Por Juan Pablo Pérez B. | Daniela Di Martino · 22 de Mayo de 2017

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-Hoy va a estar pesado- le dice la líder del grupo del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) a uno de sus funcionarios, mientras se sirve un café instantáneo.

-¿Será?- le responde uno de los criminalistas que, junto a mí, mira el partido de Santa Fe en la televisión.

-Sí. Mañana es el Día de la Madre.

Y el Día de la Madre es el día en que, junto con Navidad, Año Nuevo y el Día de las Velitas, más matan personas en Bogotá.

El trabajo de la líder es dirigir a los grupos del CTI que hacen inspecciones técnicas a cadáveres. Además del CTI, hay otras dos entidades a cargo de hacer lo que antiguamente se conocía como levantamiento de cadáveres: la Sijin de la Policía y la Policía de Tránsito.

Los de tránsito, como su nombre lo indica, se encargan de inspeccionar los muertos en accidentes de tránsito, mientras la Sijin y el CTI se turnan, caso por caso, para atender los demás (excepto cuando un miembro de la Policía o del CTI está involucrado, pues ahí la otra entidad hace la inspección).

Toda inspección comienza con una llamada: ya sea porque un policía lo reporta directamente al Centro Automático de Despacho (CAD) o porque una persona llama a la Línea 123, que después remite la llamada al CAD. De ahí pasa a la Policía, que informa a los patrulleros del cuadrante del caso, para que éstos vayan al lugar y confirmen al CAD si hubo un homicidio. Si lo hacen, un policía que está en el CAD le transmite la llamada a la Sijin o al CTI, dependiendo de quien “esté en puertas”, como se dice en la jerga del sector.

Sin embargo, esta rotación no es del todo armónica. Los de la Sijin -como me contó una de las funcionarias- suelen quedarse con los homicidios de alto impacto social para, así, demostrar, ante los medios, avances en la gestión de la Policía. “Por eso es que usted ve siempre a un comandante de la Policía hablando en las noticias”, me dice con algo de aflicción.

 

Para cambiar esa cultura (que es la misma en todo el país) y mejorar la gerencia de los casos, esta semana arranca un experimento piloto en Pereira para integrar los equipos del CTI y de la Sijín para que trabajen juntos y aprovechen las fortalezas de cada uno. 

Llevamos apenas 22 minutos del partido esperando, cuando una llamada nos interrumpe: es el primer caso de la noche.

Primera diligencia

Un hombre de mediana edad acaba de morir en una clínica en el norte de Suba. Había caído del séptimo piso de un edificio en construcción y llevaba 4 días en cuidados intensivos. Finalmente, cerca de las 5 y media de la tarde, no aguantó más.

La líder me presenta al grupo de laboratorio que acompañaré. Son un hombre y una mujer de no más de 38 años y, con nosotros, vendrá también un investigador de la Unidad de Vida de la Fiscalía.

Aunque todos trabajan en el CTI, los criminalistas y los investigadores pertenecen a dos divisiones diferentes: los criminalistas tienen el seudónimo “coral” y los investigadores “saturno”.

Esta división del trabajo está cambiando a partir de un piloto que la Fiscalía realizó en el 2016 en Bogotá, según el cual fiscales, investigadores y forenses trabajaron en equipos relativamente estables desde la escena del crimen hasta la judicialización. Y la Fiscalía lo comenzará a aplicar en el resto de Bogotá (donde estarán todos en el mismo edificio) y otras ciudades para duplicar los resultados de la investigación del homicidio. Pero esta vez seguimos el método ‘antiguo’.

Los 2 corales en puertas y yo salimos del Santuario, que queda en la Calle 18a con Carrera 69b,  en búsqueda de una de las cuatro Dodge Ram que tiene el CTI para hacer estas “diligencias”. Caben dos cadáveres. También tienen tres Chevrolet D-Max (dos para cuatro cadáveres y otra para dos), una Hyundai (para seis) y tres Toyotas modelo 94 de la Alcaldía para transportar a los investigadores. Sin embargo, ellos prefieren andar en carros particulares de la Fiscalía para camuflarse y, así, obtener una mejor información.

