Llamado a las mujeres para que voten por el SÍ

Las representaciones de lo que supuestamente es ser hombre y mujer, además de haber fomentado la violencia, alimentaron el conflicto armado. El 2 de octubre tenemos la posibilidad de que eso cambie porque los acuerdos traen compromisos que buscan transformar la manera en que hombres y mujeres nos relacionamos.

Angela Constanza Jerez Trujillo
Angela Constanza Jerez Trujillo
Gerente de Responsabilidad Social
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30 de Septiembre de 2016

Las encuestas sobre el apoyo a los acuerdos de La Habana han mostrado de manera reiterada que entre los hombres está el mayor número de votantes por el sí. Eso me ha generado un poco de asombro y de tristeza porque las mujeres no podemos perder una oportunidad única y valiosa de lograr que haya cambios para ellas y para las niñas y jóvenes, que no tienen la posibilidad de votar.

Uno de los principios de los acuerdos es eliminar las condiciones de desigualdad e inequidad que han subsistido por siempre en nuestro país; las mujeres de todos los niveles socioeconómicos, de todos los rincones, de todas las edades, de todas las razas (unas más que otras) han sido afectadas por esas condiciones de inequidad y desigualdad.

Ejemplos tenemos por montones, pero solo voy a referenciar uno que he tenido la posibilidad de estudiar y que tiene que ver con el conflicto armado y con las posibilidades que ofrece el plebiscito.

Está demostrado con las narraciones de lo que ha pasado en el conflicto armado colombiano y en otros conflictos del mundo, que el patriarcado o machismo, como le queramos llamar, ha tenido mucho que ver en la generación y el mantenimiento de ese conflicto. “Masculinidades militarizadas” denomina  la reconocida antropóloga médica de Harvard Kimberly Theidon  las situaciones que se generaron en ciertos contextos sociales de Colombia donde los hombres tuvieron una mayor predisposición a vincularse a los grupos armados ilegales por cuenta de los símbolos de masculinidad  que imperaban en ellos, la falta de otros símbolos alternativos y la imposibilidad de tener movilidad social (educación, empleo, etc.).

Para ella, esas “masculinidades militarizadas” son una “fusión de ciertas prácticas e imágenes de la virilidad con el uso de armas, el ejercicio de la violencia y el desempeño de una masculinidad agresiva y con frecuencia, misógina”. Un imaginario que da poder y permite tener ingreso económico en zonas donde las alternativas diferentes a la guerra son escasas o incluso nulas. “En un contexto de violencia generalizada, la proliferación de redes criminales, un mercado laboral legal limitado y una economía cultural que fusiona las armas, la masculinidad y el poder, el hecho de sostener un arma no es necesariamente una aberración”, asegura en un texto que escribió en 2009 para la Fundación Ideas para la Paz (FIP).

La masculinidad militarizada además es consentida y promovida por las mujeres al preferir vínculos con esos hombres porque les proporcionan seguridad. Ellas han terminado asumiendo el papel que social y culturalmente se les ha asignado de mujeres indefensas y dependientes de hombres proveedores. “La construcción de ciertas formas de masculinidad no es un aspecto accidental del militarismo, sino que es esencial para su mantenimiento. El militarismo requiere de una continua ideología de género tanto como requiere de armas y municiones”, dice la antropóloga.

Esa construcción de género, en la que imperan la virilidad y el autoritarismo de los hombres, incluye entender el ser hombre como un ser humano desprovisto de sentimientos, los únicos posibles que puede tener son el deseo de venganza y el odio, e igualmente las únicas emociones que puede manifestar son la rabia y la ira. El amor, la compasión, la solidaridad, el miedo o la tristeza no son posibles para los hombres ni en el escenario de la guerra ni en el de la cotidianidad porque los convierten en seres vulnerables.

Y en el caso de las mujeres, esa manera de entender lo que supuestamente deben ser las ha llevado a ser discriminadas por la asignación que se les da de seres dependientes y pasivos. Eso justifica su subordinación, el “acallamiento de sus voces en el terreno público”, como ha señalado el Centro de Memoria Histórica (2012), y la imposición a permanecer en la esfera privada por considerar que es el lugar donde “encuentran su realización”.

