La educación del ser

La escuela invierte demasiado en educar niños para ser más productivos... Pero ¿y la educación del ser? 

Miriam Cotes
Miriam Cotes
Proyectos de Educación Señal Colombia-Colombia Diversa
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31 de Agosto de 2017

El mundo parece complicarse cada vez más. Cada día son más frecuentes las muestras de falta de solidaridad y compasión frente a actos terroristas, catástrofes naturales, violencias naturalizadas en las que los seres humanos se devoran unos a otros, como nos dicen que hacen los lobos. No quiero sonar ultra pesimista, de hecho no soy pesimista, ni plantear que todo tiempo pasado fue mejor, pero sí me preocupa ver que, hoy en día, la crueldad aprendida (no creo que sea una condición natural del ser humano) cada vez alcanza dimensiones más espeluznantes, más sombrías.

Como dijo John Lennon en alguna ocasión, “Si no eres parte de la solución, eres parte del problema”. Y porque me gustaría ser parte de la solución, me he preguntado en innumerables ocasiones qué hacer para que la educación, una herramienta muy valiosa, quizás la más valiosa de cara a la transformación, pueda contribuir al cambio de paradigma necesario para dar el salto cualitativo y gigantesco que necesitamos para que el mundo sea un lugar no regido por el odio sino por el amor… El amor que se concreta en la compasión, a su vez entendida como el deseo de que todos sean felices y se liberen del sufrimiento. Sé que hablar de la felicidad como un logro posible, como algo que se puede aprender en la escuela suena naive, pero quizás necesitamos grandes dosis de ingenuidad  para aprender a ser de otra manera.

Ya lo sabemos: temas como la felicidad y la liberación del sufrimiento no hacen parte de ningún currículo (excepto, tal vez, en un seminario de Harvard del que leí por ahí).  Por lo menos en lo que a mí respecta y en lo que oigo que sucede en la escuela, nunca se me habló de la felicidad o, si se me habló,  fue para abordarla como un tema secundario o como supeditada a unos logros en términos de mayores ingresos, mejor posición social, éxito académico, escalones más altos en nuestra carrera para emular a los Rodríguez. Nunca se abordó, y no se aborda, la felicidad como un estado deseable y humano, en el que no es que haya circunstancias adversas, sino que aprendemos a relacionarnos con ellas de una manera auténtica, realista, y desde allí las trascendemos.

Dije más arriba que no considero que la naturaleza humana sea cruel, vil, mezquina, despiadada. Los humanos no necesariamente somos personajes de House of Cards, seres que provocan náuseas, corruptos en los sentidos más profundos de esta palabra, que no merecemos nuestro puesto en el planeta, el cosmos, los multiversos. Por inverosímil que les parezca algunos (y claro que tienen fundamentos para pensar que el ser humano es lo peor de lo peor), la naturaleza humana es compasiva, es amorosa, es alegre como lo son las leyes que rigen el resto de la vida: mire nada más un árbol, una estrella, una cascada de agua. Y verá que lo que digo es cierto. El árbol es compasivo porque muere para que otros vivan, es amoroso porque despliega sus ramas para hacer el bien sin mirar a quien, es alegre porque se viste de colores.

Nuevamente, puede sonar ingenuo, pero, la compasión se cultiva. Es parte de nuestra naturaleza humana. No es una característica del ser inalcanzable o reservada para unos pocos iluminados. Lo han dicho hasta los neurocientíficos. ¿Entonces por qué no enseñarla en la escuela? ¿Por qué no aprendemos en la escuela a descubrir nuestra naturaleza más íntima? ¿Por qué no nos enseñan a manejar nuestras emociones más básicas (miedo, rabia, celos, etc.) con ejercicios de respiración consciente que está probado que funcionan? Si somos compasivos con nosotros mismos, tolerantes, amoroso, ¡podremos serlo con los demás!

La escuela invierte muchos recursos humanos y monetarios en seguir reforzando el mismo paradigma, con resultados sino inútiles al menos muy adversos. Y los seres que resultan, los egresados de las escuelas, si cuentan con suerte, saben mucho de muchas cosas, pero poco de sí mismos. Por eso, quisiera una escuela en la que se nos enseñe a ver más allá de nuestras propias narices, o mejor, a abrir los ojos y mirar para adentro.