Por Víctor Castillo · 14 de Abril de 2017

3256

7

No existía la palabra desplazado cuando tuvimos que salir de Uribia –el pueblo donde yo nací, al cual pertenezco– con mis papás, huyendo. En esa época de La Violencia, la disputa era entre los cachiporros y los chulavitas, liberales y conservadores. Salimos de Uribia como a las doce o una de la mañana. Salimos para unas rancherías en la frontera. Mi papá tenía un almacén, metieron las cosas en un camión, nos montaron a nosotros atrás, con colchones y tiestos; pasamos por un corregimiento en la frontera con Venezuela, y ahí parados mi papá dijo: ‘¿para dónde cojo, para Venezuela o para Maicao?’ Y llegamos a Maicao en el año 48, pasando por tres o cuatro corregidores.

 

Soy wayuu cien por ciento, nacida en el centro del desierto. Soy de una ranchería que queda en medio de Uribia y el Cabo de la Vela que se llama Kaiguá. En wayuu, ka’imaitü. En español, “sol de verano”. De allí soy.

Mi papá siempre estaba metido en la política, trabajando para los senadores. En ese entonces esa tierra era una comisaría. Por aquí no había concejales ni diputados, sólo senadores y representantes a la cámara. Nosotros, la guajira de los wayuu, Uribia, Manaure y Maicao, éramos comisaría con capital en Uribia. Como mis padres fueron políticos, yo seguí su misma carrera. Fui concejal de Maicao en el año 72. La primera mujer concejal en el municipio de Maicao. La primera mujer diputada en el departamento de La Guajira en el año 80. Después volví a repetir como diputada en el 90. Con la dicha y la fortuna de obtener la mayor votación de La Guajira las dos veces. Aspiré para la alcaldía de Uribia en el año 92. Saqué nueve concejales y mi contendor cuatro. Pero me hicieron una pilatuna en las rancherías y perdí la alcaldía.

Decenas de hombres y mujeres con facciones indias marchan cantándole a Jehová. A veces sobre estivas de madera, a veces sobre el asfalto, los vendedores esperan al pie de sus mercancías, adormecidos, conjurando al sol guajiro. Largas filas de jabones apilados comparten acera con pacas de harina y menjurjes de variada estirpe. Las verjas de las casas exhiben telas que sosiegan al transeúnte. La piel añora la noche. Cada calle del centro de Maicao revela un desdoblamiento, un borbotear de patrias. Casas de un piso y un color y techos de zinc conviven con edificios de pasado glorioso y adornadas cúpulas. Algunos, de tan blancos, desaparecen bajo la intensa luz del mediodía. Las escaleras de caracol alientan la ilusión del regreso a Oriente. Las mujeres, las wayuu y las alijuna, lucen mantas que celebran el leve viento de sus pasos.

Éramos trece hermanos de padre y madre. Se han muerto cuatro. Hay vivos nueve. La mayor de todos era yo. Cuando mi abuela me llevó para Riohacha apenas tenía yo tres meses de nacida y cuando murió yo tenía cinco años. De ella no me acuerdo. Pero me cuentan mi mamá y mi papá que a su muerte ellos fueron a buscarme –porque ellos vivían en La Guajira, cuando Riohacha era de Magdalena–. Y mis tías dijeron que no me entregaban porque yo era la única herencia que su mamá les había dejado. Me criaron en una casa española que llaman en Riohacha, de toda la vida, El Palacio Encantado, construida en 1887. Estudié donde las monjas en la Sagrada Familia. Después estudié un año en el colegio con las hermanas Misioneras de la madre Laura. Y después en el Colegio María Auxiliadora. Hice hasta tercer año de bachillerato.

Me casé con Rafael Hernández. Él era guajiro pero no era wayuu, comerciante de Maicao, donde vivimos siempre. Le he dado vida a ochenta y cuatro seres humanos. Tengo cincuenta y cuatro nietos, veintidós bisnietos y nueve hijos. Tengo 82 años, pero me siento como en la canción que anoche bailé en la iglesia: “esta casa no se cae porque está sobre la roca”. De treinta años tenía yo ocho hijos. Parí aquí en Maicao, de comadrona. No había enfermeras. Médicas sí que menos. Después, de 44 años, tuve otro hijo, que es el menor. El mayor de mis hijos murió. Se me han muerto cuatro hijos. Tres de muerte de accidente y una que me mataron.

