Colciencias y la difícil situación de la ciencia en Colombia

En ocho años Colciencias ha tenido ocho directores. La entidad y la forma en que el gobierno administra el presupuesto de ciencia y tecnología son objeto de críticas. Un comentario sobre la relación entre ciencia, política, economía y su impacto en el desarrollo nacional.

Amaury Núñez González
Amaury Núñez González
Politólogo y estudiante de periodismo
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14 de Enero de 2018

Nadie lo duda: la comunidad científica del país la pasa mal. Colciencias, entidad que dirige al sector en Colombia, ha tenido ocho directores en ocho años. Más allá de esto, durante este periodo han sido repetidas las críticas sobre su manejo y la forma en que el gobierno administra el presupuesto de ciencia y tecnología.

Como , Colombia ocupa los peores lugares del mundo en varios aspectos vinculados a este campo. Nos rajamos en inversión de recursos a ciencia y tecnología por habitante, en la relación de investigadores por cada millón de habitantes y en el gasto destinado a investigación como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB). Al país le va mal en la materia y requiere de una reforma profunda. No es que en el pasado no hubiera cambios. Hubo algunos, pero en la dirección equivocada.

En el año 2009 Colciencias, que hasta entonces financiaba los programas de créditos-beca doctorales con recursos anuales del presupuesto nacional, empezó a cubrirlos con vigencias futuras. En 2016 ya le destinaba el 82 por ciento de su presupuesto. Para el funcionamiento de la entidad y proyectos de investigación solo disponía del 18 por ciento.

En julio de 2011 se creó el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación (FCTeI), incorporando el 10 por ciento de los recursos del Sistema General de Regalías. El fin fue “incrementar la capacidad científica, tecnológica, de innovación y de competitividad de las regiones” (art. 29, Ley 1530 de 2012). Lo anterior en concordancia con los planes de desarrollo nacional y regionales.

La gestión regional de estos recursos derivó en la separación entre una estrategia de orden nacional y una regional. Con el fondo de regalías se crearon 33 fondos paralelos a la gestión nacional realizada por Colciencias, y la estrategia nacional en la materia se perdió entre la propaganda oficial que señalaba la inversión de más recursos.

La estrategia Colombia Científica es un buen punto de comparación. Lanzada en 2016, se financió mediante un crédito de 240 mil millones de pesos con la banca internacional. Su línea Ecosistema Científico, con recursos por 160 mil millones de pesos, ha tenido algunas restricciones financieras. Los programas, financiados con créditos y otros recursos no recurrentes para la entidad, obligaron a limitarlos a dos proyectos por institución ANCLA, que es como se define a las instituciones de educación superior intermediarias entre Colciencias y los proponentes. Los resultados fueron poco alcance y una cobertura limitada.

De acuerdo con Alexánder Gómez, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, entre los años 2003 y 2012 Colciencias aportó un promedio de 246 millones de pesos para cada proyecto y financiaba casi la mitad de sus costos. En la década aportó 881 mil millones de pesos a 3 mil 600 proyectos.

En 2012, primer año del fondo, los recursos de regalías alcanzaron los 870 mil millones de pesos. Entre ese año y 2015 financiaron 249 proyectos con 2 billones 400 mil millones de pesos. En promedio el aporte por proyecto fue de 9 mil 770 millones de pesos. Así las cosas, con el fondo de las regalías para ciencia se financiaron proyectos de costos 18 veces superiores a los financiados por Colciencias en la década arriba mencionada.

Y mientras se buscaron recursos con la banca internacional para financiar una estrategia en el sector, el gobierno decidió trasladar más de 1 billón 300 mil millones de pesos del fondo para financiar la construcción de vías terciarías. En octubre de 2016, la actual ministra de educación, Yaneth Giha, en ese entonces directora de Colciencias, señaló que los dineros del fondo de regalías se encontraban “represados porque no se han presentado proyectos lo suficientemente buenos para acceder a esos recursos” (El Espectador, 27 de octubre de 2016).

