5 años de TLC con EEUU y la peor crisis industrial bogotana de la historia

El 12 de mayo pasado se cumplieron cinco años de vigencia del TLC con Estados Unidos Estos, cinco años son también los de la peor crisis industrial en la capital. La desindustrialización capitalina es más grave que la colombiana y con los gobiernos nacional y distrital actuales no hay visos de que esta vaya a cesar.

Mateo Hoyos López
Mateo Hoyos López
Economista de la Universidad de Los Andes
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17 de Mayo de 2017

La situación de la industria manufacturera en Bogotá es desoladora. En los últimos 10 años, la participación de la industria en el PIB bogotano ha presentado una caída dramática de más de cinco puntos porcentuales, pasando del 13.2% en 2006 a 8.8% en el 2015.

En materia de empleo, la caída también ha sido pronunciada: pasamos de que el empleo manufacturero pesara el 19.6% en 2005 a 15.1% en 2016. En los últimos cinco años la industria ha tenido cifras rojas en materia de producción, al punto que la de 2016 está por debajo de la de 2006, ¡el nivel de hace diez años! Como si fuera poco lo anterior, en materia comercial la situación es también muy preocupante: mientras las importaciones en kilogramos se duplicaron, las exportaciones se redujeron a la mitad. Peor parece imposible.

Este fenómeno no es exclusivo de la economía bogotana. Desde hace algunos años, la academia y los gremios han venido hablando del fenómeno de desindustrialización en la economía nacional e incluso han hecho llamados a replantear las políticas en esta materia. Ahora bien, mientras que la desindustrialización colombiana se expresa en que esta rama crece por debajo del promedio de la economía, la desindustrialización bogotana tiene que ver en que se produce cada vez menos, lo cual la hace más preocupante.

Las causas de la situación crítica de la industria bogotana son en buena medida las mismas que explican la desindustrialización colombiana. más importante sobre la desindustrialización en Colombia y sus causas lo publicó la ANIF en 2012. Clavijo, Vera y Fandiño, los autores, demostraron que la caída en la participación de la industria estaba relacionada con el aumento en las exportaciones de commodities minero-energéticos. Es decir, la “locomotora” predilecta de Santos y Uribe, por cuenta de la revaluación del peso colombiano, perjudicó a la industria manufacturera.

La desindustrialización colombiana, o reprimarización de la economía, ha coincidido también con la profundización de la política de libre comercio. En particular, esta política se ha expresado en la reducción generalizada de aranceles: el arancel efectivo promedio en 1988 era de 23%, mientras que para 2014 ya estaba en menos del 4%.

Tal situación no es solo coincidencia. evalúo las distintas hipótesis sobre la desindustrialización en el país y la región, demostrando que, si bien la enfermedad holandesa ha jugado su papel, el principal factor que la explica ha sido la caída en los aranceles. Particularmente, “el trabajo documenta que una caída de un punto porcentual en el arancel promedio efectivo está asociada a una caída de 0,21 puntos porcentuales en la participación de la producción manufacturera”. En otras palabras, la desindustrialización ha sido causada primeramente por la política extrema de liberalización comercial. No es simple coincidencia que los cinco años de vigencia del TLC con EE.UU. hayan sido también años de cifras rojas en la producción industrial bogotana.

Algunos podrían decir que pararle bolas a este asunto es perder el tiempo, que no es tan importante. Pero se equivocan. La industria manufacturera es pieza angular para lograr el desarrollo económico del país.

Según Dani Rodrik, economista y profesor de Harvard, el desarrollo económico, entendido como altas y estables tasas de crecimiento económico, se alcanza cuando surgen actividades económicas con productividades más altas a las de la economía y a la vez hay una transferencia de mano de obra de actividades menos productivas a estas nuevas. Varios argumentos prueban la importancia de la industria para el desarrollo.

En primer lugar, la industria, a diferencia de otros sectores, generalmente presenta rendimientos crecientes. Esto quiere decir que en la medida que la producción en una rama industrial aumenta, la productividad de la rama también incrementa. Además, es el sector que más incentiva el desarrollo tecnológico y científico y permite su absorción y aprovechamiento.

En segundo lugar, que la industria, a diferencia de otros sectores, presenta convergencia incondicional en productividades. Empresas en un sector industrial concreto que empiezan en niveles de productividad laboral bajos experimentan un crecimiento más rápido, poco a poco alcanzando la frontera tecnológica del sector en cuestión. Y eso sin importar que las políticas sean favorables o no a tal convergencia.

En tercer lugar, la industrialización en materia de empleo ha sido condición necesaria (es decir, sin ella no es posible) para alcanzar el estatus de país desarrollado, tal y como lo economistas del Banco de Desarrollo Asiático.

Bajo este contexto, no solo es grave que la industria esté en franca caída, sino que además no se haga nada para corregir el rumbo. Por un lado, mientras no se corrija la fallida política de libre comercio, el gobierno de Santos seguirá siendo el principal culpable de la crisis industrial actual y, por ende, del atraso productivo y el nivel de bajos ingresos del país. Toca insistir: hay que renegociar los TLC.

Por otra parte, sus políticas de “choque” PIPE, PIPE II y Colombia Repunta son a todas luces insuficientes, como las ha la ANIF, pues no atacan “los lastres estructurales de la industria” y no han contado con recursos suficientes para poder ser llamadas política industrial, es decir, para generar rentas y favorecer sectores industriales estratégicos para el país. Más bien, parecen planes pensados para hacer demagogia mientras el país y la ciudad siguen desindustrializándose.

Santos es el más culpable pero no el único. Este desprecio nacional por la industria es también propio del actual mandatario de Bogotá. En las más de 640 páginas de su Plan de Desarrollo, Peñalosa no menciona ni una sola vez (¡!) a la industria manufacturera. En ese contexto, no solo es absurdo que exista una Secretaría llamada de Desarrollo Económico, sino que además su presupuesto sea ínfimo (menos del 0.4% del presupuesto). Eso explica que en materia productiva la Secretaría solo se comprometa en este cuatrienio a brindar asesorías y recomendaciones, pero nada que genere mejoras competitivas concretas.

Algunos podrían decir que al distrito no le compete este asunto. Sin embargo, el que en el Plan Distrital de Desarrollo se mencione al turismo como “el eje del desarrollo de la ciudad”, con incentivos concretos, no solo prueba un énfasis equivocado de la política productiva, sino que demuestra que sí es posible hacer política industrial distrital, pero que, más bien, hace falta voluntad política.

La mala política con relación a la industria manufacturera, en uno por acción y en otro por omisión, es una cosa más en la que Peñalosa y Santos coinciden.