Martha Dinora Hernández Sierra, la muchacha de la casa, la chachita, La Chachi, murió asesinada el 19 de noviembre de 2012 en su local de venta de ropa en el edificio Plaza II, en El Rodadero, Santa Marta. Según contó la prensa del día siguiente, llegaron a su puerta dos sicarios en moto, el que disparó vestido de negro y el otro al que nadie parece haber visto. Recibió tres disparos de un arma automática. Marta Hernández, viuda de Víctor Ojeda ?contrabandista aliado de los paramilitares, según el Portal Verdad Abierta–, asesinado una década atrás, fue también compañera de José Luis González Crespo, exgobernador de La Guajira condenado por corrupción ­–celebración de contratos sin el cumplimiento de requisitos legales y peculado por apropiación–. Había sobrevivido a un atentado en 2009, cuando arrojaron una granada a la casa del exgobernador González Crespo donde vivía.

La familia la despidió con una misa en Maicao, en la iglesia de San José. Al final de la tarde, ya en el funeral, Mamá Franca gritó: “¡El gobernador mató a mi hija!”. La Chachi, que temía su muerte, había pedido que la enterraran con sus antepasados en el cementerio de la ranchería Kaiwá, en la Alta Guajira. El homicidio de una mujer poderosa llamó por fin la atención de los medios de comunicación nacionales. Así introdujo la Revista Semana un artículo titulado “Un gobernador de miedo en la Guajira”: “En la cultura guajira no se mata a las mujeres. Eso, al menos, era la tradición. Y por eso el departamento está aterrado con el reciente asesinato de dos mujeres reconocidas en la región: Yandra Brito, exalcaldesa de Barrancas, el pueblo en el que queda la mina del Cerrejón, y la Chachi Hernández Sierra, hija de la líder de los Wayúu en Maicao, Francisca Sierra, conocida como Mamá Franca. Pero lo más aterrador es que, en ambos casos, se señala como autor intelectual a Juan Francisco Gómez, más conocido como Kiko Gómez, el actual gobernador de La Guajira”.

Los wayuu de mi raza antes eran muy violentos, por la ignorancia, pero ya con la guerrilla y los paramilitares le han bajado la temperatura. Antes mataban por ver caer a la persona. Yo cuando tuve mis hijos, viendo eso, busqué otra formación para ellos. No esa mía de mi raza, esa no la quería, le tenía miedo. Llevé a mis hijos a estudiar a Santa Marta para buscarles otra vida. Pero allá me tropecé con el mismo horror, porque mucha gente de aquí iba a estudiar a Santa Marta. Me los llevé a Cartagena, y la misma cultura. Entonces, alguien me habló de Zapatoca, en Santander del Sur. Es la ciudad más levítica de Colombia, donde hay más curas y más monjas. Cogí para Zapatoca, cuando no había ni carretera, y los dejé internos. Me vine desde allá hasta acá llorando. “Qué me hicieron mis hijos para llevarlos hasta allá, los desterré, qué me hicieron”, pensaba yo. “Como no se amañen me los traigo”, me decía. “Se pierden la mensualidad, el colegio, uniformes, se pierde todo, e igual me los traigo”. Pero ellos estaban felices, me lo decían cuando llamaba. Así que terminé mandando a todos mis hijos en fila india a estudiar a Zapatoca.

Mis papás no eran gustosos de que yo me casara con Rafael Hernández. Ni mis tías. Me casé de pura verraca. Y le doy gracias a Dios porque fue la mejor época de mi vida. No había pañales desechables, había que bañar los hijos y que quedaran bien blanquitos. No había harinapan sino que había que moler el maíz para hacer las arepas. Aprendí a planchar, a lavar, a cocinar. Le doy gracias a Dios porque eso me hizo hacerme una mujer.

