la información que parece configurarse por ahora.  

Por un lado, los ciudadanos profundamente interconectados en redes sociales que actúan como comunidades de vecindad escépticas y vulnerables a la vez debido a la erosión de su  confianza social, que en palabras de Zygmunt Bauman están allí no para unirse, no para ampliar sus horizontes, no para establecer un diálogo franco y abierto, sino por el contrario, para encerrarse en lo que él denominó las 'zonas de confort', donde el único sonido que oyen es el eco de su propia voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propio rostro y lo único que intercambian son sus propios pensamientos en una perfecta mezcla para dar origen a las llamadas 'cámaras de eco' o 'burbujas de pensamiento' en donde lo valioso no radica en la confrontación de hechos o ideas sino en el denominado 'sesgo de confirmación', que un investigador como Walter Quattrociocchi identifica como el principal causante para derivar en la creación de comunidades homogéneas que tienden a retroalimentarse y a ignorar al resto.

La mayoría de las grandes empresas informativas salieron triunfantes y sostenibles al haber logrado superar el embate de una oleada de transformaciones e innovaciones que pusieron en entre dicho su permanencia de manera casi apocalíptica al predecirse el fin del periodismo como lo conocíamos entonces 20 años atrás ante la eventual imposibilidad de asumir los cambios que impuso la información digitalizada y las crecientes necesidades del entretenimiento público entonces.

Quizás más que nunca, ahora las empresas de medios de comunicación e información cuentan con innumerables recursos que exhiben tanto en lo económico como en lo tecnológico, lo cual las ubica en la cúspide del éxito empresarial hasta el punto de resultar muy atractivas para los grandes inversores financieros que ven en ellas una fuente de recursos importante en un mundo vastamente comunicado, aunque no bien informado, como lo evidencian los últimos acontecimientos.

Junto a ello, una creciente desconfianza por cuenta de los ciudadanos hacia la prensa como institución primordial de las democracias modernas, porque ven en la misma un desinterés por los problemas más representativos y en cambio sí  un interés puramente comercial a la hora de informar sobre la realidad. Esto se refleja en el último informe del Trust Barometer 2017 que resalta que las instituciones que descendieron más son precisamente los medios de comunicación,  teniendo en este año  un 41% de confianza, cinco puntos menos en comparación con la cifra de 2016. Más preocupante aún que el informe señale que 82% de los países consultados no confían en los medios de comunicación y tan solo en cinco países el nivel de confianza supere el 50%, con respecto a otras instituciones.  

Y finalmente los políticos como miembros de una institución relevante en el hacer diario con impacto directo en el devenir de los ciudadanos por las tareas encomendadas que no siempre cumplen de manera loable. Paradójicamente su gestión o lo que parece de ella, ha calado hondamente en las redes sociales. No en vano sus mayores seguidores los tienen ellos como si fueran cantantes, modelos o deportistas. Sus fieles seguidores responden persistentemente al comentario del líder, por banal que este parezca.  

Aunque muchos no cumplan con lealtad la tarea delegada por los ciudadanos, sí entienden la importancia de parecer que lo hacen. Como lo sugería Maquiavelo, lo importante para el gobernante es conservar su condición de gobernante para hacer lo que los ciudadanos esperan que haga, por tanto no se puede dejar de serlo – cueste lo que cueste – ya que lo que importa finalmente es eso para ser llamado como tal.  

De ahí que muchos políticos intentarán desinformar, demeritar, sobredimensionar o francamente manipular. Sus propios intereses redundarán en las declaraciones que asiduamente lanzarán a los medios de comunicación; harán explosivas declaraciones de 140 caracteres en su móvil; filtrarán “informes” y “datos” que no responden a los hechos en sí pero que los medios convertirán como tales por aquello de la importancia de las fuentes frente a la veracidad de la información: “si lo dice quien lo dice, deberá entonces ser cierto”.

Así, las noticias falsas han calado hondamente en una sociedad ávida de saber lo que está pasando. Para los ciudadanos en general, los hechos no han dejado de ser importantes. Sin embargo su naturaleza 'alternativa' por ahora no es motivo de preocupación, porque al menos cumplen la tarea que han dejado a un lado los medios de información conocidos.

La seducción mediática pasó de los medios convencionales a las redes sociales. En ellas los ciudadanos antes que informarse se entretienen, comentan lo que les preocupa y muestran empatía hacia todo aquello que les suena común y de interés para “todos” o al menos para la comunidad a la que pertenecen.   

Eso es lo que hace más grave el asunto. No es tanto la desinformación en la que se encuentra el mundo, sino el tipo de realidad que se está configurando en la mente de millones de personas con los supuestos hechos alternativos.

Ya no importa poner en tela de juicio por inverosímil que parezca la realidad que se comparte: “esa es la que me interesa y deseo compartir” dirá el ciudadano desprevenido: ¿qué importa la justicia que conocí si esta es la verdadera ley a la que aspiro, los derechos que profeso o los políticos que deseo?