Un Caribe libre de estigmatizaciones

Las palabras pronunciadas por la senadora Claudia López en torno a la marimonda del Carnaval de Barranquilla, antes que ser minimizadas o cuestionadas con insultos homofóbicos, tienen que analizarse a la luz del peso que los discursos estigmatizantes tienen sobre los territorios y los habitantes que le dan sentido. 

Francisco Javier Flórez Bolívar
Francisco Javier Flórez Bolívar
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15 de Septiembre de 2017

El pasado 10 de septiembre, poco antes de que el papa Francisco partiera hacia Roma, la senadora Claudia López escribió unas desafortunadas palabras relativas a las muestras folclóricas con las que el gobierno colombiano despidió al pontífice en el Aeropuerto Internacional Rafael Núñez de Cartagena. “De por Dios no le vayan a regalar una marimonda!!!  Qué pena…déjenlo ir a descansar por favor”, trinó desde su cuenta la actual precandidata presidencial por el Partido Verde. Como suele ocurrir en estos tiempos de indignados y postverdad, twitter inmediatamente se convirtió en una trinchera en la que, más que argumentos reposados, se pusieron en juego apasionadas visiones de defensores y detractores. La emotividad con la que se encaró el asunto desde ambos bandos le restó complejidad a una discusión necesaria sobre los estereotipos, las estéticas caribes y los valores culturales regionales. La discriminación, la simplificación y la homofobia le ganaron terreno a la posibilidad de entablar una conversación en torno a la necesidad de que desde los andes y el mismo Caribe se construyan territorios libres de estigmas.

 

De la reacción homofóbica y la simplificación

Entre los contradictores de Claudia, aunque hubo quienes de manera respetuosa le reprocharon la manera displicente como se refirió a una figura central del Carnaval de Barranquilla, también se hicieron presentes quienes cayeron en inaceptables insultos. Más dispuestos a agredir que a argumentar, se graduaron de homofóbicos o ejercieron públicamente su despreciable homofobia. “La machorra si quiere ser presidente, es mejor que no se meta con el carnaval de Barranquilla ni con Junior”, escuché en un programa de humor de una emisora de Barranquilla que llevaba sintonizada el bus en el que viajaba camino a Cartagena el pasado lunes.

Los simpatizantes de Claudia, acudiendo a su admirable trayectoria política y académica, intentaron minimizar el peso despectivo de su mensaje. Señalaron que se estaba armando una tormenta en un vaso de agua. Lo que expresó, argumentaron, era intrascendente frente a los graves problemas por los que está atravesando la nación. Además, ¡cómo cuestionar las palabras de alguien que precisamente ha investigado y denunciado parte de esos problemas y sus protagonistas! La senadora, tras reconocer lo inapropiado que fue su comentario, acudió a su usual sensatez y presentó excusas públicas por lo dicho. “Pido que me excusen la cachacada, pero no era para ofender al carnaval ni a la marimonda”, dijo en diálogo con periodistas del diario El Heraldo de Barranquilla. Infortunadamente, a renglón seguido, concluyó que dejaran “de hacer una tormenta en un vaso de agua”, sumándose así a la simplificación que hicieron sus simpatizantes de un trino que realmente proyectó a la marimonda como algo vergonzante.

 

El peso de los discursos

El tuit de Claudia López, lejos de responderse con insultos homofóbicos o catalogarse como intrascendente, debe asumirse con mayor cuidado. Quienes nos hemos dedicado a estudiar el peso que las representaciones culturales y raciales tienen sobre los territorios y los habitantes que les dan sentido sabemos que los discursos despectivos, como el utilizado por ella en esta oportunidad, tienen impactos de gran trascendencia en las sociedades. Y si esos discursos provienen de voces que ostentan algún tipo de poder institucional hacen que ciudadanos del común sientan que tienen legitimidad para expresarlas. Esa conjugación de voces institucionales con las de ciudadanos del común se traduce en la perpetuación de imaginarios estigmatizadores, la descalificación de los referentes de una comunidad, la degradación de sus valores culturales y, sobre todo, el desconocimiento de los esfuerzos realizados por los habitantes de una región para que le reconozcan la valía de sus sonidos, ritmos, movimientos, imágenes y geografías.

En el Caribe colombiano esos esfuerzos se vienen realizando de forma sistemática desde los años 30 del siglo XX. Los Artel, Los Zapata Olivella, los Lucho Bermúdez, los Adolfo Mejía, los Pacho Galan, los José Barros, las Matilde Díaz, las Estercita Forero, las Lucy González, y muchos más protagonistas del mundo festivo costeño, cambiaron el decorado monocultural de sus ciudades y, algunos, ascendieron a los Andes para disputar un lugar en la vida cultural nacional. Desde los años 80 de esa misma centuria, académicos, instituciones culturales y actores festivos han trabajado en reconstruir y mantener parte de la memoria festiva forjada por esas generaciones pioneras y, a la vez, han dado forma a nuevas visiones sobre los referentes culturales de la región. Aunque aún persisten enormes problemas de apropiación social del conocimiento, parte del esfuerzo realizado se ha traducido en una clara identificación y sentido de pertenencia de sus habitantes con esas prácticas culturales. Es necesario, entonces, que voces calificadas como las tuyas admirada Claudia, en vez de reproducir viejos estereotipos, abracen esta revalorada diversidad cultural proveniente de la región Caribe.

 

El reto del Caribe

Habitantes del Caribe colombiano, como se deduce de la homofóbica reacción que tuvieron algunos ante el trino de la senadora López, también deben contribuir a forjar un Caribe libre de estigmatizaciones. Ya no teniendo en cuenta únicamente la forma en que nos describen, narran y representan, sino también evaluando como tratamos y describimos a los otros. Cada vez que en y desde el Caribe se descalifica a alguien por su orientación sexual se reproducen y fortalecen los mismos esquemas que han sido utilizados para ridiculizar y desdibujar lo Caribe ¿Qué sentido tiene exigir que se valore y respete un referente cultural si, al mismo tiempo, discriminas a tu interlocutor por su orientación sexual?

Es necesario dar forma a un territorio desde el cual proyectemos una profunda comprensión sobre lo diverso en todas sus manifestaciones. Y para ello es imperativo que, desde el espacio donde reclamamos respeto, hablemos con un lenguaje sin estereotipos. En el campo del reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTIQ, organizaciones como Caribe Afirmativo vienen trabajando en esta dirección. En algunas ocasiones, denunciando la violencia contra miembros de la citada comunidad; en otras, disputando espacios en la vida pública de las ciudades de la costa; y no pocas veces generando conciencia sobre la centralidad de mirarnos y pensarnos como iguales. Docentes comprometidos con el respeto por las diversidades de todo tipo venimos insistiendo en las aulas (y fuera de ellas) que cuando se discrimina a alguien por su color de piel, religión u orientación sexual no sólo se pone en entredicho la igualdad de un grupo específico, sino que se atenta también contra los principios universales que garantizan la sana convivencia entre los integrantes de una sociedad.

Abrigo la esperanza que progresivamente se sumaran nuevas voces en esta también necesaria cruzada por la igualdad y, al hacerlo, incidiremos para que el tren de la historia convierta en minoría a quienes en el marco de este debate hicieron uso de la carta homofóbica para insultar a la senadora. Y sé, dado el talente demócrata que ha caracterizado su trayectoria académica y política, que desde el escenario que la vida le tenga reservado ella también trabajará para que en el mundo andino algunos sectores no sigan viendo la marimonda y la cultura Caribe en general como algo que produce pena. El día en que converjan ambas visiones seguramente construiremos un Caribe y una Colombia libre de estigmatizaciones.