El precio del analfabetismo emocional

Entiendo por analfabetismo emocional la incapacidad de conectarnos con lo que en esencia somos, seres emocionales con un hiper-valorado mundo racional y un cuerpo que apenas se “escucha”, esto favorece la sentencia cultural de mantenernos políticamente correctos, moralmente complacientes y racionalmente adecuados. Pero esto tiene un alto precio en nuestra salud física, emocional y mental.

Diego Arbeláez Muñoz
Diego Arbeláez Muñoz
Asesor Fundación Empresarios por la Educación
112 Seguidores0 Siguiendo

0 Debates

5 Columnas

Columna

248

0

15 de Mayo de 2017

Entiendo por analfabetismo emocional la incapacidad de conectarnos con lo que en esencia somos, seres emocionales con un hiper-valorado mundo racional y un cuerpo que apenas se “escucha”, esto favorece la sentencia cultural de mantenernos políticamente correctos, moralmente complacientes y racionalmente adecuados. Pero esto tiene un alto precio en nuestra salud física, emocional y mental.

En un vistazo al alfabeto emocional que nos recuerda que somos lo que sentimos, viajamos de la A de amor hasta la Z de Zafacón. Este último se refiere a un cubo de basura que para efectos de este alfabeto es donde desechamos lo que sentimos, las emociones que negamos para no parecer vulnerables ante nada ni ante nadie. En este sentido, es mejor parecer que ser. Si eres puedes mostrarte sospechosamente incompetente, poco riguroso, como suele escucharse en el universo de los intelectuales. No es gratuito que la sensibilidad que da el océano emocional se atribuya más a las mujeres, a quienes también con frecuencia se les trata como humanos de segunda categoría.

La primera letra, la A de amor, esa palabra que llevamos puesta en la talla que sentimos cómoda o no, y la mayoría de las veces con múltiples remiendos de esa gran sastrería que es la existencia, nos recuerda uno de los caminos más largos que la vida nos reta a recorrer: ese que queda entre la cabeza y el corazón. Esa distancia ha generado muchas guerras, ha producido muchas muertes. Querer dominar a otros para que sientan y, sobre todo, piensen como yo, práctica rastrera de políticos fundamentalistas y corruptos, nos lleva a alimentar otra letra del alfabeto, la O de odio que, si el analfabetismo emocional impide reconocerlo, puede incluso ser interpretado como amor desde la más inocente ignorancia.

Por eso el amor, ese concepto tan profundamente subjetivo e intangible, nos desafía todos los días el impulso humano de necesitar controlarlo todo para sentirnos seguros, cuando a lo que nos convoca es a saltar al vacío de la incertidumbre, a apasionarnos con todo lo que somos y hacemos, a sentir que estamos vivos.  ¿No es acaso gracias al amor que tomamos las decisiones más trascendentales en la vida? ¿No es gracias al amor que decidimos formar una pareja, tener hijos, adoptarlos, cumplir sueños aparentemente imposibles, ser exitosos llevando a cabo un propósito mayor o ser solidarios, entre muchas otras cosas?

Claro, el amor se vivencia con más fuerza en un espacio extraño para la mayoría de los humanos, un espacio que nos constituye y del que al escaparnos nos perdemos la experiencia de conectarnos emocionalmente, profundamente: el aquí y el ahora, el instante presente, intangible, huidizo. Nos le escapamos por encontrarlo abrumador, porque creemos que es mejor pensar que sentir. Sentir nos obliga a recordar las heridas por cerrar, las miradas que ya no es posible evitar, las conversaciones difíciles que es necesario tener, los desencuentros que ya no se pueden postergar.

Este sentir tiene expresiones bastante curiosas en la cotidianidad de nuestras experiencias que pocas veces ayudan a acompañarnos solidariamente: “No te pongas triste, tú eres fuerte y vas a salir adelante”, “Bueno, si ya tienes dos hijos, que hayas perdido ese bebé que todavía no había nacido no será tan doloroso”, “¿Pero ya no lo habías superado?, ¿Por qué te veo otra vez en el piso?”, “Eres muy joven como para que esto te pueda afectar tanto”, etc. etc, etc.  Haz tu propia lista y comprenderás que así ningún humano se salva de que se le vaya anestesiando y endureciendo el corazón.

