Aprender a ver la humanidad

La coyuntura actual evidencia en nuestra cotidianidad como la guerra no solo nos ha dejado rabia y odio, sino también incapacidad de detenernos para volver a ver a ese otro considerado el enemigo. Tal vez, si reaprendemos a ver al ser humano que hay en cada uno de nosotros y la posibilidad que tenemos de reconfigurarlo, tendremos asidero para armar desde allí un nuevo país.

Jair Vega Casanova
Jair Vega Casanova
Profesor - Investigador
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26 de Octubre de 2017

Hace un par de años, cuando el proceso de paz con las FARC era aún incierto, tuve una experiencia que me llevó a confrontar mis propios miedos y por qué no, mis odios y rencores. Era una mañana cualquiera de noviembre del 2015 y, en medio de las agendas académicas de la Universidad del Norte, en el marco de la Cátedra Colombia, se anunciaba el diálogo "Paz, la búsqueda desde el perdón".

Por esas cosas de husmear los eventos interesado por sus títulos, me acerqué al director del Departamento de Comunicación Social a preguntarle por las personas invitadas al panel. Cuán grande sería mi sorpresa cuando me dijo que dentro de ellas se encontraba Uber Bánquez Martínez, más conocido como “Juancho Dique”, exjefe paramilitar del Bloque Héroes de los Montes de María.

En pocos segundos, mi sorpresa pasó a estupor y poco a poco se fue convirtiendo en indignación y rabia. ¿Cómo era posible que una persona que había causado tanto dolor en los Montes de María, en poblaciones con las que yo había trabajado en mis investigaciones y de quienes había escuchado sus relatos de primera mano, estuviese dando cátedra en la universidad?

Me imaginaba que a ese paso, en poco tiempo, también podría estar ahí, en el mismo sitio desde el cual magistralmente el profesor Alfredo Correa daba clases sobre democracia, alguno de quienes estuvieron vinculados a su asesinato.

El malestar fue tal que las lágrimas de indignación hicieron evidente mi estado de ánimo ante mi interlocutor, de tal forma que de una manera muy afectuosa me dijo, casi convencido de que no lo haría: “por qué no te das una vuelta por el auditorio a ver qué pasa”.

En el salón, estaban además los periodistas Rodrigo Pardo y Claudia Palacios, quien lanzaba su libro "Perdonar lo imperdonable". Para ello, habían invitado también a Luisa Canabal Chávez, de Ballestas y Gabriel Pulido, de Mampuján, los dos del Departamento de Bolívar.

Justo en el momento en que yo entraba, Uber Bánquez se estaba dirigiendo a Luisa Canabal y a Gabriel Pulido, con quienes no se cruzaba frente a frente desde hacía más de 15 años, momentos en los cuales precisamente había sido su victimario. Se lamentaba de que las actas de compromiso le impedían acercarse a sus víctimas, pues noche a noche se imaginaba muchas maneras a través de las cuales pudiera resarcir el daño causado.

“Nada es justificable, pero yo necesito pedirte perdón, Luisa, porque es una necesidad que tengo”, le decía a la mujer en un tono casi suplicante. Mientras sellaban un abrazo inimaginable, ella respondía entre otras palabras: “No veo al autor de esas cosas malas, veo a un ser humano que cometió errores”, a pesar de haber perdido a su mamá y otros familiares en manos de paramilitares comandados por él.

No duré allí más de 10 minutos, pero al salir, mientras caminaba hacia mi oficina, comenzaba a entender la necesidad del perdón, pero también lo difícil que es llegar a perdonar.

Algo similar me volvió a ocurrir hace un par de semanas. Esta vez, en el marco del proyecto Misión Caribe que desarrolla la Universidad del Norte, donde tuve la oportunidad de viajar al Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación de las FARC en Pondores, municipio de Fonseca, Guajira.

La idea de mi trabajo académico, junto con Rocío Mendoza, directora de Barranquilla Cómo Vamos, era la de asesorar el proceso de formulación del Plan de Vida, que es el nombre que le dan a nivel local al Plan de Desarrollo para el lugar en el cual tendrán su futuro asentamiento.