Cuando vi que mi hijo mayor iba a terminar bachillerato busqué la política para conseguir por influencias su entrada a la universidad. El senador lo entró a la UIS –también por los exámenes que presentó– a estudiar ingeniería mecánica. Poco después vino la guerrilla y destruyó unas aulas de la UIS. Y me dijo mi hijo: “eso dura como nueve meses mamá, tengo que irme para Maicao, para que usted me consiga un trabajo; cuando abran la UIS me devuelvo”. Entonces se vino para Maicao. Yo le conseguí trabajo de inspector de policía. Y me dijo: “mamá, voy a matricularme en el Sena para no perder el ritmo de estudio”. Se matriculó en el Sena de Riohacha. Cerraba la oficina de la inspección de policía a las cuatro y se iba para el Sena a estudiar. Y un día yendo por carretera se mató él, se mataron los dos, con el amigo que iba manejando.

A mí no se me había muerto ni papá, ni mamá, ni hermanos. No se me había muerto nadie. No conocía la muerte. Cuando yo llegué al puente lo encontré muerto. Imagínese ese dolor. Pero doy gracias a Dios que no pensé “por qué no se muere el que no tiene dónde dormir ni dónde comer ni el drogadicto”. No, sino que dije: “Dios mío, gracias por haber escogido mi vientre para darme un hijo de esa condición. Tú me lo diste, tú me lo quitaste, alabado seas”. Ese fue mi grito.

Cuando se murió mi hijo yo tenía catorce años de no parir hijos. Tenía 44 años. Salí embarazada y tuve que irlo a parir a Barranquilla por cesárea. Es el hijo que es abogado, es asesor del Procurador de Valledupar, y tiene el mismo nombre, Wilber José Hernández Sierra, igualito al que se murió. Dios me lo devolvió.

El hijo mío que está en la Procuraduría aspiró y sacó cinco mil y pico de votos, y un sobrino mío también aspiró y sacó dos mil y pico. Así que entre los dos sacaron como ocho mil y pico de votos. Pero como nos dividimos perdieron. Yo ahora, como está la política, no quiero que ningún hijo aspire. Ayudo a cualquier candidato que nos parezca bueno, pero aspirar no. La política está muy sucia. Da asco la política. Porque ya hoy la política quiere matar. A mi hija la mataron por política.

Mamá Franca, a bordo de una camioneta asignada por el gobierno, se sienta sobre su cojín de la Virgen de Guadalupe. Y se recuesta en otros varios para no quedar flotando dentro de la cabina. De regreso de Paraguachón, donde hace unos meses se despachó contra Nicolás Maduro en directo por televisión, Mamá Franca recorre los barrios de Maicao para cobrar los arriendos de las propiedades familiares. Por el camino, en un paraje semiurbano, pide que la camioneta se detenga frente a la casa de unos ahijados. Ramiro, el escolta al volante, estaciona obediente a un lado de la vía. Mamá Franca abre la puerta y espera sentada sobre su cojín a que una mujer y un hombre, otros mijos, como les dice, se acerquen afectuosos a saludarla. Después de un rato de escucharlos, saca de su bolso una agenda negra, voluminosa como una biblia, atiborrada de papelitos, de anotaciones. Y se dirige al muchacho:

–Yo te voy dar un papel. Tú le explicas al alcalde (de Maicao), le explicas que es para que te renueve el contrato –dice arqueando la mano y entonces, como en una parábola, la letra redonda y fina, poderosa, aparece sobre el papel:

Te agradezco que atiendas este ahijado,

Él te explicará qué quiere, él es alguien (…)

Este es el aguinaldo que tú me vas a dar.

TU MAMÁ FRANCA

 

Al comulgar les dieron la hostia y el vino. Y mi nieta le dijo: “mamá, usted no puede tomar licor porque tiene una promesa”. Y ella le respondió: “es que esto no es licor, es la sangre de Cristo”. Al día siguiente la mataron: comulgó y tomó vino la víspera de su muerte. Hoy dijeron en la misa que el vino era la sangre de Cristo, para bendecirla y alabarla. Mija dejó seis hijos huérfanos de padre y madre. Porque al papá también lo había matado el Gobernador. Decía la gente que era muy bonita. Sobre todo era muy noble, hacía muchas obras de caridad. Una gran hija. Su calidad humana era para servir.

