El relato del bullying

A partir del análisis lingüístico de la palabra "bullying" y el poder simbólico que ostetan los maestros y la escuela, se hace una aproximación al acoso escolar.

Andrés Verano
Andrés Verano
Docente de Inglés
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15 de Diciembre de 2016

Un tema que se ha tomado los espacios mediáticos dedicados a la educación, así como la atención de los colombianos de a pie es el bullying. Colombia, desde la ley 1620 de 2013, entiende el bullying como una conducta negativa intencional, sistemática, violenta, física o psicológica en la que una relación de poder asimétrica dada en un entorno escolar conlleva a que haya una persona acosada (MEN, 2013).

Sin embargo, a pesar de lo reciente de la ley, la misma no atiende a la aparición de un fenómeno inédito que, como apunta Contreras (2013), puede ser de vieja data y cuyos primeros estudios se remontan a las décadas de los sesenta y setenta.

La sociedad torna entonces su mirada a los docentes en busca de la solución a un problema que aparentemente nace y acaece en la escuela; y nosotros, en pose de indefensos, nos escudamos en manuales de convivencia, en cátedras de ética y valores, en castigos inocuos y en excusas para amortiguar un problema que creemos ajeno y frente al que nos consideramos impotentes.

Si bien es cierto que en ocasiones la sociedad le asigna a la escuela misiones que no le competen en su totalidad y que “pedir a la escuela lo que ella no puede hacer es destruirla” (Billard, 2002, p.185); también lo es que los docentes hemos olvidado la postura política que nuestra profesión confiere, además del rol de la escuela como institución paradigmática desde la cual se ejerce el poder simbólico (Thompson, 1998).

Así las cosas, el acoso escolar o bullying es un fenómeno que puede reflejar malestares sociales más allá de lo que pasa en un aula de clase o el patio de un colegio, no siendo esto excusa para que los docentes y las escuelas dejen de tomar una postura ideológica, reflexiva y política que transcienda la formulación de normas de comportamiento y la ejecución de lo puramente punitivo. Si se toma en cuenta el enorme poder simbólico que recae en las manos de los docentes, es posible que se encuentren alternativas que ayuden a paliar dicho malestar.

Pretendo entonces, en estas líneas, esbozar una idea pedagógica que, partiendo de las culturas mediática y escolar, pueda abordar el problema del bullying y ofrecer alternativas para su reducción. Está idea se puede resumir de la siguiente manera: la relación existente entre cultura mediática y escolar permite la significación y re-significación de términos, el bullying entre ellos, alrededor de los cuales se construye la cosmovisión de los individuos, la cual se ata fuertemente a sus actos presentes y futuros.

Para que la tesis propuesta tenga sentido es necesario examinarla por partes.

Se puede comenzar entonces por la relación entre cultura mediática y escolar. Narváez (2004) aclara que la cultura mediática no puede reducirse a los medios de comunicación ni a las tecnologías usadas en la actualidad, sino que implica un poderoso agente de generación de significados y transformación de prácticas a partir de la cotidianidad, el sentido común, lo mítico, lo imaginario, lo afectivo, lo situacional, lo intuitivo y lo sintético, con formas sintácticas orales, icónicas, rituales y narrativas, como el relato.

Por otra parte, Narváez (2004) también explica, y en ello coincide con Huergo (2001), que la cultura escolar no se limita a “la mera didáctica” (Narváez, 2004, p. 96) sino que contiene la reflexión lógico-racional, la comprobación empírica, las categorías clasificatorias y los contenidos intelectuales que permiten de cierta manera la racionalización, el disciplinamiento y el control de las prácticas sociales. Sin embargo, a pesar de su existencia independiente, coinciden en la sustancia de su expresión, la digitalización, entendida como una forma de comunicación típicamente humana que no se restringe a la digitalización electrónica. Por tanto “el resultado final es que se tienen dos culturas circulando en la misma plataforma” (Narváez, 2004, p. 100). Así que, la comunicación a través del código lingüístico y los medios son el espacio de encuentro entre la cultura mediática y la escolar, y si la una apunta a la cotidianidad y lo afectivo (mediática) y la otra a lo lógico racional (la escolar) y además ambas inciden en la transformación de las prácticas sociales, es posible modificar o contrarrestar un fenómeno como el acoso escolar desde el espacio en el que estas se encuentran.

