Bandidos seductores

Aunque nos resulte chocante, observar en la televisión los homenajes populares de criminales que fueron muertos o neutralizados como se dice técnicamente por las autoridades, responde a una lógica que hay que entender sobre todo por cuenta de quienes tienen la tarea de implementar políticas de convivencia y presencia efectiva del Estado. ¿Se está logrando? 

Germán Ortiz
Germán Ortiz
Profesor en Universidad del Rosario
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27 de Noviembre de 2017

La escena es un tanto disparatada y a la vez patética. El pueblo se abocó expectante a las calles como si fuera a darse inicio a la temporada de ferias y fiestas  para convocar a curiosos, mujeres, niños que por allí transitaban, ciudadanos desprevenidos, jóvenes en sus bicicletas y hasta buses atiborrados aunque ahora cerrando lo que parecía ser una caravana presidida por el féretro de Luis Orlando Padierna alias “Inglaterra” segundo al mando del Clan del Golfo y uno de los hombres más buscados por las autoridades, despiadado en su hacer homicida y por lo que se dejó sentir en el ambiente, más apreciados del municipio de Carepa.

El desconcierto para muchos sectores de opinión fue inmediato; su rechazo en redes sociales se evidenció en los duros comentarios hacia la población a quienes se les descalificó por su actitud congraciante, lo que llevó a las autoridades de la región a definirla incluso, como un acto apologético del delito ya que no se comprende cómo se le da recibimiento de héroe a un personaje con un prontuario criminal de esa magnitud.

Más allá de la coyuntura mediática que el hecho demanda, vale la pena debatir acerca de qué hace que la gente muestre simpatía hacia un ser que dentro de una narración usual y común con claros matices morales (en torno al bien y el mal) se juzgaría sin duda de manera negativa. ¿Qué cometido define mejor a estos personajes con una moral ambivalente (la gente los aprecia por lo que hacen por ellos a la vez que las autoridades los persiguen por su actuar despiadado y criminal) que arrastra a una comunidad a enfrentarse con un dilema moral al marcar empatías disímiles a pesar de su actuar asesino?

Dos profesores norteamericanos, Arthur Raney y Sophie Janicke, sugieren en un estudio sobre el consumo de personajes siniestros que acompañan las series televisivas actuales, que los televidentes exhiben estrategias para eludir la falta de moral de los personajes de ficción que suelen acompañar dichas series.

Aunque sus análisis se hacen sobre personajes creados para la televisión, la presencia de alias “Inglaterra” es una verdadera ficción para sus propios seguidores: en medio de la selva consumía botellas de vino de cinco millones de pesos, se acompañaba de chicas voluptuosas, vestía ropa de marca, portaba relojes Rolex, se bañaba en fragancias importadas y a la hora de “guerrear” hacía uso de las armas más modernas y mortíferas. ¿No suena acaso a ficción su propia vida?

Según la investigación, los fieles seguidores – los ciudadanos en nuestro caso -  de las truculentas vidas de estos sujetos ponen más atención en los indicios de la acción (un joven en el Corregimiento de Piedras Blancas vociferaba ante las cámaras de televisión que la zona estaba en paz precisamente por lo que había hecho este hombre y no por lo realizado desde el Estado) así como en la personalidad y la conducta del antihéroe (muchos de los nuestros han realizado inversiones en hospitales, carreteras o respaldaron el cuidado de personas de la tercera edad). Esto contribuye a que las transgresiones de los cuestionados individuos resulten entendibles e incluso comprensibles.

Además, así como ocurre en la serie de televisión Dexter - la historia de un médico forense que vio de niño como asesinaban y descuartizaban a su madre - los espectadores justifican las acciones en contra de otros por los traumas que se vivieron durante la infancia de cuyos efectos, bajo cierta lógica, permiten y le convierten en un despiadado asesino en serie.

En Colombia nos desbordan las historias semejantes. Nuestros más afamados criminales fueron víctimas de ultrajes que luego replicarían como victimarios.

La vida de bandoleros como Teófilo Rojas alias “Chispas” es diciente dentro de un repetitivo ciclo de violencia. Los hermanos Castaño nunca pudieron superar el asesinato de su padre. Para el caso, alias “Inglaterra” aunque no padeció hechos de violencia atroz, fue un humilde campesino que pasó de sembrar yuca y maíz en Turbo a un jornalero cocalero que entendió la presión de los grupos paramilitares y acciones guerrilleras que se disputaban el poder en la región en la década de los años noventa en medio de masacres que se acusaban mutuamente para lograr mayores adhesiones a sus causas.

La otra estrategia de apoyo a las acciones perversas es distanciarse de los actos reprobables de los bandidos remarcando la culpabilidad hacia las víctimas. Entre las acciones del Clan del Golfo se destaca la limpieza social que realiza en determinadas zonas. Los lugareños las apoyan con frases como “se la tienen merecido”, “eso sí para que hacen eso”, “para que aprendan”. Es otra manera de suplantar la autoridad de una institucionalidad débil que no logra mediar entre los propios ciudadanos quienes terminan por inclinarse a las acciones de fuerza para imponer el orden.

Uno de estos estudios advierte además que por lo general se suele juzgar la conducta de los personajes (de las series de TV) más por el origen de las intenciones de sus acciones (lo que representan en sí) que por las consecuencias que arrastran. Es una manera de tolerar las conductas inmorales aunque estas sean a todas luces reprochables bajo cualquier punto de vista.  

La empatía hacia el criminal se marca por lo cautivador y sugerente que resulta su personalidad, aunque haya asesinado policías por la sola condición de serlo, sometido jóvenes adolescentes por su virginidad o pagado políticos para el control territorial de las instituciones de la región.

La vida de sujetos como alias “Inglaterra” o Roberto Vargas alias “Gavilán” muerto meses atrás e igualmente homenajeado en su momento en el cementerio local de San José de Mulatos cerca de Turbo, ponen en entredicho los límites de la moralidad de toda una población que históricamente ha permanecido al margen del desarrollo económico y social a pesar de vivir sobre una de las tierras más fértiles del país.

Vulnerada por la violencia de los diversos actores armados y la corrupción de su clase dirigente, son pocas las opciones de alcanzar sueños a menos que equiparen sus vidas a las de los antihéroes a quienes admiran y añoran. Quizás, a diferencia de lo que acontece por ejemplo con los jóvenes en regiones más prósperas, los de allí saben que antes de alcanzar las metas dentro de un proyecto de vida virtuoso y legalista, las verdaderas oportunidades se encuentran en el mundo alternativo que reconocen que alude a antivalores muy distantes a los del resto de la sociedad.

Un reto mayor para el llamado pos-acuerdo que se intenta implementar.