Mujeres durante cuatro días

Lea por qué detrás de un hombre que se disfraza de mujer hay un deseo inconsciente que lo desborda; incluso, quienes lo hacen tampoco saben cuál es.

Libardo Barros
Libardo Barros
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03 de Marzo de 2017

Promediando las seis de la tarde, en su salón de belleza, Yelitza Coronado maquilla a Víctor Manuel Flores. Poco a poco las sombras de ojos, la pestañina, el rubor y el lápiz para cejas lo transformarán en una enfermera coqueta y presumida.

Su prima, la maquilladora, le vuelve a insistir, antes de calzarle la peluca, que si al fin se va a poner las extensiones en su cabello y “La enfermera” asiente con firmeza:

?¡Me siento mejor con la peluca de cabello negro! Cuando la tengo puesta puedo mover la cabeza con más libertad.

Poseído por el personaje se pone su atuendo blanco: una licra para disimular las protuberancias bajo la falda, medias veladas, senos firmes, un camisón, mocasines y una cofia. Al final, un toque de lápiz y brillo labial parecieran dar mayor altivez a esta mujer de 61 años y 1.78 metros de estatura.

De su cuello cuelga un estetoscopio y en la mano derecha iza una jeringa descomunal. Luego, con un ademán altanero sale de su casa del barrio San Isidro y remonta la carrera 21 para tomar un taxi rumbo a la Guacherna, el primer desfile nocturno del Carnaval de Barranquilla. 

 

El piropo socarrón de un motorizado la hace más dueña de su personaje:

?Adiós, doctora.

?Doctora tu abuela, yo soy una enfermera jefe. ¿No me ves?

En el barrio Rebolo, Zuele, una morena espigada de 25 años, hija de Fredy Alvear de León, le arregla los pliegues de la falda de lamé dorado que usa encima de una pollerita de malín rosado. Le estira la blusa anaranjada y sus senos de trapo se fijan aun más a su pecho sudoroso. Una vecina le compone los abanicos y otra lo maquilla, le pinta los labios y le entrega un muñeco vestido con el uniforme de la Selección Colombia de fútbol. Transformado en “María Abanicos”, una barbie de 52 años de edad, sonríe y lanza besos a granel. Llega a la calle 30 de este mediodía soleado y toma rumbo al desfile del Carnaval del Suroccidente.

“María Abanicos” no tiene ni un rasgo del albañil, el electricista o el pintor de casas que suele ser. Agarra con fervor el bolso que lleva ajustado bajo la axila izquierda, mientras arrulla su infaltable muñeco en el brazo derecho. Camina apoyándose en unas sandalias apropiadas para los recorridos de los desfiles en Barranquilla, Soledad, Galapa y Baranoa. Se siente más mujer que nunca y no para de reír. Él tiene claro lo suyo:

?Yo soy un varón. Cuando me disfrazo me siento el mismo varón, solo que imito a una mujer porque ese es mi trabajo. No soy “gay”, porque el “gay” quiere ser más que una mujer, y a una mujer no se le puede superar en ningún aspecto, ella es única.

Cada vez son menos los hombres que saben disfrazarse de mujer en el Carnaval de Barranquilla. La mayoría tiende a sobrepasar los linderos del respeto y lo que trasmiten es una parodia vulgar de lo femenino. El que se disfraza debería conocer más  sobre el personaje que busca representar. El dicho “en Carnaval todo pasa” no invita a violentar a nadie; está, si se quiere, ligado con lo particular, con un llamado a levantar el estado de ánimo por la llegada de la fiesta.

De cualquier manera, no deja de llamar la atención un hombre que vestido de mujer lanza besos a otros hombres. Algunos que se disfrazan aseguran que a las mujeres les llama mucho la atención ser imitadas por un hombre, que disfrazarse de mujer es una buena manera de ligar con ellas para después de las fiestas. Seguramente para algunas encierra mayor atractivo un hombre que se viste, gesticula y habla como ellas.

