Lo obsoleto de las Cartillas para educar a Colombia: La Mala Educación

Mala educacion. Cartillas obsoletas.

Kathy Porto
Kathy Porto
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23 de Agosto de 2016

Lo obsoleto de las Cartillas para educar a Colombia:

La Mala Educación

 

¡Oh, Señor! ¿A qué manos fueron a parar los bienes del Estado? Ni siquiera contamos con esos que llaman partidos, [...] indiferentes a críticas se han vuelto elogios y odio. ¿Quién quiere ayudar al vecino? Solo por sí mismo mira cada cual. Todos arañan, limpian y arrebatan y dejan vacías las arcas. Fausto: J.W. Goethe.

Colombia se nutre de debates suigéneris, infinitos, interminables, reiterativos y abundantes en citas erradas e interpretaciones que no resisten un análisis serio.

En un Estado y Sociedad Madura, libre de doble moral como constante de comportamiento, lo primero que deben preguntarse los legisladores, educadores, procuradores, jueces, fiscales, instituciones todas, es qué clase de educación requiere una sociedad que no sabe dialogar, que no reconoce a quienes sienten y piensan distinto y tienen todo el derecho individual, legal y moral de expresarse, amar, escoger la opción de vida que les garantice la armonía, la alegría, la serenidad espiritual.

La Colombia del siglo XXI no logra involucrarse en reflexiones espirituales y filosóficas que mejoren las condiciones de vida de los ciudadanos y, en especial, de la juventud.

En estos días presenciamos —no sin rubor y vergüenza— a una Ministra de Educación sometida a la Mala Educación de algunos legisladores en el Congreso de la República.

No importa que la ministra haya dado "papaya", como dijo Juanita León en su excelente .

La pregunta que más inquieta en esta rara y prejuiciosa Colombia es qué tan educados somos para asumir no solo nuestro propio destino, sino los debates en el necesario tránsito hacia el reconocimiento del Otro y avanzar en derechos civiles.

El motivo del inquisitivo y amañado debate fue por una simple cartilla o manual ilustrativo de identidad de género, que ya habían realizado Gobiernos anteriores.

En Finlandia y Singapur, donde el índice de lectura es alto y la Educación de las mejores del mundo, es difícil que inventen como pedagogía de identidad de género UNA CARTILLA que no logra educar a nadie, en especial a los niños a quienes intenta ser dirigida; es un método simple y obsoleto de pedagogía, reduce el aprendizaje a criterios elementales, debido a que, en sus casas, los chicos ven en vivo cómo mal funciona su hogar, o en la internet y en la tele, porno y violencia. Y ni digamos de los barrios en que habitan, donde contemplan toda clase de comportamientos intolerantes, matoneo, riñas y ausencia de civismo.

¿En serio cree el MinTIC, la ministra Parody, los senadores, el procurador, las diferentes iglesias colombianas, que están dando el debate apropiado? ¿El enfoque correcto?

Lo que cambia la percepción de los menores de edad sobre las diferentes tendencias es dejarlos en libertad de elaborar su propia identidad.

Lo sexual-afectivo es algo complejo e individual, pero si hay comprensión y afecto en el hogar, cada niño diferente en sus tendencias poco a poco, por sí mismo, irá descubriendo sus inclinaciones sin traumas, y se hará preguntas.

Quienes requieren esta educación para comprender la Identidad de género no son los niños. Son los Adultos, los padres, los docentes colombianos y las instituciones.

Conceptos confusos como Ideología de Género y otros eufemismos distractores, en esta era computarizada, digital, de efectos especiales, lectura rápida, escasa o nula, no le genera mayor atención a la juventud enganchada a los teléfonos inteligentes y a las redes sociales.

Lo de las Cartillas como método educativo pudo haber funcionado en la década de los 50 y 60 antes del auge de internet y las nuevas teorías educativas.

Creo que es menos costoso y más eficiente la instrucción audiovisual, la modernización del método educativo, los debates en las aulas, en foros juveniles, y un mejor criterio de selección de docentes.

Los legisladores que intentaron someter a un juicio moral a la ministra Gina Parody, entre ellos el exasaltante de una embajada extranjera, y una senadora ensimismada en la monotonía del significado, deberían proponer ideas que controlen el alto índice de acoso sexual, la desaparición forzada, la esclavitud moderna, la pedofilia, el feminicidio, la violencia intrafamiliar, la errática programación de los medios televisivos, las noticias amarillistas, los programas de opinión sesgados, las novelas de sicarios, ladrones, narcos, programas que sí inciden en el comportamiento de la juventud, la inversión de valores, la depresión y la tendencia al suicidio.

Se trata de construir lenguajes basados en las necesidades de la gente. No de deconstruir realidades con intereses politiqueros o religiosos.

La Mala Educación colombiana es la doble moral, el juicio, no conocer el lenguaje y poner todo un país en una encrucijada conceptual, con la tal Ideología de Género que desgasta y desvía de lo esencial.

Estos legisladores, en su ataque antidemocrático a la ministra en nombre de Dios y la familia, tal vez nunca se preguntaron qué pensaban los hijos de los padres, incluidos sus propios hijos imbuidos como estaban de su Dogma y de la certeza de su argumentación.

Y mientras todo este precioso tiempo se pierde en interminables interpretaciones y debates, la Buena Educación fracasa: hay niños que se suicidan, transgéneros asesinados, recién nacidos abandonados, jueces que sueltan pedófilos por considerarlos inofensivos para la sociedad, mujeres asesinadas por sus parejas en una orgía permanente de sangre, sevicia y violencia.

La Mala Educación se apoderó de Colombia, y el Ministerio de Educación y su Ministra tendrán que revisar todo ese andamiaje perverso que no ha logrado —ni logrará con un modelo vetusto y arcaico— educar 48 millones de colombianos de todos los estratos sociales. Y, lo que es peor, de todas las edades, en especial la que supera la barrera de los 40 años, que carga el lastre de décadas de doble moral e interpretaciones artificiales de la Realidad y el lenguaje.

Kathy Porto Fadul

Licenciada en Ciencias de la Información y Humanidades,

Universidad Complutense de Madrid.