Por Víctor Castillo · 14 de Abril de 2017

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De la camioneta bajan dos hombres que se apostan a lado y lado del portón. En el cinto, sobre la ropa, sobresale la forma de sus armas. Uno de los hombres, el escolta más corpulento, silba una melodía de temporada. Su mano derecha, como en un duelo, permanece atenta sobre el pantalón. El otro escolta se recuesta contra la pared exterior de la casona, usa un canguro a la manera de un carriel. Los vidrios polarizados insinúan las siluetas del conductor y el pasajero. Una puerta se abre de pronto. Asoman los pies de una mujer menuda calzados con sandalias de tacón alto. Viste un pantalón blanco salpicado de rosas anaranjadas. La blusa también es blanca, con flequillos y acabado de encaje. Sus aretes son largos y curvilíneos como una espiral infinita. Su piel es trigueña, color caoba en los brazos, ligeramente más clara en la cara. Agita una mano para saludar y sonríe. Mayerlis Angarita Robles, la mujer más amenazada de los Montes de María, ha salido a desayunar.

Los campesinos pasan junto a la camioneta como si fuera un burro amarrado a la orilla del camino. En la fritería el cocinero sirve los platos de Mayerlis y de los escoltas sin sobresalto: “¿un poco más de naranjada?”, les pregunta cuando casi acaban de comer. Hace tiempo que Mayerlis no va sola a la tienda, ni a la iglesia, ni al parque ni mucho menos a las veredas. Ya nunca está sola y ya no camina ?al menos en "los territorios"? más que dentro de recintos cerrados. Va de una puerta a la otra, siempre bajo la mirada de sus escoltas, que custodian las esquinas y siguen atentos la caída de las hojas.

El pueblo de poco más treinta mil habitantes donde nació y ahora vive ?vivía? Mayerlis, San Juan Nepomuceno, no tiene taxis, mototaxis sí, ruidosos biciclos y triciclos de motor que cambiaron para siempre el paisaje sonoro de la región. Es el medio de transporte para muchos en un pueblo que puede recorrerse en tres minutos del solar de la iglesia, por el centro-oriente, a la calle Brasilia, en el extremo norte del casco urbano. Si Mayerlis quisiera salir a comprar el pan tendría que hacerlo en una camioneta de casi trescientos caballos de fuerza. Por eso sus desplazamientos son cada vez más limitados, y por eso el protocolo de seguridad aconseja que sean los muchachos, como les dice, quienes vivan su cotidianidad. Ella se reserva, sin remedio, para la vida política.

Mayerlis Angarita recorre los Montes de María a bordo de un vehículo asignado por la Unidad de Protección de Víctimas, para reunirse con mujeres, campesinos, jornaleros que acuden a ella, a la doctora Mayerlis, porque necesitan reclamar una servidumbre, un subsidio, una indemnización. Ella, sin más responsabilidades públicas que las de cualquier ciudadano, gestiona recursos, organiza talleres, sugiere estrategias legales. “La experiencia con Mayerlis es siempre muy movida, se mantiene de un lado para otro, el trabajo en las regiones es muy duro; vamos a sitios que uno nunca ha visto, zonas donde ni la policía ni los alcaldes hacen presencia”, confirma Iván Escorcia, el escolta corpulento, cinematográfico, que la acompaña desde hace dos años.

“Comencé con un padrino de la policía. Luego un escolta, luego dos, luego tres, luego la camioneta blindada y un esquema de seguridad. Yo soy una mujer muy de pueblo, no ha sido fácil adaptarme. A la familia me tocó sacarla de la región, mi papá y mis hermanos viven ahora en pueblos de signo contrario (al de los grupos armados que la asedian). Acá solo quedan mis hijos. Cuando me hicieron el segundo atentando ellos se fueron cuatro meses. Era la primera vez que nos separábamos, pero no aguantamos y me los traje y dije: ‘lo que me vaya a pasar que me pase con ellos’”, dice, sin saber que meses después sufriría un tercer atentado y sin saber cuánto le costaría. 

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–Recojan lo que puedan –dijo el padre a sus hijos esa mañana.

Antonio Angarita también recogió lo que pudo: la venta de la jornada de “Remates Baratía” en Aguachica, César, algunas cajas de mercancía, una maleta con ropa. Recibió lo que quisieron darle por el almacén, que en su mejor momento llegó a tener ocho empleados. Tomó a sus hijos de la mano y salió corriendo hacia El Carmen de Bolívar. Allí amanecieron el día después de que Gloria Robles, la madre de Mayerlis, desapareciera en Montería por obra de los grupos paramilitares de la época ?liderados por Juancho Prada en el sur del César?. “Yo andaba era echando el chocoriko, muñecas, porque yo era una niña, ¿ya?, ¿qué otra cosa iba a echar?”, recuerda Mayerlis. Pero su hermano, mejor enterado de lo que se venía, botó los juguetes y le dijo:

–Eso no, Maye, tienes que echar es la ropa.