Víctor Manuel Flores tenía 12 años la primera vez que se disfrazó de mujer. Se puso un vestido de una vecina y con una escoba se metía en las casas a barrer para ganarse unas monedas. Aunque era carnaval, no aguantó el saboteo de los hombres del barrio que lo tildaban de “raro”. Volvió a disfrazarse ocho años después, cuando se enteró de que su padre hacía comedias y a menudo representaba mujeres en el escenario.

Yelitza insiste en que no hay un hombre más mujeriego que su primo Víctor. Soltero y sin hijos, para Víctor es muy normal tener “amigas”, y ríe mientras comenta:

?Las mujeres no son de nadie, ni del marido, ni de los hijos, ni de nadie. Aunque no he vivido con ninguna, las veces que creo saber cómo es la jugada con ellas es cuando más me equivoco. 

Odasir Bolívar, quien lleva el pendón durante los desfiles, advierte que todavía no es fácil disfrazarse de mujer. La intensión irrespetuosa de algunos tiene que ser frenada con firmeza apenas comienza. Afortunadamente, la mayoría de la gente respeta, pero algunos borrachos son groseros.

A “La enfermera” la buscan mucho para una foto y para tocarla o hacerle bromas. El que quiere dar dinero, bienvenido; con el que no da no pasa nada. Víctor no fuerza a nadie porque no le gusta sentirse despreciado por otra persona. Se vacila el disfraz desde que sale hasta que se lo quita.

Todo el tiempo no es carnaval, ni sonrisas, ni baile. La vida muestra los dientes a quienes no han tenido un trabajo fijo y tampoco cuentan con una pensión. Día a día en el barrio hace lo que esté al alcance para ganarse el sustento: paga los recibos a sus vecinos, les compra las medicinas a los enfermos, compone tuberías del acueducto y les hace cualquier otro mandado que le soliciten. Cuando el día se pone aburrido se sienta en la tienda de la esquina a referirles chistes a vecinos quienes siempre festejan sus ocurrencias.

No se trata de ponerse un vestido de mujer y salir corriendo detrás de un macho para reclamarle cosas. “María Abanicos” es selectiva, escoge al suyo cautelosamente, lo aprisiona con el cuerpo, juntando su rostro con el de ellos y la boca dispuesta para un beso que no se consumará.

La peluca fucsia realza su aire provocador. Utiliza silencios y miradas. No acosa, ni toca lugares del cuerpo distintos a las mejillas de “su hombre”. La conexión se establece a partir de la sonrisa nerviosa del seducido, quien con un gesto nervioso lleva su mano al bolsillo para purgar la pena que lo embarga cuando una mujer de la calle le demuestra que puede ser abusado fácilmente. 

Con una bermuda azul y suéter rojo descansa en una mecedora en la terraza de la casa de sus hijos. La música del vecindario retorna a las raíces del carnaval. Fredy se anticipa a una posible pregunta:

?Uno como hombre siempre tiene miedo a que una mujer lo tome por sorpresa. Nosotros no aguantamos esa presión, así sea en un juego como lo hago con mi personaje.

Ha vivido con doce mujeres y solo con una tuvo sus dos hijos. Aclara que no repite con ninguna de ellas porque siempre busca algo nuevo en cada una, por eso volver atrás no tiene sentido. Siempre tiene halagos para ellas:

?La mujer es la flor del jardín. Pero están tan consagradas al cuidado de los hijos y la casa que muchas parecen esclavas.

Mira hacia dentro de su casa, donde su nieta de cuatro años baila una champeta que suena en el radio frente a su hijo Brando de 22 años. Luego vuelve a retomar su exposición:

?El hombre que no conoce a las mujeres es el que maltrata y abusa de ellas, y el del piropo grosero es porque le va mal con ellas.

Cuando era muy niño vino desde Calamar (Bolívar) con su abuela porque sus padres se separaron y se repartieron los cuatro hijos. Dos se quedaron en el pueblo y él con su hermana llegaron a Barranquilla.