Habiendo explicado la relación entre cultura escolar y mediática y su posible incidencia en un comportamiento como el bullying, paso a analizar en detalle la idea de la significación y re-significación de los términos que dicha relación permite. Hay que recordar que “el peso de la educación recae sobre los maestros, en tanto que con su posición estructuran las posibilidades del sentido circulante en la educación.” (Bustamante, 2004, p. 131). Esto quiere decir que los maestros en las escuelas son quienes, sin ser impositivos, administran el sentido abstracto de las formas reales, lo que quiere decir que median en la categorización e interpretación de la realidad. Además, retomando a Greetz: “el hombre es un animal suspendido en tramas de significado que él mismo ha urdido” (citado en Thompson, 1998, p. 26). Por lo tanto, los significados y los sentidos que los hombres dan de manera abstracta a los fenómenos de su entorno definen a su vez su cosmovisión. Tomando en cuenta lo anterior, los docentes desempeñan un papel fundamental en el modelamiento de la forma de ver el mundo de sus estudiantes, a través de la mediación en la formación de significados y sentidos, conllevando inevitablemente a una incidencia en su subsecuente forma de actuar. 

 Entrando ahora al tema del término bullying en específico, quisiera partir de su naturaleza lingüística. Es posible encuadrar este término en varias categorías: neologismo, extranjerismo y eufemismo. Como neologismo, es una palabra que entra en el discurso colombiano particularmente en el presente siglo, por lo cual tenemos la sensación que denota una realidad también reciente. Sin embargo, como se presentó en la introducción de este texto, el significado que corresponde al significante “bullying” data de mucho tiempo atrás.

Como, extranjerismo, este préstamo del inglés ha permeado inclusive la legislación que frente al acoso escolar se ha emitido, citada también al principio de este texto, lo que puede dar a entender que el fenómeno es globalizado y por tanto tratable de manera similar en distintos contextos. El sentido común, no obstante, llevaría a pensar que el acoso escolar colombiano ha de estar impregnado de elementos culturales que lo complejicen al nivel de no ser tratado de la misma manera que en otros países; más aún, se podría llegar a pensar que el acoso escolar toma tintes particulares en cada región o  incluso en cada institución. Pensar lo contrario promueve una postura positivista como la que Martín Barbero señalaba recordando un viejo profesor de Lovania: “un positivista es un señor que tiene la llave de una puerta y piensa que esa es la llave de todas las puertas. Cuando está ante un puerta que esa llave no abre, dice: esto no es una puerta” (Barbero, 1984, p. 24). De hecho, el mismo Barbero (1984) recalca que se debe replantear el concepto de cultura latinoamericana partiendo de la heterogeneidad cultural, que nos diferencia no solamente de los Estados Unidos y Europa, sino entre nosotros mismos, no implicando que seamos unos más o menos avanzados que otros, sino simplemente, distintos.

Finalmente, como eufemismo, la palabra bullying me recuerda al ácido comediante y pensador norteamericano George Carlin, quien en una presentación hizo el recorrido histórico de los términos que habían descrito el estado psicológico que tenían los soldados después de haberse enfrentado a los horrores de la guerra. Empezando por “shell-shock” casi onomatopéyico, cercano al sonido de carga un rifle, siguiendo por “battle fatigue” que sin describir una realidad distinta suaviza el concepto con un sustantivo no necesariamente atado a la guerra, “fatigue”, y terminando en el actual “postraumatic stress disorder” que despoja el término de cualquier relación con la tragedia de la guerra. De manera similar, la palabra bullying, en el contexto colombiano, se separa de la carga que tiene en un país angloparlante, convirtiéndose en un eufemismo, en una palabra cuya misma sonoridad fonética hace que se trate con levedad. El término bullying es para docentes, como para padres de familia y estudiantes, difuso, incierto, nuevo, mediático, inclusive divertido en algunos contextos.

