Por Andrés Bermúdez Liévano · 13 de Noviembre de 2017

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No todo lo que brilla es oro, pero a veces lo que no brilla sí puede serlo. Ese podría ser el lema de los habitantes de La Victoria de San Isidro, un pequeño poblado en las faldas de la Serranía del Perijá en el Cesar que lleva un año transformando casi toda su basura en abono.

Las casas de este corregimiento -pintadas ordenadamente de azul cielo, verde y rosado- están dando una lección a todo el país sobre cómo gestionar los residuos cotidianos. Su experimento revolucionario, si se hiciera a mayor escala, podría ayudar a que la Colombia rural resuelva el enorme problema que tiene con las basuras.

Sobre todo, podría ayudar a que cumplamos nuestra meta en el Acuerdo climático de París de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero –que son las responsables del cambio climático- en un 20 por ciento a 2030. De hecho, esta semana arrancó en la ciudad alemana de Bonn la cumbre anual de cambio climático, en donde los países están discutiendo sus avances desde 2015 en reducir esos gases y las tecnologías que mejor están funcionando.

Su ingrediente secreto es un pequeño animal nocturno llamado lombriz roja californiana, que trabaja incansablemente convirtiendo los desechos orgánicos en un humus fino y de color azabache que se vende como abono de alta calidad.

Otra vida para la basura

Apenas despunta el sol cuando Luis Fernando Vega se monta en un furgoncito blanco –que es, en la práctica, una moto con platón- y comienza a recorrer las calles de La Victoria, un soñoliento caserío de 2 mil habitantes en el municipio de La Jagua de Ibirico y en plena zona minera del Cesar.

Célima Rosa Barrientos, una anciana de 66 años y pelo ensortijado, los está esperando ya en el cancel de la puerta. En frente suyo hay tres baldes de colores, la basura separada por tipo.

Equipado con casco, tapabocas y manga larga para resguardarse del ya intenso sol vallenato, Luis descarga los baldes de doña Célima en las grandes canecas cilíndricas que lleva en el platón. Recorre varias calles destapadas de La Victoria y, cuando ya las canecas están rebosadas con la basura de casi todo el pueblo, enfila camino hacia un descampado en la vía que lleva hacia La Jagua donde montaron su reluciente planta de tratamiento.

En la bodega del parque agroecológico –como lo llaman con orgullo- van almacenando la basura separada a esquinas distintas. En un lado organizan los metales, los cartones, el plástico y el vidrio, que después compactan y venden como material reciclable en La Jagua. En otro rincón terminan todos los desechos que no se pueden reciclar: cada tantas semanas los recoge un camión de basura de la Alcaldía de La Jagua y los lleva a enterrar al relleno sanitario de Bosconia.

Los desechos orgánicos –fruta podrida, cáscaras de huevo, hojas de lechuga, restos de carne- viajarán otros veinte metros hasta un quiosco de polisombra negra que resguarda seis camas alargadas llenas de tierra y de lombrices. Hasta 40 mil lombrices por metro cuadrado.

“Yo les tenía como asco porque yo nunca había lidiado con lombrices. Pero, con lo que uno bota en la casa, lo que tiene mal olor, ellas hacen maravillas. Nosotros no teníamos idea que lo orgánico se puede convertir en tierra otra vez”, cuenta Daniel Cabrera, un victorino de 28 años que regresó a La Victoria tras una década manejando carrotanques en Venezuela y que ahora es el cuidandero de las lombrices.

Apenas cae en sol en el Perijá, las camas de botellas de plástico verdes se despiertan. Al acercarse a la tierra negra, se oye claramente un ‘crrshh’ –como el crujido al arrugar un papel- producido por cientos de miles de lombrices engullendo los restos de comida.

Ahí comienza su proceso de alquimia: gracias a sus intestinos y a unas glándulas calcíferas que tienen en el estómago, las lombrices transforman los hidratos de carbono de los residuos en carbonato de calcio. Siete días después defecan una tierra húmeda con un pH neutro y llena de nutrientes, tan fértil que Daniel la llama “el mejor abono orgánico del mundo”.

En poco más de un año la vida ha cambiado dramáticamente en La Victoria. Pasaron de arrojar unos 1500 kilos de desechos a los arroyos o la calle -o incluso quemarlos- a no tirar ninguno.

“Acá había muchísimo humo. Esta era la hora de estar la vecina quemando papeles y botellas. A mí ese humo me fastidiaba mucho la nariz y una vez me dio una bronquitis de esa en que sale sangre”, cuenta Célima. Ella justamente cambió la urea por el humus hecho con su basura, para abonar su pequeño cultivo de ají.

Ahora están transformando el 70 por ciento de esa basura en dos productos: por un lado, el abono de lombriz que venden a 25 mil pesos el bulto de 50 kilos y del que están produciendo 4 a 5 toneladas todos los meses. Y, por el otro, el compostaje que resulta de un proceso similar, aunque más lento, con microorganismos y que se vende a 15 mil pesos el bulto. De hecho, muchos compradores son los mismos habitantes del pueblo, que principalmente vive del suave café gourmet que crece en las faldas del Perijá.

Con ese ingreso, más la venta de los reciclables y la tarifa semanal de dos mil pesos que cada familia comenzó a pagar como un reloj, los victorinos no solo se liberaron de un problema, sino que lo convirtieron en un negocio comunitario y sostenible que da empleo a seis personas.

El tierrero de las basuras

Lo novedoso del modelo de La Victoria no es solo que haya encontrado una salida para toneladas de basura que estaban tiradas, sino que logra ‘desaparecer’ de manera definitiva el 85 por ciento de lo que produce una comunidad rural.