Me siento en el puesto de atrás y a mi lado metemos las cajas con los guantes de nitrilo, los tapabocas, las actas y los teletubbies: esos uniformes blancos desechables que cubren cada centímetro del cuerpo, desde la coronilla hasta las uñas de los pies, para que nada, ni un solo pelo, contamine la escena.

La entrada al parqueadero de la clínica no permite carros más altos de los 3 metros. Es posible que la camioneta no pase sin rayarse.

No es la primera vez que el tamaño de las carros del CTI es un inconveniente. Varios corales me cuentan historias de calles tan pequeñas y empinadas, casi siempre por los laberínticos senderos de Ciudad Bolívar, que ni las Ram, ni las D-MAX, ni mucho menos la Hyundai pueden llegar a la escena del crimen. En ese caso, toca que uno de los corales se quede cuidando el carro, “porque si no, nos lo desvalijan, nos roban los espejos, las luces, el bumper”, y que el resto vayan a hacer la inspección.

Aunque en el CSI -la entidad que investiga los crímenes en Estados Unidos-  lo normal es que haya 4 inspectores especializados por escena (uno que lidera la inspección, un fotógrafo especializado en cadáveres, un topógrafo que dibuja los planos de la escena del crimen y un recolector de evidencias), en el CTI de Bogotá, las inspecciones las hacen dos, a veces tres personas.

Por eso, las funciones se sobreponen, según las cualidades de cada inspector: si es bueno dibujando, probablemente sea el que dibuje el plano.

Nos bajamos de la Ram y, luego de pasar junto al investigador que está entrevistando a testigos o víctimas, deslizamos la puerta de la morgue y nos topamos con una figura puntiaguda ceñida por una sábana blanca.

Al caer la sábana, vemos los clavos que recorren el lado derecho del cadáver, desde la rodilla hasta al hombro, para asegurar los restos de huesos que le quedaban.

Los corales revisan en detalle cada parte del cuerpo para registrar las heridas. Toman fotos del cuerpo completo, de la cara y, luego, herida por herida: primero una toma de la herida sola y después con una regla de papel la miden. También toman las fotos de su espalda. Al final, lo meten en una bolsa blanca que cubren con cinta de la Fiscalía.

La inspección no dura mucho, pues en la clínica no hay evidencias que recoger ni fotografiar. Por eso salimos rápido, con el cadáver embolsado en la camilla, para inspeccionar la construcción de la que se cayó.

Una vez pasamos el cadáver de la camilla a la bandeja de acero inoxidable, intentamos meterla en la Ram, pero entre los tres no lo logramos. Uno de los corales le pide ayuda al vigilante del parqueadero, le regala un par de guantes y, entre los cuatro, alzamos la bandeja y la deslizamos con dificultad a través de los rieles oxidados de la camioneta.

Mientras la coral se va a explicarle a las hermanas cuándo y cómo recoger el cuerpo en Medicina Legal, su compañero va sacando el carro. Yo voy a lavarme las manos y la cara en el lavamanos de la morgue, pues recosté mi cachete en la bandeja cuando hacía fuerza para sostener el cadáver.

Vuelvo al parqueadero y me despido del vigilante, con quien me había quedado hablando. Salimos rumbo al lugar de los hechos.

 

 

Al llegar a la obra, no nos dejan entrar -a pesar de insistir durante 20 minutos- porque no les habían avisado que vendría la Fiscalía. Los corales me dicen que eso suele suceder, y que la consecuencia es que el informe de la víctima queda sin registro fotográfico del lugar de los hechos.

Segunda Diligencia

Comienzan a caer las primeras gotas del aguacero que nos acompañaría por más de 4 horas, mientras volvemos al Santuario. Santa Fe perdió 2 a 0.

-Está bien que hayan perdido. A ver si así refuerzan el equipo- dijo el coral que venía conmigo mientras ponía las cajas en el piso.