¿Qué hacer entonces? Hay que proveer a la comunidad de un nuevo relato con respecto al bullying o acoso escolar. Valencia (2010) nos recuerda que la escuela es un importante agente de socialización, donde se crean y reforman los relatos que se convertirán en cultura. Es labor del maestro ayudar a significar y re-significar los términos que se refieren a esa realidad de acoso escolar, no desde un estándar internacional, nacional, regional, o desde una cartilla. El maestro debe dar la oportunidad a la comunidad educativa, empezando por los estudiantes, de dar sentido y significado a esos términos en la particularidad de sus instituciones, para que la expresión se cargue de poder político. Arendt afirmó que “El poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades” (citada en Valencia, 2006, p 71). De esta cita podemos derivar que el poder político de la palabra proviene de su encuentro con las acciones de los grupos humanos y  estas acciones, a su vez, están mediadas por sus palabras.

Se requiere entonces de un tipo de maestro que se reconozca como un agente político participativo. Claro está que en esta afirmación se entiende política con un sentido más amplio que el de la militancia o la participación en el sistema electoral. Valencia (2006) asevera que la política tiene que ver con la toma de decisiones en asuntos que nos afectan a todos. Desde ese punto de vista, el maestro necesita promover en sus aulas un ambiente que permita a los estudiantes responsabilizarse de sus decisiones en los espacios que afectan a toda la comunidad. Reitero sin embargo, que para que el docente pueda promover ese comportamiento, debe él mismo creer y reconocerse como parte de la política y ser un ciudadano participativo que trascienda el ejercicio del sufragio.

Así se puede dar un paso en la dirección correcta que nos dirija una escuela colombiana nueva, pues la que hemos tenido hasta el momento “no ha conseguido promover una ética cívica que fomente el respeto a la diferencia, la autonomía como principio rector de sus proyectos pedagógicos y de sus planes curriculares, ni la costumbre de darle a los conflictos que allí se generan un tratamiento por fuera de las lógicas de lo punitivo o disciplinar” (Valencia, 2010, p.43). Por tanto, si la escuela no se queda en lo punitivo, en lo registrado en los manuales de convivencia, probablemente a futuro este problema en general no se quede en lo consignado en la ley 1620, de 2013.

Para concluir, se propone a la escuela y docentes como agentes de transformación de los significados y sentidos de los términos que giran en torno a la idea del acoso escolar o bullying. Este último término, por su naturaleza, ha recibido un tratamiento de neologismo, extranjerismo y eufemismo que no ha logrado sino tergiversar la realidad social que está detrás de él. Es la escuela el espacio idóneo y la palabra el medio competente para la trasformación propuesta debido a que en ellos converge la relación entre la cultura mediática y escolar. Además, al ser la escuela una institución paradigmática del poder simbólico y un agente importante socialización, se torna inminentemente política. Por ende, la escuela y los maestros deben politizarse y politizar a sus estudiantes, entendiendo la política como la formación para la toma de decisiones que nos afectan como grupo social y no como la meras militancia y sufragio. Tal vez entonces, nuestra manera de hablar y actuar concuerden y nuestra solución a los problemas sociales vaya más allá crear leyes que se quedan en lo punitivo y en lo consignado en papel.

Referencias

Billard, J. (2002). Escuela y sociedad. Revista de Teoría y Didáctica de las Ciencias Sociales 7, 167 – 186.

Bustamante, G. (2004). La educación, ¿un asunto de medios? Revista Colombiana de Educación 46, 116 – 134.

Contreras, A. (2013). El fenómeno de bullying en Colombia. Revista LOGOS CIENCIA & TECNOLOGÍA 4 (2), 110 – 114.

Huergo, J. (2001). Desbordes y conflictos entre la cultura escolar y cultura mediatica. Nómadas 15, 88 – 100.

Ministerio de Educación Nacional de Colombia. (15 de Marzo de 2013). Ley 1620 de 2013 Sobre la convivencia escolar. Recuperado de: /1759/articles- 327397_archivo_pdf_proyecto_decreto.pdf

Narváez, A. (2004). Cultura mediática y educación formal: un punto de vista comunicacional. Revista Colombia de Educación 46, 80 – 115.

Thompson, J. (1998). Los media y la modernidad: una teoría de los medios de comunicación. Buenos Aires: PAIDÓS.

Valencia, D. (2006). ¿Es posible recuperar el sentido de la política? Escribana 16, 67-77.

Valencia, D. (2010). Dispositivos de poder y mayorías en la era Uribe. Revista Javeriana 762, 21 – 29.