Ella –una bella quinceañera detenida en el tiempo de un portarretratos– está parando en Medellín. Para en Medellín, en Miami. En Estados Unidos y en Colombia. Esta casa era de ella, de la mamá, de mija. Yo no vivo aquí. Yo vivo en cualquier parte. Aquí en Maicao. En Riohacha. En Santa Marta. O en la Alta Guajira.

Mija me decía: “mamá, usted me puso Marta para que yo fuera mártir”. Cuando le gustaba un candidato, ella gastaba mucho dinero y trabajaba para que ganara el que ella quería. Y como no quiso al Gobernador, él quedó con rabia y la mandó a matar. Ya le había dicho que la iba a mandar a matar. Yo le puse una demanda (una denuncia en la Fiscalía) en el 2009. La mató en el 2012.

Mija se habría arrodillado a ver si no la mataban. Porque no le tenía miedo sino pánico. Hasta yo creía que él era incapaz. Creía que no se iba a atrever a hacerlo. El Gobernador, según dicen, tiene 132 asesinatos encima. Eso dice la prensa. Lo dice todo el mundo. Mandó a matar al esposo de la alcaldesa Yandra. Mandó a matar a un concejal que se llamaba Luis López (El exgobernador Juan Francisco ‘Kiko’ Gómez Cerchar fue condenado a 55 años de cárcel por el asesinato de Yandra Brito, exalcaldesa de Barrancas, el esposo, Henry Ustáriz, y Wilfredo Fonseca, uno de los escoltas. Según el diario El Tiempo, lo investigan por quince homicidios, incluido el de Martha ‘La Chachi’ Hernández). Y nadie decía ni hacía nada. Pero cuando mandó matar a mija, todos los periodistas le cayeron. “Fue una lluvia ?me decía un sobrino ?: está acabado el Gobernador, le ha caído una lluvia de papel, pero de las que acaban”. Antes de que ella cumpliera el año de muerta, él ya estaba preso.

Yo fui a reclamar por la muerte de Yandra, y el abogado de Kiko me dijo que había ido a hablar hasta de mi cultura. Las culturas hay que respetarlas. En la cultura nuestra la mujer es sagrada. Los wayuu dicen que hay mil millones de mujeres y es una sola, que vino a la tierra a dar vida. ¡Ay del que se la quite! Quien le quite la vida a una mujer muere peor que los perros ?los perros podrán ladrar?, y el que se meta a ayudarlo también lo entierran con él. A Marquitos Figueroa, que lo acolitaba, también lo cogieron preso allá en Brasil. Las culturas hay que respetarlas. Francisco Gómez, el Gobernador, le dijo a mija en Hatonuevo que iba a matar a Yandra. Luego, cuando Yandra lo publicó, él le dijo a mija que la iba a mandar a matar a ella. Y las dos están muertas. Entonces no hay más nada que decir: él las mandó a matar.

Yo se lo dije ahora que fui, ahora que declaré en contra de él. Tienes un cementerio en el estómago. ¿Que eres wayuu? No, gracias a Dios que entre los wayuu no hay hombres como tú. No eres digno de lástima. De lástima fue digno Jesús. Tú eres digno de asco y de desprecio. Naces de una familia honorable. ¿Tu abuelo? El coronel Mario Gómez Mengual. ¿Tu papá? Un ganadero trabajador, honesto. ¿Tu tío Gómez Barro? Un gran señor. Si Dios te dio dinero y te dio poder, ¿por qué no te dedicaste a disfrutarlo con tu esposa y tus hijos? ¿Por qué te dedicaste a mandar asesinar? Aquí (preso) es dónde tienes que estar. Jesús vino a la tierra a enseñarnos a amar y a perdonar. Díganme, ¿por qué existe el infierno? El infierno no lo hizo el hombre ni lo hice yo. El infierno lo hizo Dios porque los buenos no pueden estar juntos con los malos.

