Por Francisco Miranda · 09 de Junio de 2018

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Todas las segundas vueltas son en esencia un plebiscito. Dos candidaturas que no superaron el 50 por ciento de la votación se enfrentan para crear mayorías artificiales más allá de su propio atractivo y apelando a cócteles que incluyen miedos y rechazos al otro así como volteretas y alianzas que se creían imposibles. Al final la segunda ronda presidencial termina girando alrededor de un solo tema o de la confianza hacia uno u otro aspirante. Es decir, convertida en un plebiscito, en una votación de sí o no, con los peligros  y las frustraciones ciudadanas que eso implica.

A pesar de los esfuerzos de muchos seguidores de Sergio Fajardo de transformar la casilla del voto en blanco en una manifestación de tercería, lo más probable es que el alto registro que hoy muestran las encuestas disminuya. Esto no significa que no será un número importante. El  1,76 por ciento de blancos de la primera vuelta es un listón fácil de superar y en las últimas presidenciales el porcentaje ha estado alrededor del tres y cuatro por ciento. La adhesión de Antanas Mockus y Claudia López a la Colombia Humana, olvidando recientes y muy fuertes críticas, es hasta ahora la mejor movida petrista para cerrar la tronera del voto en blanco que les abrió los anuncios de Fajardo y Humberto De la Calle.         

Como en todo plebiscito, gana el lado que más convincentemente responda la pregunta que los votantes quieren responder en las urnas. O, en muchas ocasiones, el candidato que persuada al electorado de que la cuestión a resolver no está ni siquiera en el tarjetón. En el plebiscito del Brexit en Reino Unido, por ejemplo, las emociones e incertidumbres que reflejó la votación final fueron más allá que la decisión de salir de la Unión Europea. Lo mismo sucedió en Colombia en 2016, Álvaro Uribe convirtió el plebiscito sobre el texto del Acuerdo de Paz con las Farc en un voto de confianza al gobierno Santos y lo ganó por un estrechísimo margen.  

Es precisamente el plebiscito de paz de hace año y medio el hecho político que abrió el camino a la segunda vuelta que hoy vivimos. La victoria del No energizó una variopinta coalición de derecha que demostró al uribismo que solo y puros no ganarían este año. El hilo conductor que llevó a Iván Duque a la segunda vuelta es ese pragmatismo uribista que busca equilibrar los mensajes tradicionales y duros a su base con mensajes atractivos a los nuevos votos, el uribismo 2.0. Pragmatismo que los llevó incluso a aceptar los restos de la Unidad Nacional que tanto combatieron. En otras palabras, la unión de los sectores conservadores para tratar de convertir la minoría en una mayoría suficiente para cruzar la línea de meta.

La inesperada derrota del Si también generó consecuencias políticas que están hoy presentes en la campaña de 2018. Lo que unió al No, reflejó que el Si era una coalición pegada sólo por el apoyo a los acuerdos y por el antiuribismo. Cualquier intención del gobierno Santos de controlar el legado de la política de paz para estas elecciones murió ese 2 de octubre de 2016. Los siguientes 18 meses fueron testigos de cómo la visión limitada y susceptible de modificaciones que tiene el uribismo sobre el Acuerdo de Paz mantuvo el respaldo de un bloque importante de colombianos. Por otro lado, el rechazo al senador y expresidente Uribe se mantuvo en niveles lo suficientemente bajos para permitirle encabezar la temporada electoral de este año.

El plebiscito de paz pintó el mapa de un país partido en dos, muy similar a la segunda vuelta de 2014. Es casi la misma geografía electoral actual con la excepción de los vacíos creados por la debacle del continuismo santista, especialmente Vargas Lleras y los liberales. Bogotá y la Costa Pacífica, ayer con Santos y el Sí y hoy con Petro, Antioquia, Eje cafetero y la región andina central formando el corazón de la “Nación Uribe”. Los santanderes conforman una región “columpio” que por ahora va ganando Duque y la Costa Caribe, el campo de batalla más peleado.             

Podemos listar todos los resultados destacados de la primera vuelta de 2018- que incluyen el notable desempeño de Fajardo- pero el mapa sigue ahí reflejando esas dos grandes fuerzas: los bloques de ideología conservadora  y la coalición del Sí. Una de las paradojas más curiosas de este 2018 es cómo la coalición de centroizquierda que llevó a Santos a su segundo mandato terminó, cuatro años después, en buena parte liderada por el proyecto populista de Petro. Las dos patas del Sí se movieron hacia sus extremos: la Unidad Nacional hacia la oposición urtibista y la izquierda y los verdes hacia el petrismo.

La pregunta entonces de la segunda vuelta de 2018 no es la misma del 2014- continuidad del proceso de paz- o la del 2016- referendo a la gestión e imagen de Santos-.  Aunque la serie de tv sea la misma, la temporada y los protagonistas- Duque y Petro- son distintos y encarnan caminos diferentes como lo refleja la serie de artículos de La Silla vacía sobre los ejes de la segunda vuelta.

Ambas campañas batallan por definir la narrativa de esa pregunta. Los petristas quieren repetir el 2014 y dinamizar el apoyo a la paz santista y el antiuribismo. No obstante, la tesis limitada de la paz va ganando dentro del electorado y el rechazo a Uribe se estancó. Por otro lado, la campaña Duque le apuesta al uribismo 2.0: una base militante y seguidora del expresidente junto a un bloque heterogéneo de electores con temor a la izquierda populista, reparos a la paz e incertidumbre económica. Sin embargo, el centro se partió en tres- nuevos votos de Duque, blanco y nuevos petristas- y la veda de encuestas nos impide conocer el dinamismo de esos bloques. Las toldas de Duque no pueden subestimar la fuerza del anti-uribismo en las Costas y Bogotá así como los petristas no pueden ignorar las fallas del ese mismo anti-uribismo en estos últimos años.

Si el plebiscito de 2016 giró alrededor de la confianza en Santos y su negociación de paz, la segunda vuelta de 2018- otro plebiscito- está girando también alrededor de ese mismo sentimiento. Los uribistas viejos y nuevos que confían en Duque como el futuro del uribismo y los petristas, viejos y nuevos, que confían en Petro como el futuro de las fuerzas alternativas. Más que pasado contra futuro, las elecciones 2018 son de transición donde compiten dos futuros, aún en embrión y en fluidez. El que pierda seguirá presente en la política colombiana.       

Twitter: @pachomiranda

 

Comentarios (1)

EDUARDO JOSE PEREZ JEREZ

10 de Junio

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ESTE NO SERÁ UN SEGUNDO PLEBISCITO DONDE GANARÁ EL NO , AQUÍ GANARÁ LA NUEVA ERA DE PAZ, ESTA VEZ NO VA A LLOVER EN LA COSTA Y LA GENTE QUE VOTÓ POR LA PAZ MUY DIFICILMENTE SE MOVERÁ HACIA LA GUERRA, LAS COSAS ESTÁN DADAS PARA DERROTAR A URIBE Y SU MANADA DE CORRUPTOS, PETRO PRESIDENTE

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