Aparece entonces la letra que está en medio del alfabeto: la M, de miedo, una emoción que nos ayuda a protegernos de eventos que nos puedan poner en riesgo, pero que si se imprime desde afuera para manipular y controlar queda instalada como una marca indeleble que impide que demos los pasos más importantes para que florezcan nuestras mejores capacidades.

En la alfabetización emocional, comprender la diferencia entre sentir o entender al otro es crucial. Entendemos al otro desde nuestros juicios, creencias o etiquetas de lo que asumimos que el otro es. Pero sentir al otro es abrirse a su mundo emocional, preguntar antes de dictar sentencia, evitar las frases ya expuestas o, en resumen, desarrollar la empatía.

Pocas veces advertimos que la conciencia crítica no emerge necesariamente de hilar los suficientes argumentos sobre un tema en particular, que también es necesario, sino que surge de la sensación que da expresar lo que se piensa en un ambiente de confianza y seguridad, lo cual uno mismo interpreta como: “puedo participar, puedo expresar sin ser humillado ni ridiculizado”.

Por eso, insistir en comprender que se pueden tener los mejores argumentos, pero cuando la “autoridad” los invalida por considerar que no se tienen la “suficiente edad y madurez” para cuestionar aquello que otorgan el poder de los títulos y de una supuesta experiencia, el pensamiento crítico se hace trizas.

Por eso, colegas de vida, los invito a sentir:

¿Qué pasaría si aprendiéramos a abrazar las emociones y sentimientos como pasajeros del corazón que nos traen regalos para reconocer en esencia lo que somos, el telar de colores del que estamos hechos, la hermosa diversidad que se refleja en el lienzo del paisaje humano?

¿Qué pasaría si acogiéramos al otro por lo que es y no por lo que esperamos que sea para aceptarlo tan humano como nosotros mismos, con la misma dimensión de dignidad que la nuestra, con la misma percepción de ser iguales en derechos y oportunidades?

¿Qué pasaría si en la cadena de decisiones cotidianas apareciera más el amor que el miedo y muy pocas veces acudiéramos a la última letra del alfabeto para parecer más maduros, serios y competentes?

¿Qué pasaría si dejáramos de etiquetar de duras a las competencias científicas y de blandas a las socioemocionales y a ambas les diéramos igual valor e importancia en la formación de un ser integral, que es mucho mayor que la suma de sus partes y de su comprensión del mundo y su lugar en él como ciudadano global?

¿Qué pasaría si en las familias y en los ámbitos escolares escucháramos y observáramos con más atención las señales que nos están dando niños, niñas y adolescentes de sus angustias, soledades, tristezas profundas, heridas asfixiantes y las leyéramos con suficiente atención y dedicación para ayudarlos a transformarlas en una decisión distinta al suicidio? ¿Y, más allá de leerlas, que tal si creáramos las suficientes redes de apoyo familiar y social para abrazar las historias que somos y que nos pueden impulsar a vivir mejores vidas?

¿Qué pasaría si en las aulas de nuestras escuelas reconociéramos en el tejido de las emociones el soporte para que surjan “ambientes dignos para el aprendizaje y la convivencia”, para que circule la confianza como generadora de conciencia crítica y de decisiones compartidas basadas en los vínculos?

¿Qué pasaría si dejáramos de etiquetar, categorizando a los estudiantes   del mejor al peor, y aceptáramos que no solo vale tener información, sino que valen también las experiencias, las interacciones, los sueños y los talentos propios?

¿Qué pasaría si usted y yo asumiéramos que lo que sea que sintamos hacia nosotros mismos y hacia los otros nos afecta de manera directa y que por esta razón nos hiciéramos cargo de nuestro bienestar y del de los demás para que eso que llamamos paz, felicidad y éxito se conviertan en estados más del ser que del tener, atravesados por la primera letra del alfabeto emocional, que sigue latiendo por tener su lugar en el centro de nuestras vidas?

Mínimo, con toda seguridad bajarían los índices de analfabetismo emocional en este mundo que tenemos el compromiso de dejar mejor de lo que lo recibimos…