Ingrid Betancourt: Una Paz sin Rencores

Justicia, verdad,ética.

Kathy Porto
Kathy Porto
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07 de Mayo de 2016

Ingrid Betancourt: Una Paz sin Rencores

 

 

A Catalina Botero Marino y Juanita León, admirables juristas

 

La aspiración a la Democracia es una aspiración antigua.

 

Antes de Cristo, surgieron los últimos hombres libres —como bien lo dijo Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano—: seres que estudiaron el cambiante curso de la naturaleza humana sin que los agobiara la idea del pecado.

 

Platón, Aristóteles, Cicerón sentaron las bases de la Política, la República, la Ética, las Leyes, el Sumo Bien y el Sumo Mal, lo Justo y lo Injusto. Definieron, a partir del lenguaje, la observación de la naturaleza, en diálogo con sus discípulos.

 

Fueron educadores, filósofos: intuían lo venidero, el porvenir de la Humanidad.

 

Intuir es Ver, es adelantarse a lo que se puede forjar, inventar sendas.

 

Aristóteles, y su doctrina de la Justicia, ejercen aún una poderosa influencia. Instruyó a Alejandro Magno, desde la edad de 14 años hasta su retorno a Atenas, donde en los jardines del Liceo fundó su propia escuela, dotada de una rica biblioteca. Cicerón fue cónsul de César, el Emperador letrado, Séneca trató de guiar la naturaleza sanguinaria de Nerón, el Lector, a costa de su propia vida.

 

Volver a su lectura es volver al Origen, a descifrar lo que somos y lo que podemos Ser.

 

En ellos está el fundamento del derecho y toda la filosofía.

 

Cicerón fue el primer abogado de Roma; Séneca, el moralista, extraviado en la frágil moral del emperador tirano, evidencia que un gran pedagogo puede ser traicionado por su alumno. Platón y Aristóteles alertaron sobre la decadencia de la Política, ocasionada por la ambición y el desacato de la Ley, que genera el ocaso de la República.

 

Todos tuvieron una muerte digna y valerosa y no cedieron sus ideas a la tiranía. Supieron ofrendar su tiempo y su vida, inmersos en el Pensamiento y en la generación de Ideas que hicieran las ciudades más felices y habitables, y las leyes justas.

 

Renunciaron a la avaricia, la codicia, la ruindad. Persiguieron la Verdad, como impronta de lo humano y el Ideal.

 

Entre la Razón y la Imaginación sus letras aún conservan el aroma de las más exquisitas flores y eterno fluir de lo que una república, un pueblo, un individuo, debe acoger como faro imperecedero y guía.

 

César, el Emperador, quería una Paz sin Rencores; su Cónsul, Cicerón, una justicia que no se fundara en la utilidad.

 

César orientó a los pueblos vencidos no solo en lo público, sino en lo espiritual. No humillaron al enemigo, reconocieron la riqueza de su cultura y logros.

 

Cicerón orientó al pueblo en los infinitos descubrimientos filosóficos, científicos, artísticos y humanistas de la cultura griega.

 

Un Estado sin justicia es un Estado en pugnas internas y guerras civiles. Y una justicia rígida e inflexible se aparta del último fin de ella, que es lograr la convivencia y armonía de toda la sociedad.

 

Reconociendo esta sabia antigüedad y su legado, debemos permitir que Ideas renovadoras de Justicia, Reconciliación y Perdón sean el lenguaje, el despertar de un Alma purificada de Colombia —los pueblos poseen un Alma— y se desvanezca el odio que engendra la separación y la tiranía.

 

Kathy Porto Fadul