Tumaco duele

Solo el 26% de los jóvenes de Tumaco logran terminar la secundaria; 25.400 de sus menores no van a la escuela,  75%  de ellos habitantes de la zona rural. Tumaco duele.  Y duele hace décadas.

Andrea Parra Triana
Andrea Parra Triana
Asesora - Fundación Empresarios por la Educación
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30 de Octubre de 2017

Solo el 26% de los jóvenes de Tumaco logran terminar la secundaria; 25.400 de sus menores no van a la escuela,  75%  de ellos habitantes de la zona rural. Tumaco duele.  Y duele hace décadas.

Este municipio condensa gran parte de los problemas sociales que tiene el país; los resultados de un modelo económico extractivo, la configuración social y económica alrededor del narcotráfico y la ilegalidad, el gamonalismo y la corrupción, la informalidad, el problema de tierras, la falta de oportunidades, de infraestructura, la ausencia del Estado…Las estadísticas son dramáticas: 22 kilos de cocaína salen de Tumaco cada hora, provenientes de las 23 mil hectáreas de coca cultivadas; el 70% de los habitantes trabaja de manera informal y solo el 4.6% logra acceder a la educación superior. El número de muertes violentas es dramático; solamente en el 2016 fueron asesinadas 147 personas, campesinas en su mayoría.  

Hoy, habitantes de Tumaco han denunciado la presencia en el territorio de grupos disidentes de las FARC, grupos paramilitares, ELN, delincuencia común, narcotraficantes, entre otros. Aunque el número de muertos a causa del conflicto armado ha disminuido con la firma de los acuerdos de paz, el asesinato de líderes sociales va en aumento, con el agravante de la posible implicación de las fuerzas policiales en la masacre de campesinos cultivadores de coca.

¿Cómo pensar entonces la escuela en este contexto? Los retos educativos de este municipio superan los del aprendizaje disciplinar de los estudiantes y no pueden ser medidos exclusivamente por las pruebas de conocimiento. La escuela que necesita Tumaco claramente no puede ser pensada desde el centro del país; es necesario generar escenarios para que las comunidades se re piensen y se reencuentren con la posibilidad de soñar su educación y acompañarlos en la planeación y puesta en marcha de este sueño. Esto pasa por entender que la escuela no debe estar sola y que este profundo cambio supera sus responsabilidades y capacidades.  

Hace años escuché a una profe de este municipio contar cómo a través de su proyecto, había logrado disminuir el porcentaje de estudiantes que entraba a organizaciones armadas, y que gracias a la movilización comunitaria logró el desminado de la escuela. Definitivamente, necesidades como estas requieren encontrar un lugar en el acompañamiento y en las apuestas educativas municipales.

El mejoramiento de las condiciones sociales, materiales de infraestructura, y la presencia estatal (más allá de la fuerza pública), deberá ir acompañado de transformaciones culturales en las que la escuela juega un papel fundamental. Una vez más, las soluciones no vendrán desde afuera, sino que deben partir de lo local, de la generación de capacidades y de potenciar lo que la sociedad civil y las comunidades vienen haciendo en un territorio y una escuela que no pueden ser vistos solo desde la carencia.

Hace falta ver por ejemplo lo que vienen haciendo las redes de mujeres pescadoras que han logrado generar alternativas productivas legales para las comunidades, o algunas experiencias etno-educativas que han encontrado en su contexto no una excusa, sino una posibilidad y han logrado construir propuestas educativas propias, que dotan de sentido a la escuela.

Quizá la sociedad colombiana no se había conmovido tanto con Tumaco como ahora. El problema se está haciendo visible. Que se haga también visible la esperanza y el acompañamiento real para esta población y para sus escuelas; desde el Estado, pero también desde el sector privado y desde las organizaciones de la sociedad civil que creemos en otro futuro posible.