Lecciones de San Petersburgo para Bogotá

El mundial ha puesto la mirada sobre Rusia, aprovechemos para conocer qué lecciones nos puede dar la historia de una de sus ciudades más importantes: San Petersburgo, para el futuro de nuestra querida Bogotá

Manuel Riaño Sacipa
Manuel Riaño Sacipa
Economista urbano, consultor y profesor
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06 de Julio de 2018

Muchas discusiones sobre las ciudades se centran en el futuro sin considerar a cabalidad el pasado. Pensamos en las maneras de mejorar: ciudades sostenibles, resilientes o que favorezcan la mezcla de usos del suelo; pero algunos de los temas sobre los que se discuten, como la densidad o la salud pública, han estado por mucho tiempo. 

Debemos buscar los aprendizajes que la historia nos da para el desarrollo urbano, de hecho, los aprendizajes pueden venir de muchos sitios y de los menos pensados emergen reflexiones interesantes, como las que se obtienen de San Petersburgo, otrora capital de la Rusia zarista, hoy en boga por el mundial.

San Petersburgo es una ciudad relativamente joven, con poco más de 300 años (digo jovén porque en el caso de Kazan, sede del increible partido de la selección Colombia contra Polonia, se discute si esta existe desde comienzos del siglo XI o finales del XIII) que logró convertirse en la ciudad más cosmopolita del mundo en menos de un siglo desde que fue creada, debido al empuje de varios zares, en especial de Pedro el Grande, quien soñó con abrir una ventana para Rusia al occidente a través de una ciudad pensada para el futuro.

Son varias las lecciones que nos deja una mirada a la historía de esta ciudad. Por ejemplo, Pedro el Grande comprendió, al vivir en su juventud en Amsterdam, que una ciudad podía ser una fábrica de ideas, y el quería su propia fábrica de ideas Rusa, por lo cual fundó a San Petersburgo. En ese momento (finales de 1600) Amsterdam era la capital comercial del mundo -la flota naval comercial de lo que hoy conocemos como Holanda era más grande qué la del resto de países sumada- y la diversidad de personas, dada por su apertura hacia la inmigración de poblaciones perseguidas en sus países como los judíos sefarditas de Portugal y España y los hugonotes de Francia.

Pedro comprendió que la diversidad de las personas es la esencia de las ciudades, por lo cual llevó a grandes científicos y arquitectos extranjeros a vivir en la nueva San Petersburgo, al tiempo que la diseñó para ser el puerto de Rusia al mundo, entendiendo que acortar las distanicas para el intercambio de bienes e ideas genera innovaciones.

Bogotá es una mega metrópolis y parte de su éxito económico se debe a que alberga a personas de todo el país con diferentes matices culturales y ahora cada vez a un mayor número de extranjeros. La lección acá es que para ir por el camino correcto debemos seguir promoviendo que sea una ciudad incluyente para los colombianos y atractiva para los foraneos.

De hecho, en temas de inclusión San Petersburgo fue muy avanzada. La universidad de la ciudad fue la primera en graduar mujeres en el mundo, reconociendo la importancia de la educación bajo un revolucionario enfoque de género para la época. En contraste, aunque en Bogotá aún hay problemas de discriminación de género en múltiples frentes, también hay avances interesantes. 

La creación de una institucionalidad especializada para el tema -la Secretaría de la Mujer- o los avances en el mercado laboral, son dos ejemplos. En este último caso, Bogotá es la ciudad del país con la menor brecha de desempleo entre hombres y mujeres, al tiempo que las mujeres con educación universitaria tienen una menor tasa de desempleo que la de sus colegas hombres.

Incluso, la inversión en educación ha aumentado progresivamente en Bogotá, a comienzos de los ochentas el reto era que la mayoría de los niños llegará a quinto de primaria, hoy nos preocupa más la calidad de la educación que la cobertura, así como el futuro de los jóvenes y su acceso a educación técnica o profesional.

Como estos, hay más ejemplos de lecciones en patrimonio histórico o planeación urbana, pero quizás el mayor aprendizaje que le deja San Petersburgo a Bogotá, en dónde si nos falta mucho (o muchísmo) por hacer, se dio tras la muerte del zar, pues en una sociedad gobernada por un autócrata con virtualmente recursos ilimitados, el riesgo de que la ciudad cambiara su objetivo de modernidad a un proyecto de vanidad real estaba latente. Algunos miembros de la realeza y la nobleza así lo impusieron durante los siguientes 35 años.

