La tutoría, una larga conversación

La tutoría es una larga conversación tejida a fuerza de actos de amor, desamor, encuentros y desencuentros.

Javier Caballero Sánchez
Javier Caballero Sánchez
Docente Investigador
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06 de Marzo de 2017

La tutoría se ha convertido en la principal estrategia de acompañamiento a los estudiantes que cursan las maestrías en nuestra Facultad. Ya es parte de nuestro ADN y poco a poco se consolida como una trayectoria en la que convergen diversas situaciones de aprendizaje. Situaciones que se tornan significativas por estos días en que finalizamos el trabajo de acompañamiento a los estudiantes que han logrado sustentar sus investigaciones y nos disponemos a recoger los aprendizajes para empezar de nuevo.

Pero, ¿qué es la tutoría?

La tutoría es una larga conversación tejida a fuerza de actos de amor, desamor, encuentros y desencuentros. Encuentros que a veces nos conducen a lugares sin lugar. Es también, y no en pocas ocasiones, un acto de confianza que se teje y se desteje. Por ejemplo, no es posible una tutoría respetuosa si no hay un trabajo previo de lectura; cualquiera que sea la noción de lectura que profesemos. Y no me refiero exclusivamente a la lectura que realizan los estudiantes a quienes acompañamos; también a la mía como acompañante. Pero, ¿quién acompaña y quién es acompañado? ¿quién aprende y quién enseña en la tutoría? En esta relación, maestros y alumnos, son por decirlo de alguna manera, compañeros de un mismo viaje.

Con frecuencia me he encontrado con estudiantes que nos retan con su lectura sobre el mundo, con la manera como piensan y cuestionan sus propias ideas. Con la forma como han hecho de sus aulas de clase microcosmos de libertad. Durante los últimos años esos estudiantes me han enseñado que en la tutoría he sido yo el mayor afortunado; quien más ha logrado atesorar aprendizajes. También me he encontrado, -y no nos engañemos-, con un grupo de estudiantes que parecen no estar muy convencidos de lo que hacen, o más bien de lo que estudian. Es como si cursaran una maestría por la necesidad exclusiva de obtener un título. Ese tipo de estudiante me ha retado de otra manera. Además de poner a prueba mi paciencia, (¡cuánta paciencia me habrán tenido mis maestros!) me han hecho pensar que cursar una maestría no debe ser una obligación sino un derecho.

Los estudiantes me retan cuando indagan, cuando escriben, cuando van un paso adelante en este diálogo. ¿Qué significa ir un paso adelante? Es, a mi manera de ver, entender la mística de la conversación. La tutoría como toda conversación se alimenta de pausas, de momentos de escucha, de diálogo y contemplación. No hay nada más poderoso que los momentos de silencio en una tutoría. O un “no sé, investiguemos”.

Estos días de balance me han hecho pensar que las crisis de mis estudiantes ha sido también mi propia crisis. A veces por falta de precisión, de contradicción, de orientación oportuna o por falta de tiempo para reposar las ideas. Y es que si las ideas no se reposan terminan convertidas en lugares comunes. Por ejemplo, nos solemos aferrar a preguntas de investigación sin contenido y ponemos a marchar proyectos con el propósito de responder interrogantes que, de hecho, ya están resueltos. Ese abismo de los lugares comunes a los que comúnmente nos precipitamos.

La tutoría como una metáfora de la conversación exige tiempo para pensar. Pensar no solamente en lo que decimos y hacemos sino fundamentalmente pensar en lo que pensamos. De lo contrario, ¿cómo podemos atizar el espíritu de los maestros para quienes decimos trabajar?

Por eso me parece un cierre y al mismo tiempo un comienzo. Como el poema Piedra de Sol de Octavio Paz: “un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado más danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre”(1957).

Referencias:

Paz, Octavio. (1957). Piedra de Sol. Colección Tezontle del Fondo de Cultura Económica. México.

Escrito para la Revista 

 

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