Por Laura Ardila Arrieta · 16 de Marzo de 2016

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Mientras el presidente Juan Manuel Santos espera que en Cuba su hermano Enrique le ayude a desatar el nudo, otro nudo, que hoy bloquea los diálogos de paz con las Farc, en una de las regiones que más ha padecido los horrores de la guerra los habitantes, sin intervención del Gobierno central ni de la guerrilla, firmaron ayer la paz que no alcanzará a firmar Santos este 23 de marzo como se lo había autoimpuesto.

En el reino del tambor y del compadrazgo, fue, cómo no, a ritmo de lumbalú, fandango y décimas:

Este precioso suelo, esto era un bello jardín

Más tarde vino el balín, tiñó de sangre el anhelo

de un pueblo que miró al cielo, pidiéndole a Dios bendito

Un pueblo que clamó a gritos: ‘¡Favor, no nos maten más!’

Hoy se va a firmar la paz, gracias Dios que eso es bendito

Cantó sobre el mediodía el juglar montemariano Julio Cárdenas, bajo una lluvia de aplausos en la sede de la escuela de música ‘Lucho Bermúdez’ de El Carmen de Bolívar.

Lo celebraron decenas de estudiantes, sencillos residentes, miembros de ONG, autoridades locales y académicos que llegaron hasta allá para acompañar a los hacedores de la iniciativa: los líderes y representantes de las organizaciones campesinas, de mujeres, de negros, de jóvenes y de indígenas de 15 golpeados municipios de Sucre y Bolívar, que lograron ponerse de acuerdo para crear un punto de encuentro llamado ‘Espacio regional de construcción de paz de Montes de María’, oficialmente presentado con esta firma simbólica del fin del conflicto.

Se trata de mucho más que una linda foto o un buen titular sobre paz. Ese Espacio regional es nada menos que la declaratoria de que la sociedad civil y las víctimas de la región están listas para asumir los retos que les tocan en el posconflicto, y ya no sólo esperando acciones estatales y reparación.

“Nosotros estamos preparados y dispuestos para eso que es la paz”, me resumió con una sonrisa blanquísima Gabriel Pulido, líder de la comunidad de Mampuján, al que el embate de un desplazamiento masivo en 2000 obligó a dejar de ser un agricultor que cultivaba yuca, ñame y maíz y recogía guayabas como el dulce de cada día, para convertirse en un experto en sentencias, reclamaciones y vueltas institucionales en la ciudad.

Preparados y dispuestos. Un mensaje potente, en momentos en los que la mesa de La Habana ilusiona tan poco a los colombianos. Y también una estrategia efectiva porque, en cualquier caso, la implementación de esos acuerdos tendrá como eje la participación de la comunidad en los territorios.

Mientras en otras zonas la guerrilla desmovilizada intentará controlar el aterrizaje de lo acordado a través de su influencia en el movimiento social, en Montes de María toda la articulación lograda por la organización de las víctimas y su eficiente comunicación con las entidades del Estado les garantiza que la paz en su tierra se hará siguiendo sus intereses y no los de quienes en el pasado fueron sus victimarios.

¿Cómo lo lograron?

En realidad, la gente con la raíz en las montañas de María siempre ha tenido vocación asociativa y de resistencia, como me explicó minutos antes de esta firma de paz Soraya Bayuelo, la incansable directora del Colectivo de Comunicaciones Montes de María que fue Premio Nacional de Paz en 2003.

Nada más hay que recordar a la “negra rebelde” Felicita Campos, que a principios del siglo pasado dio ejemplo de lucha femenina y por la tierra y hoy es considerada una de las figuras precursoras del movimiento campesino en la región. O, un ejemplo más reciente, pensar en la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos ANUC, que es algo así como la mamá de muchas de las organizaciones sociales actuales.

Buena parte de esos herederos de la ANUC son los que, precisamente, lideraron la jornada de ayer que arrancó a eso de las nueve en la plaza central de El Carmen, desde donde partió el desfile de unos ataúdes pequeñitos marcados con los nombres de los únicos muertos que quieren enterrar por aquí: la guerra, el maltrato infantil, el despojo, la corrupción.   