Valiente forma de ocultar un fracaso. Este fondo, que generó recursos tres veces y media por encima de los destinados por Colciencias entre los años 2002 y 2012, se estrelló con la inoperancia de las entidades encargadas de administrarlos, no con la incapacidad de la comunidad científica. Pero esto no impidió que se usara como excusa para no financiar mejor a Colciencias, que hoy tiene el peor de sus presupuestos en los últimos 10 años.

Un ejemplo es la manera como se han ejecutado los proyectos financiados por el fondo de regalías. De 277 proyectos, hacia finales de 2015 tan solo eran ejecutados, por sus proponentes originales, 70 de ellos. También es muestra de la lentitud de todo este proceso, que entre la presentación de cada proyecto y su ejecución transcurra un año y medio.

Más allá de esto, y dejando de lado los bandazos puntuales del gobierno en materia científica ¿Qué puede esperar el país? ¿Qué indica que, en sus respectivos países, por cada colombiano la ciencia disponga de 4 mil 300 pesos mientras que por cada mexicano sean 551 mil pesos, o por cada brasileño 1 millón 400 mil? ¿O que por cada millón de colombianos haya 115 investigadores y por cada millón de argentinos 1.202 investigadores?

¿O que Colombia alcance un tímido 0,24 por ciento del PIB destinado a Investigación y Desarrollo, mientras Japón alcanza un 3,28 por ciento? ¿Qué bendición tienen los Estados Unidos al poder invertir el 2,79 por ciento en investigación y desarrollo, y que Alemania llegue a 2,88 por ciento y China a 2,07 por ciento? ¿Será esta una especie de división internacional de la ciencia y la tecnología? ¿Estamos condenados a esto?

Es difícil tener una respuesta diferente a la obvia: sin ciencia, tecnología e innovación (de verdad), un país no se desarrolla. El desarrollo de un país depende, en parte, de qué se investiga y qué problemas resuelven la ciencia y la tecnología. Cuando los humanos creyeron en su capacidad de obtener poderes nuevos mediante la investigación, nació la ciencia moderna.

Hoy la relación entre ciencia, política y economía no puede ser más tangible. El historiador israelí Yuval Noah Harari, en su libro De animales a dioses, lo llama “bucle de retroalimentación de la revolución científica”, iniciada hace 500 años. Consiste en que el progreso depende del refuerzo mutuo entre la ciencia, la política y la economía. Los recursos potencian la investigación, la investigación el poder y el poder nuevos recursos. Y ese ciclo abre el camino a la prosperidad y avance sociales.

Pero ese avance en el mundo habría resultado imposible sin una condición: instituciones políticas y económicas que proporcionasen los recursos. Cómo dice Noah: si Galileo Galilei o Darwin no hubieran nacido, es probable que sus intuiciones se les ocurrieran a otros. Y continúa: “Pero si no se dispusiera de la financiación adecuada, no habría excelencia intelectual que la humanidad hubiera compensado”.

El matrimonio entre ciencia moderna y capitalismo permitió el auge y consolidación de las grandes potencias de hoy. Entonces, las preguntas que pueden seguir son ¿por qué debemos renunciar a nuestro potencial científico improvisando nuestra política en ese campo? ¿Por que no seguir el camino de quienes, al fortalecer la ciencia y la investigación, desarrollaron sus economías y sus países? Hay que invertir mucho, y hacerlo bien.

El profesor del departamento de física de la Universidad Nacional, Diego Torres, que está dirigida a los candidatos a la presidencia, señaló que lo ocurrido con Colciencias y el sector contrasta con las capacidades de la comunidad científica colombiana. Tiene razón. También los invita a conocer a fondo esta situación para que Colombia supere “su peligrosa dependencia de actividades económicas como la extracción de petróleo y la minería”. También dice que la ciencia no sirve para nada, pero cambia el mundo.

Si no se revierte la manera en que los gobiernos han tratado a la ciencia del país nunca saldremos de la trampa en la que estamos, donde el subdesarrollo es la gran vocación nacional.

Amaury Núñez González |