?Desde que llegué al barrio me hice respetar. Por eso cuando voy disfrazado y alguien se me acerca con mala intención, creo que se da cuenta de que soy de un sitio donde la gente “no come bolitas de coco”.

La sola idea de disfrazarse de mujer ruboriza a muchos hombres, pero a Víctor y a Fredy se les ha convertido en sinónimo de identidad personal. En la Casa del Carnaval se les llama por el nombre de su disfraz y a ellos no les molesta.

 

Víctor es más extrovertido, esté o no disfrazado. En los desfiles llama la atención porque siempre está haciendo gestos, bailando, mezclándose con el público. Aclara que esto no le debe incomodar a ningún otro disfraz, porque según él cada uno va en lo suyo y cada uno debe mostrarse con lo que tiene. Hace el recorrido en solitario; aunque se saluda con otros, su presencia escénica impresiona, deslumbra entre los demás.

Fredy siempre está sonriendo y acercándose con cautela. Da besos a los hombres que conectan con su mirada, los aborda y luego continúa su marcha.

Estos dos hombres, como tantos otros que se disfrazan, reflejan la mujer que los habita, aquellas que corren desesperadas tras un hombre que nunca es el que desean; o de aquellas que tan pronto conquistan a uno se le escapan para ir tras otro. A todos les reclaman falta de amor y protección o acusan de abandono y lo culpan de las penurias y estrecheces que afrontan. En sus disfraces, cada uno a su manera, interpreta a una mujer incapaz que va por el mundo buscando quien vele por ella porque sola no sabe cómo hacerlo.

Los conocedores del tema, como la psicoanalista Isabel Prado, admiten que los hombres representan a la mujer que ellos llevan por dentro, la que creen conocer. Un hombre disfrazado de mujer, no el “gay”, escenifica una parte de lo que es la mujer para él. Por lo general encarna solo su visión histérica, pero eso no es la mujer como tal. Lo real es difícil de ver, de aprender. Lo más común es crear ese estereotipo de mujer.

Para el hombre lo femenino es inasible. Por lo tanto, encuentra alivio creyendo que la mujer siempre lo va a buscar. Pone en escena a una desesperada que va a reclamarle su abandono, su irresponsabilidad. La imagina ante él como una niña que le demanda cuidados y atención permanentes, que lo juzga sin piedad hasta enervarlo y violentarlo. En la medida que esa creencia se ha ido reforzando, las parejas parecen más susceptibles y los conflictos para tramitar sus asuntos han aumentado, tal como lo resalta la prensa local y regional.

 

Los disfrazados de mujer buscan los sitios de diversión para encontrarse con esos hombres que tienen una cuenta pendiente con una mujer real. El evasor pagará para no ser molestado por aquella que lo persigue, esa para quien es tan importante que lo desea tener siempre a su lado.

Pareciera ser que cada hombre paga al disfraz por reafirmarle esa faceta de ser él a quienes las mujeres buscan. Por ser ese hombre fuerte, capacitado para hacerla feliz como nadie más pudiera hacerlo. Un disfraz que representase a una mujer autónoma, que no necesite de un hombre para ser ella, no tendría razón de ser.

La esencia de la mujer, como la del mismo hombre, es indeterminada. Da la impresión de que esto desconcierta, plantea un problema que no todos los hombres saben afrontar. Solo los buenos cantores y poetas se han atrevido a expresarlo en sus obras. Verdi lo canta en los primeros versos de su ópera La donna e mobile: “La mujer es cambiante. / Como una pluma al viento / cambia de ánimo y de pensamiento...”

Lo que un hombre conoce de una mujer nunca será suficiente aunque se disfrace como ella y la caracterice muy bien. Aunque se tengan numerosos argumentos, su ser estará un poco más allá de cualquier evaluación. Para enmendar la ignorancia frente a esa realidad, el escritor colombiano Silvio Villegas se anticipa a los posibles errores de comprensión sobre el asunto y recomienda que “Debemos acostumbrarnos a pedirles perdón a las mujeres aun por faltas que no hemos cometido”.