Izar la bandera del orgullo gay

Que izar la bandera del orgullo gay desde un espacio institucional despierte el rechazo de numerosos ciudadanos y no se celebre como una defensa de la diversidad es muestra del tamaño del monstruo al que se enfrentan no sólo los miembros de la comunidad LGBTI en Cartagena, sino también la sociedad civil en general.

Francisco Javier Flórez Bolívar
Francisco Javier Flórez Bolívar
Historiador
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10 de Noviembre de 2017

Una gran crónica escrita recientemente por la periodista Teresita Goyeneche revela las dramáticas consecuencias que han tenido para los miembros de la comunidad LGBTI los inaceptables niveles de homofobia que se registran en Cartagena. Desde las páginas de la revista El Malpensante, Goyeneche relata el trágico destino que supuso para el cubano Rolando Pérez su decisión de radicarse en una ciudad en la que muchos de sus habitantes han logrado que la homofobia –cual otro patrimonio- reclame un incuestionable lugar.

Pérez, periodista por vocación y homosexual de orientación, fue asesinado a golpes en el apartamento en el que residía en el barrio Torices, a cinco minutos de la ciudad amurallada. A su asesinato, según la crónica, le siguieron 26 homicidios más entre 2008 y 2015. Y para agravar el panorama, concluye la citada cronista, en muchos casos, voces institucionales han justificado este tipo de acciones a partir de la orientación homosexual de los asesinados y, al hacerlo, contribuyen a recubrir con un manto de impunidad casos como el de Rolando Pérez.

Las voces homofóbicas, que en parte han llevado a que Cartagena tenga ese infame record y siga sumando títulos deshonrosos en su larga lista de exclusiones, salieron a relucir con motivo de la reciente decisión del alcalde (e) Sergio Londoño Zurek de izar la bandera del orgullo gay desde la alcaldía de Cartagena. A algunos esa decisión les pareció una “apología al homosexualismo”, el más claro signo que la ciudad va camino a encarnar un nuevo Sodoma y Gomorra, sobre la que caerá el castigo divino que a diario pregonan traficantes de la fe convertidos en líderes espirituales. Otros, en nombre de la protección de sus hijos, propusieron acelerar las elecciones atípicas de alcalde porque decisiones de este tipo muestran que Cartagena “está en manos equivocadas”.

Sergio Londoño Zurek, explicando una de las pocas decisiones acertadas que ha tomado durante su mandato como alcalde encargado, señaló que se trataba de un gesto para apoyar la Marcha de la Independencia y la Diversidad que tendrá lugar en el marco de las fiestas por la independencia y, a la vez, contribuir a  dar forma a una sociedad en la que impere el respeto por la diversidad y la diferencia.

Que izar la bandera del orgullo gay desde un espacio institucional despierte el rechazo de numerosos ciudadanos y no se celebre como una defensa de la diversidad es muestra del tamaño del monstruo al que se enfrentan no sólo los miembros de la comunidad LGBTI en Cartagena, sino también la sociedad civil en general. Está en discusión la orientación que la ciudad va a tomar en materia de derechos civiles: garantizarle a un sector significativo de su población las bondades de la materialización efectiva de la igualdad, o hundirla en anacrónicos discursos que consideran la homosexualidad una enfermedad y algo “contra natura”.

Sergio Londoño Zurek se ha posicionado del lado de aquellos que consideramos que es necesario seguir profundizando en el fortalecimiento de la igualdad. Y lo he ha hecho en una fecha simbólica para Cartagena, la de su independencia absoluta de la corona española; esa que precisamente abrió el camino para la consecución del estatus de ciudadanos que igualaba a todos los individuos frente a la ley. La disputa por esa igualdad, parece insinuar el alcalde en este memorable 11 de noviembre, hay que librarla ahora en el terreno civil, como una forma de construir un proyecto de ciudad más incluyente.

Esta osadía de Londoño Zurek (que valga decir le ha faltado para tomar otras decisiones políticas y económicas), debe ser respaldada por aquellas voces que visualizamos cualquier tipo de discriminación como reprochable. El impulso simbólico y el debate generado por su decisión deben complementarse con las acciones de los ciudadanos.  Se hace necesario que los cartageneros, siguiendo al expresidente Barack Obama, asuman que “el progreso llega poco a poco, a veces se dan dos pasos adelante, a veces se da un paso atrás, empujado por el esfuerzo persistente de entregados ciudadanos”. Es imprescindible exigir –con mayor vehemencia- que las autoridades den cumplimiento a la Ley 1482 de 2011, que convirtió en delitos los actos de discriminación y hostigamientos por raza y orientación sexual.

Quizá así izar la bandera del arcoíris, que representa a los miembros de las comunidades LGBTI, no termine siendo un simple lugar común. Y tal vez, esa combinación de esfuerzos institucionales y voces ciudadanas impidan que crímenes como el narrado por Teresita Goyeneche en su brillante crónica dejen de ser parte de la realidad social de Cartagena.