Mayerlis estudiaba en el mejor colegio del pueblo. Tenía una máquina de escribir –“que al día de hoy sería como una tablet”–, y juguetes a su disposición. Habían llegado a Aguachica, donde vivía la familia de su madre, porque “los grupos” los habían sacado corriendo de los Montes de María a punta de extorsiones. No contaban con que la ambición de “otros grupos” por las tierras fértiles que había dejado su abuelo materno truncaría la vida de su tío, a quien secuestraron una tarde y encontraron muerto pocos días después, desnudo, sin uñas y con los genitales mutilados; y de su madre desaparecida de la que nunca volvieron a saber. Aterrados vendieron en treinta millones de pesos “Once reses”, una finca de 300 hectáreas ?que hoy está avaluada en 1.800 millones de pesos?, cuya propiedad disputa la familia. 

“Yo como era una niña no entendía cuando mi mamá no aparecía; pensaba era que ella se había ido, y con rabia decía: ‘¿cómo nos fue a dejar?’. No entendía que no estuvo en ella, sino que se la llevaron”.

Mayerlis tenía 14 años cuando la vida cambió para su familia. Su padre, comerciante de raza, volvió a vender mercancías por las calles de San Juan, y así crio a los tres hijos. Le decían Todoamil. A ella, la hija de Todoamil. Fueron los años de la adolescencia, que Mayerlis recorrió por el borde del acantilado. “En ese tiempo era más activismo, más de ponerse un pasamontañas y salir a quemar llantas en la carretera porque no había más nada que hacer. ¿Qué hacías tú ante un gobierno que no te protegía, que te cuestionaba porque pensabas diferente, que te perseguía por no aceptar que la vida la podía quitar cualquier persona?”.

En 1997, una compañera de clase la invitó a un evento de Redepaz, la Red Nacional de Iniciativas Ciudadanas por la Paz y contra la Guerra. Asistió a los talleres y escuchó por primera vez que las víctimas tenían derechos. Mayerlis, una víctima de la guerra, empezó su carrera como defensora de derechos humanos: fue personera estudiantil durante los años que vivió en El Carmen de Bolívar, hizo parte de las juventudes, de los niños y, ahora, de los adultos de Redepaz.

Cuando se animó a llevar su activismo a la mesa de trabajo de la Red empezaron las amenazas. A ella y a sus compañeros, por la vía siempre expedita de los sufragios, les dieron 24 horas para salir de El Carmen. Firmaban los frentes 35 y 37 de las FARC, ahora extintos en los días finales de la guerra de guerrillas, pero entonces aún en combate con los paramilitares. Esa vez cambió de casa pero no se fue del pueblo. Mayerlis tendría que asistir de nuevo a la guerra antes de sembrar el proyecto definitivo de su vida: el colectivo de mujeres Narrar para vivir.

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En 1999 “los grupos” se disputaban el control de los Montes de María, por su ubicación estratégica como corredor entre el centro del país y la Costa Caribe. Mayerlis aún no tenía hijos. Como reconoce con picardía, era joven y valiente y no pensaba tanto las cosas. Así fue como llegó a Las Lajas, una de las veredas de El Carmen de Bolívar. Subió con profesores y líderes de la comunidad, hicieron un censo de niños y llevaron alimentos y medicinas. Trabajaron durante una semana hasta que hubo un cambio de patrulla del Ejército Nacional. Los soldados que se fueron sabían quiénes eran Mayerlis y su grupo y qué estaban haciendo en Las Lajas. Pero con el cambio, del que solo los comandantes estaban enterados, quedaron expuestos también a las fuerzas del orden.

–¿Tú eres la mujer de Martín Caballero ?entonces comandante de las FARC??

–Yo no soy guerrillera.

–¿Ah, no? Nos vamos a pasar rico, mona.

–Yo no me voy con usted para ninguna parte.

