La marcha uribista en Santa Marta

A la manifestación asistieron varios tipos de uribistas: los de clase A, los de intermedia, los de clase baja y los tímidos quienes trataban de no mezclase con la muchedumbre.

Luis Oñate Gámez
Luis Oñate Gámez
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03 de Abril de 2017

Por Luis Oñate Gámez

El sábado los colombianos despertamos con la nefasta noticia del desastre de Mocoa. Ávidos por conocer más sobre el suceso, del que en las primeras horas de la mañana solo se tenían datos menores, muchos nos adentramos desde bien temprano en los medios digitales mientras un aceptable número de compatriotas se alistaba para salir a marchar.

En Santa Marta la invitación señalaba que la cita era a las ocho horas y media en la plaza de San Francisco, en zona centro de la ciudad. Los que llegaron puntuales y sobre todo los enguayabados alcanzaron a refugiarse del sol mañanero bajo la sombra de los almendros y en el alar de las edificaciones circundantes, otros aprovecharon la iglesia de la vecindad para rezarle una oración a San Francisco de Asís, patrono de los roedores y de todos los animales, nunca está de más un acto de devoción por si acaso un tropezón pecaminoso en medio de la marcha,  y algunos pocos se asomaban tímidamente desde las esquinas y miraban por debajito como armadillo asustado. Si el maestro Rafael Escalona hubiese estado vivo les hubiera compuesto una canción.

La marcha partió pasada las nueve de la mañana y luego de recorrer algo más de 500 metros en el Centro histórico se disolvió. Los asistentes fueron de varios tipo: los uribistas clase A, portaban camisa amarilla, pancartas y banderas; los de clase intermedia fueron de blanco; para los de clase baja la vestimenta fue lo de menos pero se les vio el apoyo firme y decidido en los coros y consignas, y por último estaban los tímidos, llevaban ropa de marcas finas, se desviven por Uribe y le marchan pero algo les impide mostrarse ante los medios.

A éstos últimos los bautizaron la sombra; están en el agua y no se mojan, caminan sobre la candela y no se queman. Asimismo entre este grupo se encontraban los parapolíticos o sus familiares, exfuncionarios sancionados por corrupción con sus respectivas comitivas y los beneficiados de Agro ingreso seguro quienes se escondían de todo tipo de cámaras ya fuesen de periodistas o de aficionados.

Los uribistas clase A se hacen matar por el “mesías”, para ellos no hay otra ideología diferente a la doctrina de las contradicciones, los delirios, los váguidos y el cinismo. Esos eran quienes llevaban la batuta con las arengas y agitan el cañaveral. Críticos sostienen que es en este grupo en donde se encuentran ésos que no acepan más corrupción que la de los suyos. Entre los del punto intermedio están quienes por no querer llevar la contraria a un familiar, a un amigo o al jefe que es de clase A terminan involucrándose, son moderados y respetuosos de las demás corrientes y quizás en el fondo anhelaban la paz con las Farc pero algo les hace atragantar esa aceptación.

Podría decirse que los de clase baja son quienes tomaron para sí el lema “mockusiano” de la campaña presidencial del 2010: yo vine porque quise, a mí no me pagaron. Ellos en el fondo saben que muchos los señalan y tal vez piensan que con ese cántico pueden tapar esos señalamientos. Éstos únicamente pelean y discuten cuando están en el tumulto rodeados de uribistas, cuando están solos niegan al mesías tres y más veces, cante o no cante el gallo. En este último grupo también están los que les toca por obligación, el jefe se los exige.

Es bueno aclarar que las divisiones que hacemos en el artículo obedecen al rango de los uribistas dentro del grupo no a la clase social a la que pertenecen sus integrantes. Aunque en la A prevalecen los de la alta ahí también se pueden encontrar personas de las llamadas clases bajas, éstos últimos son los que más se desgañitan y hasta pelean por el mesías. Una colega sostiene que ella no cree en las brujas, pero de que las hay, las hay, y otra poeta me dijo que prefería irse a la plaza de España en la madre patria a escribir versos sobre la mancha del Quijote y no sobre la marcha del mesías.

Como no había un torniquete para contar el número de personas que acompañó la marcha me di a la tarea de consultar a los mismos participantes. Para los de clase A a la manifestación asistieron alrededor de dos mil personas, los de intermedia me hablaron de mil quinientas, los de baja setecientas y los espectadores o mirones promediaron en quinientas. Aunque en Santa Marta la lista al senado del Centro Democrático obtuvo muchos más votos es admirable la forma como esa colectividad ordena y encarrila a sus seguidores y simpatizantes.