El prestigio académico y los X-Men

 El prestigio académico se ha convertido en un mutante, como los X-Men, pero sin poderes excepcionales. Es como si Logan se viera abocado a salvar el mundo y despertara, de pronto, sabiéndose vulnerable, finito. 

Alexander Ruiz Silva
Alexander Ruiz Silva
Coordinador del Doctorado en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional
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09 de Marzo de 2017

 

Hace casi un siglo Antonio Machado hizo célebre la sentencia “Solo el necio confunde valor con precio”. Probablemente el poeta sevillano estaba inspirado en el contexto social y cultural de la España de comienzos del siglo anterior. Sin embargo, considero que se trata de una intuición atemporal: mientras existan vestigios de humanidad sobre la tierra e intercambio de bienes y dones, su validez se mantendrá incólume.

No tengo ninguna duda de que el capital simbólico más importante con el que cuenta un académico, un científico, un profesor universitario o de cualquier otro nivel educativo es su prestigio; es más, creo que esto aplica por igual a cualquier otra profesión u oficio.

Tardamos buena parte de nuestra vida construyendo prestigio; de hecho, vivimos de él. Un buen carpintero, por ejemplo, aquel que nos recomendaron para hacer los estantes de la biblioteca en casa, gana su sustento diario con base en su prestigio: en la calidad del trabajo realizado y en el debido cumplimiento en la terminación de la obra. Si los estantes no están bien hechos y en el tiempo acordado, perderá un importante potencial de clientes, publicidad gratuita y, lo más importante, confianza en su verdadera capacidad.

El prestigio es tan intangible como la libertad o la esperanza, pero tan cierto y categórico como los estantes de las bibliotecas de quienes nos aferramos a la anacrónica costumbre de leer, conservar y atesorar libros en físico. 

Un profesor universitario construye prestigio de forma similar a como lo hace un carpintero, pero su quehacer, como todas las actividades humanas, tiene sus propias peculiaridades. No tengo espacio para entrar en detalles en la definición de este rol, así que seré bastante escueto en mi caracterización. Respecto a la enseñanza, el profesor “X” -que de ninguna manera se lo debe confundir con Charles Xavier, fundador y líder de los X-Men- prepara sus clases, es puntual y cumplido; trata de ser lo menos aburrido posible ante sus audiencias; es justo y ecuánime. En lo atinente al trabajo investigativo, está realmente interesado en lo que indaga; es riguroso en el manejo de las fuentes y convenciones; es intelectualmente honesto, comprometido; y vela por la oportuna publicación y divulgación de sus trabajos. Podemos omitir detalles acerca de sus rasgos ideales de personalidad, como lo hicimos con el carpintero.

Con y desde el prestigio detentado en los trabajos y los días puede ganar una plaza en una universidad, ascender de una categoría docente a otra, mejorar su condición salarial, alcanzar reconocimiento social y fortalecer la confianza en sí mismo.

Sin temor a exagerar, un profesor tarda la totalidad de su vida profesional construyendo prestigio, el propio, y de paso el de su grupo de investigación, los programas a los cuales está adscrito, la institución en la que trabaja, el gremio al que pertenece, etc., y en la mayoría de los casos se trata de la fuente principal de sus ingresos, la inspiración o envidia de sus colegas y la razón de ser de sus proyecciones. 

Pero basta con un solo error, con un acto de deshonestidad o de abuso de poder: plagio, acoso sexual, desfalco para que el prestigio se vaya de vacaciones permanentes. Y no es para menos, hay que decirlo, esto aplica por igual a cualquier otro acto criminal.

Sin embargo, algunas veces es suficiente con una acusación malintencionada, infame; incluso, en contextos evidentemente patológicos no se requiere de más que de un simple rumor para la erosión de la confianza, para la bancarrota moral. Así de frágil es el prestigio, por eso se cuida, por eso se atesora con tanta dedicación. El problema, en serio, aparece cuando nuestra actual forma de vida, cuando la necedad de los tiempos del capitalismo sin límites hacen indistinguibles valor y precio.

Como es sabido, en el mundo académico contemporáneo muy pocas cosas escapan a la tendencia a medir, cuantificar y evaluar las actividades y decisiones humanas. De hecho, solemos aceptar y reproducir acríticamente expresiones tales como: “El profesor “X” ha acumulado prestigio en su área de investigación” y no puedo dejar de preguntarme: ¿Es posible acumular prestigio como se acumula dinero o bienes?

Para el sistema económico reinante, desde una postura abierta y descaradamente objetivista, positivista, se trata de una pregunta de respuesta obvia: “Por supuesto, según el resultado de la evaluación docente permanente; el número de sus publicaciones; el reconocimiento de las revistas y editoriales en las que publica; la cantidad de citaciones que registren sus artículos y libros; su índice H (número de textos citados “n” veces), entre otros”. Visto así, el prestigio adquiere valor de cambio, deviene en mercancía, se distancia del cariño verdadero.

No puedo explicar por qué, pero siempre que oigo hablar del índice H inmediatamente establezco una asociación con la bomba H (de hidrógeno o termonuclear, muchas veces más destructiva que la bomba atómica que devastó Hiroshima y Nagasaki en 1945). Y justo ahora se me ocurre: ¿Necesitará algún día el profesor “X” acumular libertad y esperanza?, ¿el mismo sistema que hoy mide el prestigio académico evaluará y controlará en el futuro cercano su libertad de cátedra o su libertad política?  Así las cosas, si el profesor “X” alcanzara un índice H alto de esperanza, ¿tendría mayor reconocimiento académico y mejores incentivos salariales que sus colegas desesperanzados?

El prestigio académico se ha convertido en un mutante, como los X-Men, pero sin poderes excepcionales. Es como si Logan se viera abocado a salvar el mundo y despertara, de pronto, sabiéndose vulnerable, finito.

Nuestro profesor “X” no puede dormirse nunca en sus laureles, su trabajo tiene como principal signo la novedad. Por tanto, tira frenéticamente hacia adelante sus iniciativas en procura de más puntos, en busca de ese prestigio cuantitativo tan voluble como la moda, tan inestable y engañoso como los fondos privados de pensión, tan anodino como su propia posición en el mundo de la economía actual.

Para los necios, el verdadero valor de las cosas solo puede vislumbrarse borrosamente en el horizonte; su mezquindad deja toda consideración ética fuera del ámbito de la experiencia. En la sociedad actual, la sociedad del espectáculo, como certeramente la llamara Debord, no hay barreras que separen lo público de lo privado o que permitan discernir con meridiana precisión aquello por lo que vale la pena luchar, de las cosas más banales. Nos encontramos en “el momento histórico en el cual la mercancía completa su colonización de la vida social”.

Se trata de una sociedad de necios, de una necia sociedad en la que el prestigio ha devenido positividad pura, meretriz de indignante subasta. Hemos mutado para degradarnos y lo hemos hecho de forma espectacular, como los X-Men, pero más tristes. Quizás podamos hacer algo distinto con la libertad, quizás no deberíamos renunciar tan pronto a la esperanza y mantener la poética diferencia entre valor y precio.

 

 

 


Cf. Guy Debord (1994 [1967]) La sociedad del espectáculo. Santiago: Naufragio.