Esas organizaciones y procesos que marcharon unidos, aunque firmes estaban en gran medida dispersos hasta hace muy poco tiempo.

La primera semilla para encontrarlos la pusieron las Organizaciones de Población Desplazada OPD que se crearon en 2005, el año en que salió la Ley de Justicia y Paz, en el municipio de María la Baja. Eran 17. Y en principio se sentaron juntas para hablar del problema de los distritos de riego que como consecuencia de los despojos habían quedado en manos de terratenientes y palmeros, y no de los pequeños campesinos.

Entonces las condiciones de seguridad más o menos permitían comenzar a hablar de estos temas. Como ha sido ampliamente documentado, durante los 90 Montes de María fue uno de los principales centros de operaciones y reclutamiento del bloque Caribe de las Farc. También del ELN y del ERP.

Por eso, los paramilitares se ensañaron con la zona y su gente y desplegaron aquí las más enfermizas y sanguinarias formas de su guerra en masacres como las de Chengue y El Salado.

Mejor dicho, si alguien sabe de horrores son estas comunidades que hoy se convierten en referente de paz.

Cuando llegaron los soldados, en 2003 con la Seguridad Democrática, algunos pudieron regresar pero se toparon con otros conflictos. “Varios volvimos para cultivar, que es lo que siempre hemos hecho, pero nos encontramos con cultivos llenos de palma y sin tierra o agua para trabajar”, recordó Miguel Miranda, de la asociación municipal de usuarios campesinos de Zambrano.

Las OPD que nacieron bajo esas circunstancias fueron la base de una iniciativa más amplia  que vio la luz en 2011: la Mesa de Interlocución que nació en un foro de desarrollo rural en el que participaban estas organizaciones junto al Incoder y el Ministerio de Agricultura, y logró reunir unos 250 procesos de Montes de María en un intento por reconstruir el tejido social.

La Mesa demostró que los diversos liderazgos en una región con un universo de víctimas tan distintas no estaban destinados a vivir de manera distante, y además alcanzó varios logros importantes. Por ejemplo, armaron consensuadamente un documento técnico de propuestas para el campo que enviaron a La Habana.

“No han sido procesos de articulación fáciles, ni en la Mesa ni en las OPD. Por ejemplo, se requiere tacto para hablar con los indígenas y con los afro. Recuerdo cuando empezamos a analizar con ellos la propuesta de las Zonas de Reserva Campesina, muchos decían que no la conocían y que además eso podría hacerles perder sus tierras, y tuvimos que explicarles todo punto por punto. Por eso hoy hablamos de Zonas de Reserva Multicultural”, prosiguió Miguel, el líder del pueblo de Zambrano testigo de ambos momentos.

Más o menos en 2013 se comenzó a gestar el Espacio regional que se presentó ayer. Arrancó por unos acercamientos entre la Mesa de Interlocución e iniciativas sociales que estaban por fuera como el Comité de Impulso a las ZRC y otras de la alta montaña. Y además organismos que venían trabajando en el territorio (como el PNUD, la Defensoría del Pueblo y ONG como la Fundación Desarrollo y Paz de los Montes de María).

“Cuando empezamos a rotarnos las propuestas que cada uno tenía, nos dimos cuenta que todos le apostamos en últimas a una misma cosa: la paz”, detalló ayer Wilmer Vanegas, fundador de la Mesa y uno de los más respetados líderes del movimiento campesino montemariano.

Lo impresionante es que este movimiento campesino, afro, indígena, de mujeres y de jóvenes es tan grande en Montes de María que aún hoy hay grupos por fuera del Espacio regional de construcción de paz que resultó de esas conversaciones. Se dice informalmente que puede haber más de mil procesos sociales en la región.