No alcanzo a sentarme cuando la líder me pregunta si quiero acompañarla a ella y a su compañera, que están en puertas, a dejar un cadáver en Medicina Legal para después parar a comer algo. Le digo que sí y, entonces, salimos en una de las 3 Rams nuevas que llegaron la semana pasada.

No para de llover; el agua se desborda de las alcantarillas y cubre los huecos que ninguna máquina tapahuecos fue capaz de arreglar.

En Medicina Legal entramos el carro en reversa y las dos corales van a llenar los papeles del muerto que vienen a entregar y que fue inspeccionado en el turno pasado por otro equipo.

Las salas de necropsia están en remodelación y por eso no puedo verlas desde la rampa del parqueadero. Por eso también, según me cuentan mis guías, sólo veo seis cuerpos embalados: uno que nos recibe en la entrada y cinco al fondo, apilados bajo una montaña de bolsas rojas que contienen las ropas de los muertos; “hay noches en que Medicina Legal está que se desborda: hay cuerpos sobre cuerpos, sobre cuerpos”, dice una de las corales.

El vigilante que intenta bajar el cuerpo me dice que no puede solo, que me ponga unos guantes y que lo ayude a sacar la bandeja.

Las corales terminan el papeleo, revisan el cadáver y nos vamos a comer al On the Run de la bomba de la Carrera 50 con 22. 

Nuestra sobremesa es de pronto interrumpida por las crepitaciones del radioteléfono: hay un muerto en un Cami de Usme, tiene 24 años, fue herido por arma de fuego y parece que hay escena del crimen. La líder anota los datos en una servilleta y salimos.

Sin embargo, al darse cuenta que entre las dos sería muy difícil hacer la inspección y que hasta ahora no ha habido ningún caso Quincy, deciden recoger al Quincy de turno y que uno de los corales con quien fui a la clínica en Suba ocupe su lugar.

Los Quincy son un equipo del CTI, que depende directamente de la Secretaría de Salud, que se encarga de certificar las muertes de las que los médicos dudan. Van, inspeccionan el cadáver y si ven que se trata de una muerte natural, lo certifican; si no, llaman a los técnicos de inspección de cadáver a que hagan la inspección.

De lo que puedan recolectar los inspectores en esta escena del crimen dependerá, en gran medida, si llega a haber un condenado. En Colombia, el 11 por ciento de los homicidios dolosos tienen condena, un porcentaje muy bajo si se compara con el de países como Estados Unidos (66%), Canadá (75%), Reino Unido (62%) Holanda (50%) y Japón (96%), pero que es el doble de lo que existía en 2012. Esto quiere decir que en Bogotá en donde hubo, según las cifras de la Fundación Ideas para la Paz, 1265 homicidios en el 2016, sólo 139 asesinos serán condenados.

Esta mejoría en los últimos años se debe a que, por la política de priorización de la Fiscalía, se han focalizado recursos en la investigación de homicidios y a los directores seccionales se les evalúa por la tasa de imputación y de condena de homicidios, lo que ha creado un mayor incentivo para resolverlos. Con el cambio en la metodología de investigación que han comenzado gradualmente a implementar, esperan para el 2020 duplicar la tasa de imputación al 45 por ciento y mantener la de condenas interviniendo en los 50 municipios donde ocurren la gran mayoría de homicidios.

En la puerta del Cami hay unas 15 personas paradas. Algunas esperan noticias de sus familiares, otras que pase la lluvia. Cruzamos la sala de espera y por un corredor llegamos a la sala de urgencias, en donde un doctor sutura la cabeza ensangrentada de un hombre. El piso blanco está salpicado con un coágulo de sangre del tamaño de la palma de una mano. Seguimos por el corredor y la segunda puerta a la derecha es la entrada a la morgue.

Ahí yace el cuerpo amortajado de un joven baleado por, presuntamente, estafar al dueño de un establecimiento.

Los inspectores le quitan la sabana. Está desnudo, tiene la piel blanca, los orificios de las balas rojos, la boca abierta y el pelo corto.

