Las escuelas en las que sus adultos saben leer, hacen la diferencia.

Saber leer la diversidad de los humanos en la escuela, las historias distintas que los habitan, los lazos y vínculos que los tejen, las huellas del miedo grabadas durante años, requiere de una sensibilidad especial hacia la vida...

Diego Arbeláez Muñoz
Diego Arbeláez Muñoz
Asesor Fundación Empresarios por la Educación
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14 de Julio de 2017

Que los estudiantes aprendan a leer es parte de los objetivos de toda escuela y que los adultos lo sepan hacer se da por sentado.  No obstante saber leer la realidad más allá de la interpretación de un texto, requiere la actitud adulta de estar en aprendizaje permanente. Lo contrario lleva a repetir durante años los mismos contenidos donde los estudiantes pierden la oportunidad de aprender lo que es útil para la vida y la escuela se queda sin cumplir su misión.

Leer la realidad se inicia de la “piel pa’dentro”, empieza por el libro interior del ser maestro, papá o mamá,  leer los alcances y limitaciones del laboratorio de interacciones humanas que es la escuela obliga Ver-se y a Ver-nos.

Saber leer la diversidad de los humanos en la escuela, las historias distintas que los habitan, los lazos y vínculos que los tejen, las huellas del miedo grabadas durante años, requiere de una sensibilidad especial hacia la vida para pasar el puente del temor a la confianza, del desalojo a la pertenencia, de tantos engaños a la oportunidad del encuentro que repara.

Así, el currículo tendrá que centrarse en lo fundamental, que no alcanza a destilarse de las áreas. En la formación de un ciudadano ético, participativo y responsable que, frente a la duda, sepa desde las pequeñas a las grandes cosas no dar el paso a un acto de corrupción y sí, del cuidado del bien común, que pueda entender que el interés personal no puede estar por encima del bienestar de los demás.  Que pueda leer que tener conciencia de cuidado, de convivir mejor, de honrar la vida de los demás y de ser honesto y honrado, no lo hace tonto, “sin viveza”, lo hace justamente el ser que toda sociedad se merece, un ciudadano responsable.

Es por estas razones, que la educación se debe asumir como un acto profundamente político, sensiblemente ético y necesariamente estético. Político, porque decidir cómo se quiere vivir, en el proyecto que se pueda desarrollar y libre de amenazas y humillaciones, como pilares de la dignidad humana, nos hace libres, valiosos por el solo hecho de ser humanos. Ético, porque aprender a tomar las mejores decisiones, acerca de lo que soy y las consecuencias de mis actos, nos hace confiables y, por último, Estético porque aprender a leer la grandeza que hay en los demás, la belleza de los hilos que nos vinculan nos hace más humanos.

Por eso, la dimensión que tiene leer la diversidad que somos en etnias, lenguas, creencias políticas, religiosas y sociales nos genera un sentido de urgencia para transformar la etiqueta con la que se marca a los demás, por estar de acuerdo o no con la forma de leer la vida, la verdad que se quiere imponer por encima de las otras para ganar adeptos o la violencia que se perpetúa absurdamente para mantener ciertos tipos de poder.

Algunas de las cifras del estudio del ICFES del contexto social del aprendizaje en Colombia 2015 nos muestran que algo no estamos leyendo adecuadamente, veamos: “Una mayor asignación de tareas a los estudiantes no implica mayores desempeños en las áreas”.  “El 51% de instituciones educativas se ubican en comunidades donde la violencia doméstica es el principal problema social que afecta el entorno”. Sólo el 25% de los estudiantes reciben clases en colegios donde la mayoría de los docentes de las instituciones educativas perciben un nivel alto de trabajo colaborativo con sus pares.”

El desafío aparentemente es obvio, no obstante seguimos insistiendo en contenidos no útiles para un estudiante que necesita ser urgentemente un ciudadano diferente. Para Magendso formar un sujeto de derechos que se transforme en ciudadano desarrolla estas competencias: “1.  Conoce la normatividad básica en derechos humanos y la aplica para promover y defender sus derechos y los de los otros, además, conoce instituciones que le permiten acceder a la garantía de sus derechos; 2.  posee competencias lingüísticas que le permiten exigir con argumentos claros y contundentes sus derechos; 3. es capaz de actuar sobre el mundo y asumir con responsabilidad, sentido crítico y autonomía, una postura ante las situaciones que le afectan, hace uso de argumentos y nunca de la fuerza, su intencionalidad es convencer, no someter; 4.  se sabe libre y reconoce la libertad de los otros y la respeta, sabe que existe valor en la diversidad, por lo que reconoce al otro como un legítimo otro, estableciendo relación de respeto mutuo y; 5.  es vigilante de los otros, lo que no significa ser un acusador de las acciones de aquel a quien observa, sino más bien se entiende como una posibilidad de solidaridad y de acogida”. 

 

Podríamos empezar por leer la potencia que tienen el cuerpo y las emociones que circulan en las interacciones en la escuela. Como lo propone Casassus, leamos la importancia de “crear un clima emocional que inicie en el aula. Se trata de una construcción muy sencilla: es el tipo y calidad de vínculo entre profesor y alumnos, entre los alumnos entre sí, y el clima que emerge de esa doble vinculación. Cuando un maestro logra que cada uno de sus estudiantes se sepa visto, escuchado, contenido y sostenido, sin juicios ni críticas por ser quien es, es más fácil aprender a ser pacífico y a estar en paz.”

 

Leamos también las señales de esperanza, como lo expresa la niña de 11 años en la vereda de Cuikal, en zona rural de Cumbal Nariño, que cuando le pregunté cómo se sentía, con lágrimas en los ojos me dijo, ya no tengo miedo de ir a la escuela, ya se terminaron los combates y mis papás han dejado de sufrir…

 

Por eso garantizar escenarios de paz a miles de niños y niñas de nuestra Colombia rural es garantizar su derecho a la educación y así evitar el atentado terrorista en que se convertiría negarles ese derecho.

 

* Asesor en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.