Los hombres estamos en riesgo

Sí, colegas de género, estamos en riesgo. Si quiere saber por qué, tenga la valentía de leer hasta el final…

Diego Arbeláez Muñoz
Diego Arbeláez Muñoz
Asesor Fundación Empresarios por la Educación
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08 de Mayo de 2017

Sí, colegas de género, estamos en riesgo. Si quiere saber por qué, tenga la valentía de leer hasta el final…

Por ahora, ofrezco una serie de señales que describen el riesgo de ser un macho depredador. Entiéndase por estos términos el hombre que atenta emocional, física o mentalmente contra otras personas, poniendo en riesgo su dignidad y su vida -especialmente en el caso de mujeres y niños, pero también de recursos del bien común-, con el fin de satisfacer sus intereses personales, sin importar el daño que pueda hacer a los demás.

Ser macho depredador debe despertar una máxima alerta por el riesgo que representa para la sociedad, especialmente porque refleja una de las epidemias más peligrosas que han existido en toda la historia de la humanidad. Me refiero al SIDA, sí, leyó bien, el SIDA: Síndrome de Ignorancia Deliberadamente Adquirida, lo que hace mucho más peligroso a este tipo de macho porque justifica todos sus actos como si fueran naturales o, peor, connaturales a la naturaleza humana.

Su base se configura en el machismo que como una lava densa e invisible invade todos los espacios de la vida cotidiana y va dejando en la piel de nuestras creencias y valores, tanto en hombres como en mujeres, la idea de que existe una cierta superioridad del hombre sobre la mujer.

Si usted es un hombre verraco, que no le teme a estar desnudo en el espejo de su alma y es capaz de ponerle la cara a la ignorancia que por siglos nos quedó incrustada en el cuerpo como una armadura oxidada y que ha sido fuente de muchos sufrimientos para nosotros mismos y para los demás, lo invito a revisar juntos algunas señales del macho depredador, de ninguna manera para latigarnos, pero sí para liberarnos de creer que estamos diseñados para la guerra y el atletismo sexual:

Creer que usted puede imponer sus decisiones sobre las personas que tiene a su lado, especialmente las mujeres y los niños, solo por el hecho de ser hombre.

Obligar a su pareja a satisfacer sus deseos sexuales y afectivos justificándose en ser el responsable de la economía familiar.

Creer que puede hacer lo que quiera con la vida de los demás desde la denigración hasta el asesinato, porque esto demuestra lo hombre que es, justificándose en un enemigo para aplastar a los más vulnerables.  Esto solo muestra la caricatura de hombre que es este macho, la pobreza interior que lo constituye.

Creer que su poder le da para condenar y juzgar sin que lo toquen la censura social o política. Por ejemplo, cuando se expresa torpemente la expresión “echar a patadas” en cualquier circunstancia referida a un ser humano… Este es un indicador de macho depredador en acción, es fácil ver que quién así se expresa, así se comporta y actúa frente a sus decisiones vitales: a las patadas.

Creer que puede poner en escena todos sus juguetes bélicos para demostrarle al mundo su figura ostentosa de poder y en su máxima ignorancia creer que es la mejor salida, sin medir las consecuencias de la ceguera de otros como él.

Sí, apreciados colegas, los hombres de verdad estamos en riesgo, porque un hombre de verdad:

Es consciente de no confundir valentía con agresión, virilidad con abuso y hombría con maltrato. Un hombre de verdad no confunde expresar los sentimientos con debilidad ni la ternura y la fraternidad con degradación. Es capaz de decir tengo miedo, no soy tan fuerte, me conmuevo hasta las lágrimas con lo que un ser humano comúnmente se conmueve, no me aprovecho de una situación porque soy hombre. Puede reconocer que hay muchas mujeres más inteligentes y fuertes y esto no lo hace inferior, solo diferente. Comprende que buscar sólo es más difícil y que juntos, si se comparte una mirada común, se puede lograr más.

Un hombre de verdad evita usar las mentiras como ejercicio de poder y evita utilizar a los demás como escalones para lograr sus metas.  Sabe que pasar por encima de alguien y arrasar con su bienestar retrasa la posibilidad de lograr un mejor bienestar que nos incluya a todos.

Reconoce que no hay seres humanos de segunda clase, que su verdad no lo hace moralmente superior a los demás y que solo es parte del diverso tejido humano.  Es consciente de que el planeta es finito y ha aprendido a ver la tierra no como un recurso sino como una fuente de vida.

Tiene vestido en su piel que todo lo que vaya contra el ejercicio de los derechos humanos, los derechos sexuales y reproductivos -que también son humanos- y los derechos de los niños y las niñas, pone en riesgo la dignidad y la vida de las personas. Reconoce que la homofobia mata y que cualquier clase de fundamentalismo de derecha o izquierda reduce al ser humano a un concepto y no a una expresión de grandeza.  Sabe que honrar la vida es una urgencia y ha aprendido que la solidaridad consiste en que lo mejor que quiere para él lo quiere para los demás.

Un hombre de verdad es consciente de sus crisis de importancia personal que se reflejan en la trampa: “¿Usted no sabe quién soy yo?”, reconoce además que un título o un cargo, sin importar cuál sea, no lo hacen mejor hombre, y esto necesita demostrarlo todos los días, especialmente a las personas a quienes dice que ama y aprecia.  Su estatus no se mide por la cantidad de arrogancia que deja como estela en la pasarela de la vida, sino por la capacidad de influir e inspirar a los demás para que afloren lo mejor que tienen para dar.

En el universo escolar y universitario un hombre de verdad no mide su legado tanto por lo que sabe, sino por saber qué hacer con lo que sabe y ser un ejemplo con su vida. Se ha deshecho del paradigma “como yo tengo la razón, le voy a demostrar rajándolo, que usted no sabe tanto como yo”. En este sentido, es consciente de que el horizonte de conocimiento del estudiante no se agota en el horizonte del saber del profesor, hay mucho más en el universo de experiencias y saberes en el grupo que puede ser visibilizado.

En la escuela, un hombre de verdad comprende que la ética del cuidado se vivencia en la protección de todos sus integrantes, especialmente de quienes son más vulnerables, y garantiza que tanto niños como niñas aprendan de la mejor manera. Sabe que educar es un acto político y ético para la vida y la paz, en tanto promueve la participación de toda la comunidad en el aprendizaje y en decidir cuál es la mejor manera de ser, de convivir y de hacer. Así, ayuda a evitar que surjan nuevos machos depredadores y alienta a que surjan hombres y mujeres diversos, que abrazan la diferencia para crecer juntos, que consumen de manera ecológica, y que entienden que el cuerpo de los demás no es un instrumento de manipulación sino un espacio donde habita la vida que se cuida y se honra.

Queridos colegas, querer ser un hombre de verdad puede costar dolores, mucho trabajo interior y aprender a pedir ayuda para reinventarse. Pero seguir siendo un macho depredador es un riesgo para la propia vida y obviamente para la humanidad.