Sus ojos entreabiertos miran hacia el lugar en donde los hindúes cuentan que hay un tercero. Son grises como las nubes bogotanas que, cargadas de lluvia, nunca más volverá a ver. Sin embargo, hay algo que todavía brilla en ellos: están un poco aguados.

Es como si hubiese llorado. Tal vez lo hizo mientras, herido y gritando el nombre de su asesino, tambaleaba hasta la casa de la vecina que lo recibió y llamó a su familia. Tal vez lloró mientras lo llevaban al Cami, o tal vez lo hizo cuando se dio cuenta que iba a morir.

 

Después de tomar las fotos de cuerpo completo, los inspectores toman otra de perfil porque la víctima no tiene cédula. Estas fotos quedan en un álbum para que, si algún día alguien llega a preguntar por el muerto indocumentado, pueda reconocerlo a partir de las fotos de su rostro.

Como la muerte fue producida por un arma, los corales embolsan cada mano por separado para recolectar las muestras de ADN que puede haber en las uñas, pues puede que la víctima haya podido arañar a su asesino. Sí las hay, estas muestras serán analizadas. Aunque en Colombia no hay un banco de ADN de personas como en otros países, eventualmente podrían cotejar el ADN del sospechoso, algo muy reciente en la criminalística colombiana.

Cuando lo voltean para tomar las fotos de las heridas de su espalda un chorro de sangre cae por el tubo que tiene incrustado en la boca, manchando el piso blanco del corredor.

-Mire eso- me dice el coral hombre apuntando a la habitación que tenemos en frente y donde duermen, en una misma cama, un niño enfermo y su madre

-Cómo es posible que nos toque hacer la inspección en el corredor frente a los pacientes. Los muertos despiden gases tóxicos y eso no es sano.

Después de terminar, metemos el cuerpo en la camioneta nueva y volvemos a la sala de espera en donde está la investigadora con el hermano de la víctima.

En la sala, una adolescente de unos 16 años amamanta a su hijo; al frente, un hombre se queja de su pie ensangrentado y frente a él se sientan los miembros del CTI para hablar con el hermano que tiembla de frío.  Le explican que como no tiene cédula, Medicina Legal se demorará más en identificar el cuerpo. No basta con que el hermano lo haya identificado.

Los inspectores dicen que no vale la pena ir a fotografiar el lugar de los hechos porque, como la víctima caminó hasta donde su vecina, no se sabe dónde fueron los disparos. Además, como la víctima dio el nombre de su presunto asesino, la Fiscalía ya tiene a un sospechoso, o, como se dice en el lenguaje técnico, un indiciado.

En este caso, los investigadores se confían en que, en efecto, el joven había sido baleado por la persona que dijo y llegó caminando a la casa de la vecina que lo llevó a la de sus padres. No revisamos la casa de la vecina ni la suya, le dimos validez absoluta a la declaración del hermano.

Como en este caso, a falta de pruebas técnicas y científicas que arrojarían resultados más objetivos, el testimonio es la principal evidencia de la investigación penal en Colombia -que es lo que, en gran medida, determina el éxito de un proceso judicial.

Camino al Santuario, la coral señala a un joven que está esperando que cambie el semáforo para cruzar la calle:

-La gente dice dizque uno en este trabajo se vuelve insensible. Pero yo creo todo lo contrario. Yo ahorita voy por la calle y le digo a Dios: “Dios mío por favor protégelo, que no le pase nada, que no me toque ir a recogerlo”.

En el camino nos enteramos que el primer grupo de corales con el que estuve y está de puertas acaba de recibir un caso en San Cristóbal.

Tercera diligencia

Son las 3 de la mañana. La lluvia ya no cae con tanta fuerza, pero todavía no escampa. Los corales ya se fueron y por eso, ahora, debo irme con los saturno. Aunque la víctima está en un hospital, parece que esta vez sí podremos recolectar evidencias.

Me subo con dos investigadores en un carro particular azul que tiene las puertas del lado izquierdo dañadas. En el camino, el conductor pone una emisora de rancheras y el copiloto le dice que la quite.