Los muros del Hospital San José en Maicao resisten un sol desparramado. En el auditorio, trabajadores y directivas se reúnen para hablar sobre el cierre del hospital. Mamá Franca usa una manta atigrada. No se sienta, saluda por acá, abraza por allá. Mueve las manos con desenvoltura al ritmo de una música inaudible. Sus ahijados por toda La Guajira, hoy los presentes en el hospital, le hablan con reverencia, queriendo ganarse su favor. En el pasillo de una casa de la familia exhibe sus recorridos por El Caribe colombiano acompañada del poder: guarda retratos suyos con todos los presidentes de Colombia desde Misael Pastrana Borrero. Francisca Sierra Pana cuida de todos los ahijados en sus oraciones pero sobre todo, con su ascendencia en la comunidad, cuida de su familia: “Mis hijos y mis nietos si no muestro la cara no les puedo ayudar: yo soy el tronco, yo hago así (los brazos extendidos tiemblan), y se me caen las ramas. Por eso tengo que estar firme.

Jamás en mi vida le he echado una maldición a ninguno ni le he deseado mal. Si una mula le da una patada a uno, uno no le puede devolver la patada a la mula. Yo podía y tenía cómo irme a Venezuela con treinta millones de pesos, con tristes treinta millones de pesos me iba a Caracas y compraba más armas que las que tiene el ejército aquí en La Guajira ?y tengo partes por donde pasarlas porque conozco bien todas las trochas?, y mandar a acabar con los wayuu y con todos los que le hicieron daño a mija. Pero, ¿qué gano con eso si mija no va a resucitar?

Le tengo miedo a que una persona se meta conmigo. Mucho miedo. El muchacho que me ganó la alcaldía, que me hizo la picardía, después de que salió ganando se fue a vivir a Riohacha, lo hirieron y quedó inválido: ahora no se puede ni llevar un celular al oído, ni limpiarse. Cuando eso pasó, yo lo fui a visitar porque me dolió mucho. El papá me gritaba –porque él fue quien me hizo la picardía– “Franca, perdóname, perdóname, yo tenía que haberte apoyado a ti”. Se arrepintió.

Yo tenía muchos proyectos para Uribia. Por ejemplo tengo el convencimiento de que lo único que salva a los wayuu –porque los wayuu no son pobres, son paupérrimos– es el turismo. Ese pobre muchacho no me perjudicó a mí sino a Uribia. Yo traía en la cabeza lo que he viajado ?cuatro continentes? para ponerlo en práctica.

Otra vez estaba yo en misa, y estaba también la hija de una señora que yo no quería para un hijo mío, cuando llegó el momento de la paz. Pero como ella sabía que yo no quería a su hija, cuando le tendí el brazo me lo dejó tendido. El lunes cuando me desperté en mi cama me senté y recé por la señora que me dejó el brazo tendido, para que Dios la perdonara. Al rato en la puerta de mi casa me dijeron: “anoche la mataron a ella y a un hijo”. Le tengo pánico, pánico a la persona que se mete conmigo. Tengo historias de familias completas que han acabado, que han querido hacerme daño. Eso es una cosa que yo tengo.

Al volante por las calles de Santa Marta Ramiro Alcides Durango, el escolta del tatuaje en cruz en el antebrazo, piropea a las mujeres que aparecen en su camino. Mamá Franca lo reprende siempre. La camioneta da un brinco de pronto, una pieza suelta se zarandea libre dentro del capó. Nadie se inmuta, el daño no tiene fuerza bastante como para desviarnos del lugar al que Mamá Franca llama con indiferencia “La Cabaña”. La camioneta dobla al comienzo de una colina, sigue por una carretera destapada, falta poco para llegar a nuestro destino: la casona empotrada en el acantilado, la casona prisionera del mar y las áridas colinas de El Rodadero, la casona de piedra que bien podría ser de oro, la casona de recreo de la familia Hernández Sierra.

Los tres hombres armados que reciben a los visitantes pasan las horas pescando y comiendo yuca con sábalo o bocachico, según les regale el mar. Al desayuno frito, al almuerzo cocido en yerbas, a la cena otra vez frito. Mamá Franca saluda a los escoltas, siempre amorosa, con un mijo en cada oración. Cuando Ramiro se despide ?va a Cartagena a hacer revisar el desperfecto de la camioneta?, Mamá Franca le llena las manos con tres bolsas de harinapan que ha comprado esa mañana en alguna acera de Maicao. “Para que no llegues con las manos vacías”, dice. “La bendición, Mamá”, responde Ramiro al tiempo que se inclina y besa la frente de la última princesa wayuu, envuelta en el brillo de su manta rala. “Que vayas con Dios, que Dios te bendiga y te proteja, mijo”, dice Mamá Franca dibujando una cruz imaginaria en el pecho de Ramiro.