La violencia de la guerra y de la cotidianidad se ha alimentado con ese prototipo de mujer, que se ha venido reforzando en la historia. Ellas no son seres autónomos ni individuos con derechos, sino parientes de varones que responden por ellas: “madres de, hijas de, esposas de, novias de; su lugar en el orden democrático es el de la dependencia, un lugar que otorga prerrogativas a los hombres sobre las mujeres, entre ellas, la de regular sus conductas y sus cuerpos con violencia”, señala  también el Centro de Memoria Histórica.

Por esa razón, Spivak  (autora de textos sobre feminismo posestructuralista) asegura que las mujeres son el “espacio en blanco entre las palabras”, lo cual perpetúa su posición de oprimidas y subalternas, y mina su agencia, su poder para tomar decisiones.

Ese grupo de mujeres es precisamente el que acepta y promueve las “masculinidades militarizadas” que señala Theidon, y es objeto de maltrato por parte de los hombres en diferentes ámbitos. Un tipo de maltrato, seguramente el más fuerte, es la violencia sexual que además es utilizada como táctica de guerra, pues se ha descubierto que no solo es para afectarlas a ellas, también es para humillar a su comunidad, para hacer sentir a los hombres que no cumplieron con su rol de protección. Para sembrar terror.

Pues bien, esos asuntos fueron analizados en los acuerdos de La Habana, siguiendo los lineamientos de los últimos 14 años del , que ha aprobado siete resoluciones sobre la mujer, la paz y la seguridad. La perspectiva de género se ve en los acuerdos en varios puntos: al interior de la Comisión para el Esclarecimiento de la verdad, la Convivencia y la no Repetición habrá un grupo de trabajo de género para evidenciar las formas diferenciales en que el conflicto afectó a las mujeres . Así mismo, ellas tendrán una inclusión especial en los planes de formalización de la propiedad que hoy favorece a los hombres y tendrán alternativas de financiamiento en proyectos productivos y líneas de crédito especiales subsidiados a largo plazo. Todas nosotras tendremos más espacios de participación.

En las escuelas seguramente las cátedras de paz incluirán los puntos señalados porque el objetivo es transformar aquellas situaciones que dieron paso y alimentaron la violencia. Entonces, ¿por qué perder la oportunidad de votar sí? Vamos a lograr que las niñas y las jóvenes tengan un futuro diferente, en el que sean tratadas igual a los hombres. Yo sí quiero eso para mis sobrinas, para las esposas de mis hijos y para las hijas de mis hijos. Por eso votaré sí.

Las invito a leer: 

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Unas ideas sueltas para dar suscitar más reflexiones:

En 1975, en la Resolución 18 C/1 l.1, los estados Miembros de la Unesco consideraron que “la paz no puede consistir únicamente en la ausencia de conflictos armados, sino que entraña principalmente un proceso de progreso, de justicia y de respeto mutuo entre los pueblos...”. Así lo recordó el grupo interdisciplinario de expertos que en 1981 escribió para la Unesco el texto La violencia y sus causas. Además afirmó que la resolución también había señalado “que "la paz fundada en la injusticia y la violación de los derechos humanos no puede ser duradera y conduce inevitablemente a la violencia"” (Unesco, 1981, p.10).  Por tanto los expertos concluían que “la causa inevitable de la violencia es la conclusión de un tipo de paz precaria que corresponde solamente a la ausencia de conflicto armado, sin progreso de la justicia o, peor aún, una paz fundada en la injusticia y en la violación de los derechos humanos” (Ibídem).

“En este país el hombre que porta un arma es un hombre con poder”. JM paramilitar (FIP, 2009, p.13).

“Uno piensa que porque lo ven armado, entonces lo respetan más a uno, y sí, eso es así. Los civiles respetan mucho a esa gente, y eso me gustaba”. Desmovilizado de las Farc (Otero, 2006, p. 182).

“Uno madura, para la edad que yo tengo soy demasiado madura. Yo no soy cualquier boba. Uno sufre mucho allá y por eso uno acá sufre y no pasa nada. Acá uno consigue de todo”. Desmovilizada de las Farc. (Ibídem, p. 183).