Esa solución es clave para luchar contra el cambio climático, porque las basuras que se descomponen en botaderos al aire libre y rellenos liberan metano –uno de los gases de efecto invernadero más problemáticos- a la atmósfera.

En total las basuras generan el 6 por ciento de nuestras emisiones y son uno de los ocho sectores clave que Colombia identificó para poder mitigar las emisiones de gases, según el compromiso del Acuerdo de París (Los otros siete son agricultura, industria, transporte, vivienda, minería, petróleo y electricidad).

“¿Se imagina que, de los 6500 pueblos en Colombia como La Victoria, el 50 por ciento estuviera haciendo lo mismo? Estaríamos hablando de 5 mil toneladas de residuos diarios que no caerían en nuestras fuentes de agua”, dice Carlos Vergel, un zootecnista cucuteño que está obsesionado con las lombrices desde que hizo su tesis de grado en la Universidad Nacional hace tres décadas y que diseñó este modelo de biotransformación de residuos tras haber tenido una empresa que hacía abonos naturales de lombriz.

La Fundación Mima que Vergel dirige estrenó el modelo hace tres años en San José de Saco, un corregimiento del municipio atlanticense de Juan de Acosta, y luego lo llevó con algunos ajustes a La Victoria hace un año. Hace tres meses inauguraron el sistema en el botadero de Quibdó, donde están transformando el 10 por ciento de la basura de la capital chocoana -unas 8 toneladas al mes- en alianza con los recicladores de la ciudad y recogiendo en tres puntos fijos (la plaza de mercado, el matadero y las legumbreras).

El potencial del modelo es grande, debido sobre todo al tamaño del problema de basuras en Colombia.

“Todo es muy simple, pero extrañamente no se hace. La innovación social no son grandes tecnologías de máquinas y científicos que pocos entendemos, sino pequeñas actividades que sabemos se pueden hacer pero que no estamos llevando a cabo. Yo sueño con plantas de acopio de residuos y de abono en todo el país, como una Colanta de residuos”, dice Vergel.

Por mucho tiempo se ha pensado que la discusión de fondo en el tema de basuras es cómo lograr que los municipios pasen de sistemas muy rudimentarios, como los botaderos al aire libre, a rellenos sanitarios donde se entierran en envoltorios especiales. Hasta hace poco Onzaga, en Santander, incluso la quemaba.

Sin embargo, esa estrategia deja a un lado dos problemas más graves que aún no han sido resueltos. Primero, lograr que los municipios gestionen mejor su basura en la mayoría de ocasiones significa que la cabecera ya no lo está tirando al aire libre, pero no que las zonas rurales los estén emulando.

Aunque Colombia no tiene un censo real de corregimientos, Carlos Vergel estima que unos 6 mil corregimientos estarían produciendo 10 mil toneladas de basura todos los días. Es decir, si sus cálculos son correctos, cada día la Colombia rural está generando más basura que incluso Bogotá, que produce 7 mil toneladas diarias.

Y, segundo, los rellenos sanitarios no son necesariamente una buena solución. No lo son porque, aunque permiten una mejor gestión de los residuos que otros sistemas, tienen un problema: se están saturando y llegando al final de su vida útil muy rápidamente, inundados por residuos orgánicos y reciclables que podrían ser manejados de manera distinta.

Una investigación de Elizabeth Carvajal, de la Universidad Nacional de Medellín, mostró que la mitad de los rellenos de pequeños municipios en Antioquia podrían llenarse en 2020, con lo que toda esa basura tendría que llevarse al relleno de Donmatías que ya está a tope con la de Medellín y el vallé de Aburrá.

A eso se suma que la mezcla de distintos tipos de basuras genera problemas serios de salud pública: al entrar en contacto con la lluvia, los desechos orgánicos como frutas podridas y los metales generan lixiviados altamente contaminantes para las fuentes de agua. 

La Victoria, donde la basura de toda una comunidad se convierte en abono, puede ser un modelo para la Colombia rural. Por ahora su esquema se está replicando en otros tres corregimientos (San Basilio de Palenque en Bolívar, Rincón del Mar en Sucre y La Clara en Antioquia) y se está construyendo en dos más (Boquerón en Cesar y Barú en Bolívar).

Al final, lo que más valoran los victorinos es que les ha mejorado la vida. Como dice Luz Marina Bonilla mostrando el solar sin basura de su casa, “A mi mamá le gustaba tener la casa limpia como un ojito de gallo. Bueno, así es que tenemos el pueblo ahora”.

 

Comentarios (2)

Harald Pies

14 de Noviembre

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El tema de la basura en Colombia es muy problematico. Existen tecnologías&nbs...+ ver más

El tema de la basura en Colombia es muy problematico. Existen tecnologías  que son sostenibles y rentables y podrian desaparecer todos los rellenos sanitarios en el pais. Desafortunadamente el tema de la basura tambien es parte de una mafia de corruptos, que no dejan entrar a nadie en el mercado y tampoco quieren invertir en nuevas tecnologias. 

Simón Sarmiento

20 de Noviembre

0 Seguidores

Muy buena iniciativa. Ojalá podamos hacerla conocer de todos. Definitivamente son las pequeñas transformaciones las que generan grandes cambios sociales. Excelente artúculo.

Muy buena iniciativa. Ojalá podamos hacerla conocer de todos. Definitivamente son las pequeñas transformaciones las que generan grandes cambios sociales. Excelente artúculo.

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