A pesar de que no puedo decir que haya sido víctima directa o indirecta de este grupo, debo confesar que como cualquier colombiano, las prevenciones no eran pocas. Sin embargo, en aras de no alimentarlas, no quise buscar en internet, ni antes, ni después del viaje, ningún tipo de información sobre las personas con las que iríamos a trabajar ese día.

Durante los primeros minutos intercambiamos ideas sobre lo que esperaban del proceso de planeación. Luego, tuvimos la oportunidad de caminar un poco por la zona, conversar sobre las condiciones logísticas del lugar, para luego terminar con el diseño del proceso de planeación.

Ya en la tarde, comenzamos un primer ejercicio, a manera de piloto. Se trataba de planear cómo sería el hábitat del nuevo asentamiento, es decir del lugar en el cual están pensando conformar la comunidad donde se proponen rehacer su vida. La estructura de la vivienda, los servicios comunitarios, los servicios públicos y la relación con el medio ambiente.

Estaban allí los carpinteros, los albañiles, mujeres con sus niños de brazos y las personas encargadas de la planeación que se integraron a trabajar de par a par con el resto del grupo.

Nos propusimos comenzar el ejercicio de planeación no con un diagnóstico sobre las carencias del momento actual y del pasado, sino más bien con el sueño que cada participante tenía sobre el hábitat hacia el futuro. Cada sueño debería ser escrito de manera individual en pequeñas tarjetas de cartulina, para irlas pegando en un tablero improvisado con una mesa ladeada sobre otra.

Al principo no fue fácil, la invitación a comenzar a plasmar un sueño sobre un papel generaba tal vez dudas, tal vez escepticismo, tal vez hacía mucho tiempo no se expresaba en común un sueño individual de estas características. 

Alguien comenzó con una frase: “yo quiero que mi casa tenga jardín”, luego “la sala debe ser grande pues recibiré visitas que hace muchos años no recibía”, “la cocina debe ser el lugar central” o “lo único que quiero es que el baño quede dentro de la casa”. Al momento de pensar en el material de las casas, unos pocos, los llamados por ellos “hippies”, las deseaban de bareque “para que fuesen más frescas”; la mayoría, preferían sus casas de bloques, pues “los podrían fabricar ellos mimos”, asumiendo un proceso de auto-construcción que valorara el trabajo colectivo.

Sin embargo, una de las intervenciones que más me llamó la atención fue la de uno de ellos que estaba al lado de su compañera: “Yo quiero que mi casa sea de mármol”. Al interpelar por un acuerdo sobre el tipo de material, decidió explicar su demanda para que todo el grupo la entendiera. “Yo crecí en una casa que tenía el piso de tierra y desde muy niño tuve ese sueño, el de correr descalso en una casa sobre un piso de mármol. Pero luego a la edad de los 11 años entré a la guerrilla.

Allá el sueño de uno era amanecer vivo al día siguiente. Hoy, a mis 49 años, en este taller, es la primera vez que vuelvo a pensar en un sueño mío y por eso, aunque pareciera absurdo, quise compartirlo. Por supuesto que me acojeré a la decisión de la mayoría, probablemente sean los bloques de material, pero yo seguiré trabajando para que algún día mi sueño sea posible”.

En ese momento recordé las palabras de Luisa Canabal, “aquí veo seres humanos”, pensé, “hombres y mujeres”. Seguí pensando aún más en seres humanos cuando hablaron de querer una media torta para hacer y ver teatro, una biblioteca donde se leyera poesía, un suministro de energía renovable, reciclaje y compostaje, o un mercado de trueque con comercio justo.

Le agradecí entonces al equipo de Misión Caribe por permitirme estar allí, por permitirme entender que en estos pequeños espacios se está jugando un gran momento histórico para Colombia, porque es en el éxito de estos procesos de reincorporación donde se puede construir un nuevo país.

Agradecí a las personas que estaban allí, por transmitirme su compromiso por la paz, por construir una vida digna, por permitirme creer que un futuro distinto para este país es posible. Agradecí entonces a Alberto, por haberme tocado el hombro dos años atrás e invitado a asomarme al otro, de tal manera que pudiera confrontar mi rabia y mi odio. Entonces, agradecí profundamente a Luisa Canabal, quien ni siquiera me conoce, por haberme enseñado ese día a aprender a ver la humanidad.