-Entonces usted qué oye en el carro, ¿música clásica?-, le responde riendo. Entre los investigadores suele haber una relación de camaradería tras trabajar por turnos de 12 horas.

Llegamos al hospital y, como en el Cami de Usme, la entrada está llena de gente. Casi todos son jóvenes que esperan noticias de algún conocido. Entramos y, mientras los investigadores se quedan hablando con los policías, yo sigo hacia la morgue donde sé que están los corales.

En medio de cuatro cuerpos amortajados, los inspectores están embalando las manos de la víctima.

Murió de un tiro en la sien. Tenía 20 años. Cuentan que era jíbaro y que murió porque una banda contrató a un sicario para que se encargara de la ‘competencia’. Su ojo izquierdo, del que brotaban unas lágrimas de sangre, estaba un poco más salido porque la bala entró por detrás.

Como no tiene más heridas, la inspección y el embalaje no demoran mucho.

-No hay escena del crimen porque fue en una calle y eso con la lluvia ya debió haberse ido todo- dice uno de los investigadores.

-No, pero igual nosotros debemos ir a tomar las fotos del lugar- le responde el coral.

-Eso por allá es una olla. Allá no va a haber nada- insiste el investigador.

-Igual nos toca ¿Nos podrían llevar al lugar en donde lo encontraron?-  le dice el coral a los policías que habían llevado a la víctima al hospital.

Nos montamos a la Ram, los investigadores van detrás.

 

El coral prende la sirena y seguimos a los policías por los recovecos de los barrios periféricos que limitan con las montañas de la localidad San Cristóbal. La escena del crimen era una calle medio destapada que subía hacia la montaña, con casas de lado y lado. Hacia abajo había un cerro por el que, cuentan los vecinos, escapó el asesino.

-Y, ¿ustedes se metieron a buscarlo?- le pregunta el criminalista a los dos policías.

-Nooo. Si no nos metemos allá de día, qué nos vamos a meter de noche.

Como habían pronosticado los investigadores, en el lugar en donde los policías encontraron el cadáver no queda rastro de ningún un crimen. Sólo hay pasto, arena y un hilo de agua que desciende a través de los surcos que forman las piedras de la calle, llevándose cualquier evidencia. Ni vainillas, ni pelos, ni sangre: todo había sido lavado por la lluvia.

De todos modos, buscamos alguna evidencia. Les muestro un briquet verde que encontré a unos 2 pasos del lugar señalado. Se ríen.

-De eso sí que va a encontrar en esta calle: briquets y patas de bazuco y marihuana.

Tomamos las fotos de la escena del crimen y, después, con un cielo finalmente sin lluvia, nos devolvemos al Santuario.

 

***

 

En el Santuario, son las 5 de la mañana y la líder está todavía llenando las actas de custodia y de inspección del muerto de Usme. Me cuenta que ahora debe irse al Hospital de Kennedy a examinar el cadáver de un apuñalado. Eso es lo que pasa cuando una diligencia llega a pocas horas de que se acabe el turno: los corales terminan trabajando después de las 6 de la mañana cuando ya llevan más de 12 horas de turno.

Lo que demore depende, básicamente, de qué tan complejo sea el caso y cuántos inspectores vayan. Si hay evidencias y capturados, la inspección puede demorarse hasta el otro día.

-A éste es el que tiene que ir. Tenemos 3 capturados- me dice la líder.

Le agradezco la invitación pero la rechazo porque no tengo fuerzas para hacerla.

De vuelta en el taxi hacia mi casa, el sol empieza a clarear el cielo detrás de las montañas. Mientras el carro avanza en contra del movimiento del sol, pienso en el vigilante del parqueadero de la clínica en Suba, en su nuevo trabajo. Cuando cierro por un segundo los ojos, lo oigo todavía hablando conmigo.

-Nooo hermano qué trabajo tan bravo. Yo no podría. Son unos berracos.

-Sí. Es un trabajo muy duro.

-Noo es que ver eso todos los días…. Y pensar que uno va a terminar así.

-¿Cómo?

-Embolsado.

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