Pedro nunca consideró que su visión de ciudad no era compartida por la mayoría, y que el rumbo de la ciudad podía cambiar rápidamente, pues las visiones impuestas no son visiones, el consenso o las mayorías son las rutas más naturales para definir el rumbo de las ciudades.

En Bogotá, no solo está la polarización política nacional sino que se suma a esto una discusión local, pues no hay una visión consensuada sobre la Bogotá que quieren sus habitantes. Acá no hay segunda vuelta (creo que Probogotá atina en promoverla para una metrópolis del tamaño de la capital) y los dos últimos alcaldes han sido elegidos con porcentajes bajos muy similares -Peñalosa con 33,1% y Petro con 32,2%- que no representan a la mayoría y ninguno de los dos a logrado construir consensos sobre la visión de ciudad. De hecho, desde Antanas Mockus en 1994 la ciudad no se elije un alcalde con un respaldo de más de 50% de apoyo en las urnas (64,5% en esa ocasión). 

Petro fue un gobernante inteligente pero terco, que muchas veces imponía su visión incluso por encima de los consejos de sus propios expertos, mientras que Peñalosa ha pensado tanto en lo que volvería a hacer si fuese de nuevo alcalde que ahora no escucha sino lo que quiere oír. El problema está en que como ninguno de los dos es zar, su visión de ciudad podría desvanecerse después de sus mandatos, como ya le pasó a Petro, que vio cambiar su visión con el actual alcalde. 

Diversas experiencias nacionales e internacionales confirman la importancia de la articulación interinstitucional entre el gobierno y distintos actores sociales en torno a un modelo de ciudad, en el que se conjugan las expectativas de la ciudadanía, los lineamientos públicos alrededor del beneficio colectivo y los intereses de actores estratégicos como el sector privado, la academia y organizaiones de la sociedad civil. Estos espacios institucionales, con resultados efectivos, fortalecen la gobernabilidad y amplían la democratización urbana.

El reto pasa porque este acuerdo sea incluyente y no se haga solamente entre empresarios y la administración, sino que incluya también otros actores, a veces menos organizados de la sociedad civil o con poco protagonismo, pero igual o más relevantes dentro de las dinámicas de la ciudad, como organizaciones no gubernamentales, grupos poblaciones, trabajadores y demás actores que por alguna razón no se ven representados por organizaciones formales y por lo tanto son más difíciles de vincular a la hora de diseñar la visión de ciudad.

Ahora bien, es dificil ocultar que en la última década, como lo muestran múltiples encuestas, que la ciudadanía está desencantada con el rumbo de la ciudad, pidiendo a gritos un consenso, al menos en lo básico, sobre el futuro. Podría parecer que es más dificil construir una visión conjunta, pero la invitación en este sentido es clara: en solo un par de meses comenzará la carrera por la Alcaldía de Bogotá, y sería ideal que los candidatos propongan ir más allá del lugar común de atacar a la  administración actual o a las anteriores. Se pueda llegar a un gran acuerdo sobre algunas características básicas de la ciudad que queremos, construyendo sobre lo construido, rescatando las cosas buenas que han quedado del trabajo de múltiples funcionarios en periodos anteriores y no solo poniendo el retrovisor para excusarce.

En su momento San Petersburgo pudo girar de nuevo a una visión parecida a la que tenía Pedro, que potenciaba las cosas buenas de las ciudades. Esto se dió en 1762 con la llegada al poder de Catalina la Grande, quien retomó la idea de traer expertos extranjeros como lo hacía Pedro, pero esta vez no en ciencias o arquitectura sino pensadores políticos y sociales como Voltaire, lo que muchos años después terminó alimentando la revolución bolchebique, pero esa ya es otra historia.

Por ahora esperemos que esta lección del pasado de San Petersburgo pueda darse en Bogotá, que ya es una ciudad exitosa con más cosas positivas que negativas, pero que lograría potenciarse si logramos una visión común de la metrópolis.