¿Duque o Petro?

Se acercan las elecciones y nuevamente nos enfrentamos a la penosa tarea de decidir por quién votar. Como en cualquier otra decisión en la vida, la duda se asoma. Esta vez con un agravante; ¿será que al final sale algo bueno con opciones tan pobres?

Enver Torregroza
Enver Torregroza
Profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario
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22 de Abril de 2018

Se acercan las elecciones y nuevamente nos enfrentamos a la difícil tarea de decidir por quién votar. Tarea difícil por supuesto para el que se toma el trabajo de pensarlo, pues no falta quien vote por mamar gallo y son muchos los que votan por el primero que le ordenan.

La dificultad aumenta cuando hay muchos candidatos y, a decir verdad, ninguno bueno. Como en cualquier otra decisión en la vida, sea cual sea su alcance o efecto, la duda se asoma. ¿cómo saber si mi decisión es la correcta? Esta vez con un agravante; ¿será que al final sale algo bueno con opciones tan pobres?

A decir verdad no hay decisiones buenas y malas. Lo malo suele ser permanecer indeciso y no avanzar un paso.

Tomar decisiones no es agradable. Cuesta tiempo y esfuerzo. Hasta las más bobas, pues escoger shampoo se ha convertido en una tortura, con tantas opciones y marcas que hay. ¿No es acaso un simple jabón para lavarse el pelo? ¿De donde acá tanto pereque para una cosa tan pendeja?

El mundo de hoy está cargado de complicaciones innecesarias que nos hacen añorar épocas más simples.

Claro, la existencia de más opciones en principio incrementa la libertad. Pero hay un punto en la curva en que las opciones son tantas que pasamos de la libertad de elegir a la esclavitud que genera tener que trabajar horas para escoger cualquier cosa sin nunca quedar satisfechos. Si no, intente comprar algo por internet.

No es el caso del ramillete de candidatos, triste y pobre como panadería de pueblo: no queda más remedio que escoger entre un roscón, un cotudo, un pan blandito y un liberal.

La dificultad de las decisiones aumenta con su peso. Entre más costosas, más serias y graves sean, entre más tiempo y vida comprometan, se vuelven peores. Por eso el matrimonio espanta a tanta gente. Por eso los estudiantes no quieren graduarse, para no tener que decidir qué van a hacer después.

Pero la vida está hecha de experiencias, no de resultados. Podría decirse que venimos a la vida a vivirla simplemente, a experimentar todo lo que trae consigo: dolor y alegría, risa y lágrimas. Por ello pensar la vida como un proyecto para evitar equivocarse o no sufrir es un error por principio.

Equivocarse es inevitable. Lo mismo que sufrir. Una filosofía de la vida sabia y profunda invita a las personas a disfrutar incluso de los problemas.

Lo difícil en el mundo actual es defender una idea así.

Estamos acostumbrados a pensar que solo tenemos derecho al placer y a la alegría y que no tenemos porque hacer las cosas mal. Que no tenemos por qué sufrir. Que cualquier cosa mala que nos pase es siempre y por principio injusta.

No hablo de las cosas realmente difíciles de tragar, de las experiencias traumáticas que nos exigen demasiado y a menudo superan nuestras humanas capacidades, tanto, que solo nos queda pedir la ayuda divina.

No hablo tampoco de las experiencias desgarradoras de plena injusticia, del absurdo de la violencia. Valga la redundancia: porque toda violencia es absurda.

Hablo de las experiencias más sencillas y corrientes del fracaso y el fiasco, del inconveniente y del error. Del genuino sufrimiento o padecimiento por x o y decisión.

Nuestra sociedad nos enseña torpemente a querer que no nos pase nada. A qué toda decisión sea la correcta y perfecta. A que nos demos látigo si la decisión tomada trae consecuencias desagradables.

El miedo a la mala decisión nos puede conducir entonces al pantano de la indecisión. A permanecer dubitativos en una bruma de incertidumbre. A no movernos en la vida.

Pero la vida es movimiento. Está hecha de experiencias. Y tenemos que estar abiertos a percibirlas, a disfrutarlas, a gozar incluso de aquello que podría parecernos malo.

Propongo la atrevida idea de disfrutar los fracasos. Invito a ponerle atención al acto mismo de experimentar las consecuencias de las decisiones y no sólo al posible aprendizaje que de ellas se desprende.

Hace un par de años el filósofo alemán Wolfgang Heuer decía en una charla que frente a los errores históricos del pasado los alemanes solían reaccionar con culpa, mientras que los estadounidenses los asumían como un reto, una oportunidad de mejora.

Los colombianos, le decía yo, en cambio dejamos las cosas como están: “deje así”, “eso no pasa nada”, “nadie se va a dar cuenta”, “hágale”, son las frases del cotidiano coaching con que se estimula el éxito en nuestro país: la invitación cotidiana a la mediocridad.

Pretender nunca equivocarnos es irracional y nos hace daño. Pero no querer aprender de las equivocaciones y de los errores para no repetirlos también.

Una decisión no acaba con los problemas; simplemente nos conduce a otro lugar donde otros problemas reinan. Decidir es escoger qué universo de problemas podemos afrontar.

Decidir viene del latín decidere: cortar, resolver. En principio significa escoger un camino entre dos opciones igualmente buenas o igualmente malas.

Rara vez la vida plantea disyuntivas claras en las que sabemos de antemano cuál es la buena y cuál la mala. En realidad esas decisiones son tan fáciles que allí no hay realmente nada que decidir. Se escoge el camino bueno, es obvio, punto.

Así que: ¿Duque o Petro? ¿Vargas Lleras o Fajardo? ¿Que entre el diablo y escoja? Todas son malas opciones, pero por alguna nos tendremos que ir. Sinceramente prefiero escoger shampoo.

La verdadera dificultad está en escoger entre opciones iguales, caminos que traen cosas buenas y malas a la vez. Escoger los problemas que queremos enfrentar. Cuáles son los escollos del camino que queremos escalar. A quién, por ejemplo, queremos soportar como presidente.

Comentarios (2)

yatusab

23 de Abril

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Tal cual. Muy oportuno.Y gracias.

Tal cual. Muy oportuno.Y gracias.

Julie

23 de Abril

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Somos un país tan sumamente mediocre, facilista y corrupto, que pedirle a lo...+ ver más

Somos un país tan sumamente mediocre, facilista y corrupto, que pedirle a los votantes que se informen sobre propuestas, trayectoria política, hoja de vida y coherencia discursiva es toda una utopía.