 

Comentarios (7)

chjarami

15 de Abril

1 Seguidores

Y qué exactamente lee uno de una historia así? Cuál es el mensaje? Es más: a qué género literario pertenece esta pieza? Chjh

Y qué exactamente lee uno de una historia así? Cuál es el mensaje? Es más: a qué género literario pertenece esta pieza? Chjh

Víctor Castillo

16 de Abril

0 Seguidores

Si hace falta la taxonomía, es un perfil, que es un forma de la crónica, que es un género del periodismo, que (como no ficción) puede llegar a se...+ ver más

Si hace falta la taxonomía, es un perfil, que es un forma de la crónica, que es un género del periodismo, que (como no ficción) puede llegar a ser un género literario. La Silla tiene la generosidad de etiquetar las historias: Mujeres, Caribe, dice arriba. Yo agregaría Guerra, quizás Política menuda. Esas coordenadas pueden ayudar.

chjarami

16 de Abril

1 Seguidores

No esperaría uno más ángulos críticos de un perfil? Parece la construcción de un mito: una mezcla de recuento biográfico de injusticias que...+ ver más

No esperaría uno más ángulos críticos de un perfil? Parece la construcción de un mito: una mezcla de recuento biográfico de injusticias que culminan en una serie de anécdotas con un aura de poder místico. Como oir hablar sobre Escalona la leyenda. Lo feo en una nube de fantasía, la justificación en blanco y negro. Transferencia? Dónde está la distancia? El escepticismo? 

Sebastián Rodríguez Luna

16 de Abril

0 Seguidores

¿Cuál es el objetivo de esta historia? Lo que veo es un perfil (casi autibiográfico) que cuenta lo bueno de la señora, casi una narración en clav...+ ver más

¿Cuál es el objetivo de esta historia? Lo que veo es un perfil (casi autibiográfico) que cuenta lo bueno de la señora, casi una narración en clave mítica que busca engrandecer al personaje. ¿Dónde están la contradicción y las críticas? ¿De quién es aliada? ¿A quién le pone votos?

Víctor Castillo

17 de Abril

0 Seguidores

(Continua la respuesta) El perfil no cuenta sólo lo bueno. Menciono dos pasajes que hablan de la complejidad de Mamá Franca, en su voz, cuando dice ...+ ver más

(Continua la respuesta) El perfil no cuenta sólo lo bueno. Menciono dos pasajes que hablan de la complejidad de Mamá Franca, en su voz, cuando dice que ella podría haberse ido a Venezuela a comprar armas para vengar la muerte de su hija --y que tiene por donde pasarlas--, y lo que ella no cuenta, cuando le pide en un papel al alcalde un contrato para su ahijado.

Víctor Castillo

17 de Abril

0 Seguidores

La forma del perfil es testimonial porque la forma también cuenta la historia. Mamá Franca aparece de cuerpo entero en su voz. El perfil busca revel...+ ver más

La forma del perfil es testimonial porque la forma también cuenta la historia. Mamá Franca aparece de cuerpo entero en su voz. El perfil busca revelar el caracter de una mujer líder de su comunidad, que es al mismo tiempo víctima (madre de una hija asesinada) y poderosa (en un país de poquísimas mujeres poderosas). Y busca interpelar el poder masculino, su monopolio (Continua).

chjarami

17 de Abril

1 Seguidores

Dado que es mi último comentario: quedo convencido de la buena fe del ejercicio. (Gracias por contestar!) Y está bien escrito, coherente, claro. Flu...+ ver más

Dado que es mi último comentario: quedo convencido de la buena fe del ejercicio. (Gracias por contestar!) Y está bien escrito, coherente, claro. Fluye. Pero el efecto tal vez no es el esperado. Con este perfil, tengo una idea tangible de a quién me encuentro el día que la conozca? De cómo la ven sus aliados y enemigos? Del carácter? La lógica que orienta sus acciones? Moi pas. Chjh

CONTEXTO

Las historias más vistas en La Silla Vacia