Cervantes y el Quijote: Luz y Divertimento en la Inquisición

Lenguaje, inquisición, modernidad.

Kathy Porto
Kathy Porto
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27 de Abril de 2016

Cervantes y el Quijote:

Luz y Divertimento en la Inquisición

 

Shakespeare publicó sus Sonetos de Amor en 1609, su testamento literario, La tempestad, se estrena en 1612 en el teatro público a cielo abierto The Globe.

 

La primera edición del Quijote de la Mancha, de Miguel Cervantes Saavedra, fue en 1615 durante el reinado de Felipe III de España, quien ya había expulsado a los moros de su territorio, en 1609.

 

Cronológicamente, sí hay proximidad entre Shakespeare y Cervantes. Pero Shakespeare no inventó lengua alguna: Cervantes reinventa el castellano, volviéndolo ágil en ocultamientos, pócimas, coloreando las restricciones de la Inquisición de Mujeres barbudas, de reinos como el Reino de Candoya, con su reina doña Maguncia, su hija la infanta Antonomancia, el caballero don Clavijo, recitador de coplas, denominadas en el reino de Candoya 'seguidillas', que consiguió doblegar la voluntad de la Infanta, y a su madre, doña Maguncia, llevarla a la tumba con sus versos:

 

De la dulce mi enemiga

nace un mal que al alma hiere,

y por más tormento quiere

que se sienta y no lo diga.

En la segunda parte del Quijote de la Mancha, cap. XXXVI, los trovadores que con sus versos "quebrantan la voluntad", son desterrados, como en la República de Platón, a la Isla de los Lagartos.

 

Todo esto sucede en un breve y fascinante capítulo donde desfilan mujeres barbudas,
gigantes hechiceros, como Malambruno, Dueñas Doloridas, y consejos del Quijote al recién posesionado gobernador Sancho Panza:

 

—Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que pueda imaginarse. No envidies a príncipes y señores. La virtud, por sí sola, vale lo que la sangre no vale.

 

Los Lagartos del Reino de España, y de la República de Colombia, a cuatro siglos de la primera edición del Quijote, no por ello dejarán de ser menos 'lagartos'. Pero le deben a Cervantes la entrada, no a una isla desierta (para su consuelo), sino al Reino del Idioma.

 

Kathy Porto Fadul