A los burros los están pelando

¿Qué está pasando con los burros? Tan importante ícono cultural está sufriendo y acá les cuento por qué

Luis Oñate Gámez
Luis Oñate Gámez
Periodista
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27 de Marzo de 2017

De una forma cariñosa y muy elocuente describió el poeta español Juan Ramón Jiménez la empatía y el amor que sentía por un borrico: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.”. Esta es una de las narraciones más leídas de las letras hispanas, quizás en la niñez de Juan Ramón un Platero fue su compinche de juegos y en la juventud el compañero en las labores del comercio de vinos.

En este lado del mar, despuntando los años setenta, en la península de la Guajira el entonces joven campesino Hernando Marín Lacouture, acompañado de una guitarra también enmarcó en unos versos las vivencias de su niñez al lado de un burrito: “cuando tenía siete años vivía retozando con un burro que le llamaba Placeres Tengo/recuerdo que ese burrito me lo dio mi viejo porque el pobre no tenía con que hacerme un regalo. Yo quisiera que reviviera para ver sonreír sus gastadas mejillas/y ver su cabeza plateada moviéndose al son de mi lira”.

Así, en versos, canciones, en fábulas y en las labores del campo y la ciudad, desde mucho antes de la era cristiana los burros han estado concatenados al desarrollo de la humanidad. El animal está tan ligado a la historia del hombre que en el relato bíblico que da cuenta del nacimiento de Jesús, José transportó a María en un burro hasta el Portal de Belén en donde dio a luz. Un asno tuvo la fortuna de acompañar ese nacimiento, de ahí que muchos creyentes consideren que éste es un animal bendito, por esos el burro es infaltable en los pesebres decembrinos.

En mi pueblo Algarrobo, en las noches de luna llena el servicio de energía eléctrica no se prestaba porque todo estaba iluminado. Para esa época personas particulares con plantas pequeñas eran las que suministraban el servicio a unas cuantas casas, además no había electrodomésticos como neveras, abanicos, planchas entre otros, solo unos pocos televisores. Muchos jóvenes y niños aprovechábamos la claridad de la luna para ir al parque del pueblo en dónde la mayor diversión era jugar a las escondidas o corretear a los burros que por montones se agrupaban en los alrededores del parque a comer grama.

La gran mayoría eran burros silvestres, no tenían dueño y durante el día se alimentaban en los callejones y los caminos que conducían a las algodoneras. Algunos jóvenes los torturaban amarrándoles latas en la cola y luego los echaban a correr, el animal emprendía veloz carrera pateando y haciendo sonar las latas por las calles del pueblo, la algarabía despertaba la furia de los perros callejeros que en jauría perseguía al atormentado animal. 

Hoy en Algarrobo los burros son historia, han desaparecido casi que por completo. Fueron un pedestal importante en las labores campesinas y había admiración por el animal mejor cuidado y el de los aperos más artísticos y lujoso; sobre los sillones siempre lucían pellones de colores vivos bordados a mano. Los pocos campesinos que todavía quedan en la región remplazaron el burro por la moto.

Las manadas de burro comenzaron a diezmar desde que inescrupulosos comerciantes se dieron cuenta de su valor el mercado negro. Por las noches los montaban en camiones y los sacrificaban en mataderos clandestinos para vender sus carnes a los circos o en pueblos y en la periferia de las ciudades en donde era comercializada como carne de ganado vacuno. Pero la hecatombe asnal la generó la demanda de piel de burro que se estaría dando en China con la que supuestamente están elaborando lujosos productos como zapatos, ropas y carteras, y aparentemente también estarían empleándola en la industria farmacéutica.

Este comercio ilegal de piel de burro ha afectado a todo el Caribe y parte del interior del país. En la Guajira el impacto ha sido mayúsculo ya que el asno  es un elemento indispensable en los quehaceres de los indígenas wayuu, sobre todos los que viven en rancherías apartadas en medio del desierto a quienes les toca caminar entre dos y cinco horas para abastecerse de agua. Con el animal transportaban una mayor cantidad del líquido y era menos penosa la jornada, pero a muchas de estas familias del desierto les robaron los burros para matarlos y comercializar su piel, lo cual ha aumentado sus penurias de hambre y sed. 

El sacrificio clandestino de burro va en aumento. Constantemente las autoridades policivas dan cuenta del decomiso de pieles, los medios informan de las grandes exportaciones de éstas por Cartagena y Buenaventura, y hace poco se denunció el robo de 500 pieles de burro cerca de Barranquilla. ¿De dónde sacan tantas pieles si en el país no existen grandes criaderos de burro? Algo más que carteras, zapatos, ropa y medicina deben estar haciendo con la piel de los asnos para que se haya desatado esa locura comercial que hoy tiene al abnegado y noble animal a punto de desaparecer.   

La investigadora y Máster en historia antigua Aroa Velasco, en un trabajo sobre el burro en el antiguo Egipto, pone de manifiesto la declaratoria de este animal como patrimonio de la humanidad y prende las alarmas debido a que en varios países, al otro lado del mar, el cuadrúpedo está en vía de extinción. En el Caribe colombiano va por ese mismo camino porque su piel es oro y el comercio ilegal de ésta se convirtió en una mafia sin brida que se multiplica por el estribo que le ofrece la falta de controles efectivos por parte de las autoridades.

 La piel peluda y suave de los Plateros ha quedado en la historia y hasta en La Gloria Magdalena al inquieto profesor Luis Soriano le tocó montar guardia en la puerta de su parcela pare evitar que Beto y Alfa, los asnos insignias del proyecto Biblioburro, caigan en las garras de la mafia y en una noche de luna nueva terminen descuartizados y sin piel en cualquier potrero de la vecindad.  

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