Plena-mente aquí

Estábamos todos meditando y de pronto entró el sonido de unas vocesitas desde afuera. Unos chicos asomados a una ventana, agazapados, conversaban: "¡Mira, ahí están los chinos!", dijo uno refiriéndose a los monjes vietnamitas y malayos que guiaban la meditación.

Claudia Bermúdez
Claudia Bermúdez
Directora de Comunicaciones - Fundación Empresarios por la Educación
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06 de Diciembre de 2017

Estábamos todos meditando y de pronto entró el sonido de unas vocesitas desde afuera, unos chicos asomados a una ventana, agazapados, conversaban:

- ¡Mira, ahí están los chinos!, dijo uno refiriéndose a los monjes vietnamitas y malayos que guiaban la meditación.

- ¿Qué hacen?

- ¡Es Mindfulness!

Sonreí. Qué alegría me dio saber que niñitos de esa edad conocen ya el concepto de mindfulness -o práctica de la plena consciencia-, ¡incluso antes de saber que no todos los oji-razgados en el mundo son chinos!

Estábamos en un taller sobre mindfulness aplicado a la educación. Lo dictaban un grupo de monjes y monjas budistas estudiantes de Thich Naht Hanh, maestro zen vietnamita, activista nominado al Premio Nobel de Paz en 1964 quien, desde la época de la guerra en su país, y con el apoyo de su comunidad, se ha dedicado durante años a regar semillas de plena consciencia por el mundo entero como herramienta base para la construcción de la paz.

Fue emocionante ver y saber en el mismo espacio a profesores de colegios públicos y privados, a un Rector Compartir indígena, a miembros de fundaciones y ONG, todos de distintas edades y proveniencias, interesados en enriquecernos para lograr una educación holística, más integral. Los monjes compartieron una serie de técnicas para practicar la plena consciencia y, de esa manera, llegar a ser mejores seres humanos y, claro, mejores educadores. Explicaron cómo para construir la paz debemos primero y ante todo ser paz, cómo siendo paz, encarnándola, irradiamos paz.

Impactamos la vida de los niños con nuestro humor, con nuestro estado de ánimo, cada día. Eso que somos es lo que ofrecemos. Así como nos estemos sintiendo, es lo que ofrecemos. Entonces, nos enseñaron, por ejemplo, a meditar caminando. -Gracias, gracias, gracias-, le digo a la tierra como besándola con cada paso que doy, mientras respiro sincrónicamente y siento cómo el aire entra y sale de mi cuerpo, y practico esto todos los días, así sea en los pocos cientos de  metros que conducen desde el paradero del bus hasta mi escritorio, para arrivar a la clase y enfrentar al grupo de estudiantes siendo paz.

Nos enseñaron técnicas para practicar con los chicos, la escucha profunda y el habla amorosa, y compartieron herramientas para no dejarnos llevar por las emociones fuertes. Por más de que sepamos mucho, si lo que ofrecemos en términos de nuestro ser es espantoso, dañaremos todo el proceso pedagógico. Nos enseñaron a invitar con delicadeza el sonido de una campana, no para llamar bruscamente a los estudiantes a entrar a clase, sino para, a través de la respiración, conectada con el sonido de la campana, en momentos de dispersión, o en momentos en que las emociones fuertes se han apoderado del grupo o de alguien, traer de vuelta al cuerpo nuestra propia mente y calmar los ánimos en el salón.

Se trata de técnicas muy sencillas pero potentes que, a fuerza de practicarlas en la vida cotidiana, nos van entrenando para vivir en plena consciencia. Ya que en todo caso, todos los días tengo que aguantarme el trayecto de ida y de vuelta en el Transmilenio, en vez de practicar el mal genio, puedo dedicarme a observar y disfrutar mi respiración. Igual mientras el semáforo cambia, mientras lavo la loza, mientras me lavo los dientes. Soy plenamente consciente de cada uno de mis actos, de la maravilla de estar viva. Así, cuando me enfrento a un grupo de estudiantes que necesitan de mí, estoy entrenada para estar plenamente allí para ellos y ofrecerles lo mejor de mí.

Practicando la plena consciencia, más de 100 personas nos comimos lentamente y en silencio la mandarina más deliciosa de todas nuestras vidas. Disfrutamos la textura de su cáscara, su olor, los colores, la forma del primer casco que nos llevamos a la boca y mantuvimos allí por un buen rato antes de reventarlo y saborear intensamente cada gota de jugo, la suavidad y frescura de la pulpa bajar por nuestra garganta. Durante media hora alucinamos con una simple mandarina. De la misma manera, podemos disfrutar todos los días de nuestra labor de maestros, de la presencia de cada niño, y estar plenamente ahí para cada uno de ellos.

Nota: Encuentre más información sobre el tema en: .bogota y