Aunque, el grueso de ellos ya está articulado y cerca de las instituciones públicas, aliados no gubernamentales y organismos como Naciones Unidas, que también integran el colectivo de trabajo sobre el que el alcalde de El Carmen Rafael Gallo (quien llegó a ese cargo con apoyo de parte de las víctimas) dijo en micrófonos:

“Mientras en La Habana dos partes que se conocen bien juegan a negociar la paz, y el pueblo colombiano observa cómo los intereses particulares de cada una de éstas predominan, aquí en Montes de María entendimos que la paz no puede depender sólo de los que han hecho la guerra”.

Fue minutos después de que, ya en la escuela de música ‘Lucho Bermúdez’, a pocas cuadras de la plaza, los asistentes ‘enterraran’ los cajoncitos con los males que han azotado a los montemarianos por tantos años al ritmo del rey tambor.

No todo está resuelto

Que independientemente de lo que esté pasando en La Habana se haya firmado esta paz simbólica en los Montes de María no significa, ni de lejos, que todos los conflictos estén resueltos en la zona.

Los líderes orgullosos que sumaron alegrías en el evento de ayer, con los que tuvimos oportunidad de hablar, así lo detallaron en algún momento de su relato.

Por ejemplo, es claro que está muy vivo el complejo conflicto por la tierra. Primero en las demandas de restitución (unas 600 a 2016) que involucran a la agroindustria y grandes empresarios que compraron, algunos a precio de huevo, tierras después de los desplazamientos masivos y el despojo. Pero también a personas de la misma zona “que simplemente se movieron a terrenos que consideraban baldíos y hoy pudieran ser consideradas como víctimas”, como explicó por aparte la defensora del Pueblo de Bolívar Irina Junieles.

Y segundo, en las amenazas a los líderes de las víctimas reclamantes, como Miguel Miranda y Wilmer Vanegas, quienes denunciaron intimidaciones en su contra justo después de que el Gobierno microfocalizó sus pueblos (Zambrano y María la Baja) para hacer restitución.

Las amenazas a activistas sociales no son sólo por temas de restitución y tienen el problema adicional de que la Unidad Nacional de Protección no ha sido capaz de atenderlas de la manera más acertada en zonas rurales (en donde, por ejemplo, darle un teléfono celular a un amenazado no sirve mucho por la poca señal), según la Defensoría regional del Pueblo.

El conflicto por la tierra en Montes también pasa por las grandes extensiones dedicadas a monocultivos que han afectado la vocación agrícola de los pequeños campesinos. Y por la falta de agua, pues cuencas y distritos de riego han pasado a manos de terratenientes y empresarios poderosos. Así lo advierten respetados líderes que lo han denunciado ante la Defensoría y también lo sostienen miembros de ONG que trabajan en terreno a los que no citamos para no meterlos en líos.

Todo lo anterior sin contar que infraestructura básica para los retornos de los desplazados, como escuelas y centros de salud, quedó destruida por el conflicto y aún no ha sido recuperada en las zonas rurales. En lugares como la zona alta de El Carmen de Bolívar la alimentación y el transporte escolar son un desastre: la primera es deficiente y el segundo no existe y a los niños les toca caminar horas bajo el sol para poder estudiar.

Ninguna de estas razones, sin embargo, aguó la fiesta que se vivió ayer, pues la ilusión precisamente es que si los acuerdos de paz de Cuba se firman (y se cumplen) buena parte de este panorama pueda cambiar.

Por eso, y en concordancia con esa esperanza, la jornada finalizó pasadas las 12 con un fandango y la liberación del ave canora tradicional de la región: un mochuelo de las montañas de María.

Después, todos los asistentes pudieron firmar su paz en un generoso cartel blanco sobre una de las paredes.

Démosle la libertad al mochuelo con su trino

que lo suelte el campesino y que se acabe la maldad

que resalte la verdad y que se oiga la poesía

que se sienta la alegría, que se sienta alegre el cielo

ya está volando el mochuelo de los Montes de Maria

Había cantado antecitos el poeta Julio Cárdenas.

CONTEXTO

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