A rastras se la llevaron al monte. La cogieron del pelo, la golpearon, le rompieron la boca. Pero corrió con suerte: un niño de la comunidad que lo había visto todo avisó al grupo. “Pilas que se llevaron a una de las peladas”, le advirtieron al comandante de la unidad militar. Y, providencialmente, de la golpiza y el maltrato sicológico no pasó. Mayerlis no pudo hacer nada para que sacaran a esos soldados del Ejército. Ni siquiera los sancionaron, a pesar de que estaban identificados y, en cambio, una vez más terminó amenazada. “Desde ahí comencé a tener más cuidado por donde me movía, porque yo era una pelada joven, y no soy fea, yo soy linda (mira para arriba, con la sonrisa plena), entonces llamo mucho la atención por el carisma, y eso”, dice.

Mayerlis integró uno de los primeros grupos ?liderado por Rafael Castillo, sacerdote de El Carmen de Bolívar? que llegó a El Salado después de la masacre. “Yo no iba a ver muertos porque a mí me mandaron con los niños y los jóvenes, que en esa época aún eran mi especialidad”. Pero muy pronto, en los alrededores del pueblo, se encontró de frente con la estela del ejército paramilitar que arrasó El Salado: los cuerpos desmembrados a la vera del camino; el mantón juagado en sangre sobre la mesa en la que decapitaron, sorteos mediante, a los pobladores; las mujeres a las que violaron y obligaron a comer cardón.

“Fue como si tú estuvieras en una película reviviendo la masacre, como si lo hubieras vivido, porque tú llegabas a las casas y la gente te decía ‘y entraron y partieron las puertas y rompieron la mesa y nos sacaron de debajo de las camas’, y veías las casas revueltas y las mesas y las puertas rotas. Lo que decían lo estabas viendo: la fosa donde echaron los cuerpos, la lista de las personas que buscaban”, recuerda Mayerlis. 

De acuerdo con el Informe del Centro de Memoria Histórica, en El Salado, durante seis días, 450 paramilitares del Bloque Norte de Salvatore Mancuso, Rodrigo Tovar, alias Jorge 40, y John Henao, delegado de Carlos Castaño, asesinaron a 61 personas, violaron a 2 mujeres sobrevivientes, torturaron a cientos de saladeros a quienes obligaron a presenciar la masacre. Saquearon también casas y negocios y desplazaron ?desterraron precisa el Informe? al pueblo entero. De los más de 4000 desplazados, en 2009, sólo habían retornado 400. La violencia paramilitar casi borró del mapa al Salado, al punto de que el Informe lo compara con Comala, el pueblo fantasmal de la novela Pedro Páramo.

“Yo duré una semana sin comer carne, fue horrible ver lo que les hicieron, lo que vivieron”, cuenta Mayerlis. El impacto de la masacre la alejó por un tiempo de su trabajo con las comunidades de los Montes de María. Fueron meses de reflexión hasta que la guerra, como ella dice, tocó otra vez a su puerta. De regreso en San Juan, a donde había vuelto con su padre, Mayerlis vio llegar al parque central un grupo de desplazados de San José del Peñón, uno de los corregimientos del pueblo. “Yo decía ‘ay, pero yo sé cómo hacer para organizarlos’”.

Las violencias que había vivido no se comparaban con la barbarie de El Salado. Ese fue su punto de inflexión. Por que la violencia que han sufrido las mujeres de los Montes de María es también política ?es un ataque contra la convivencia, contra la comunidad? ahora Mayerlis Angarita Robles ensayaría una respuesta política para restaurar el sentido que la violencia socavó, para pasar de un duelo personal, por la pérdida de un ser querido, a un duelo colectivo. Aunque ella aún no lo sabía, Narrar para vivir ya estaba en marcha. 

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Eleida Leiva trabajaba en Familias en acción –el programa presidencial de asistencia social y cultivo de votos creado por el gobierno Uribe– cuando conoció a Mayerlis, que entonces era beneficiaria. Ambas simpatizaron con Katrin Martínez, una socióloga de la oficina municipal del programa. Empezaron hablando de los problemas de sus comunidades, trabajaron luego juntas en San Juan, San Jacinto y El Carmen, y terminaron por contarse sus historias en los salones de clase, en los patios de las casas.

El primer día fueron tres. Con el tiempo llegaron decenas de mujeres víctimas de la guerra que se sentaron a hablar y a escuchar a otras mujeres. Hablaron de quiénes eran, de lo que les había pasado, de los familiares y amigos que les habían matado. Contaron lo que les dolía, lo que ya no les dolía, lo que habían perdido y lo que les quedaba: la gente, la tierra, los animales. Algunas mujeres tardaron en hablar y algunas nunca lo hicieron, solo escucharon. Según el registro de Narrar para vivir, aún hay mujeres empezando a contar lo que les pasó quince años atrás.

Las mujeres del maíz, como empezaron a llamarlas cuando sembraron uno de sus primeros proyectos, quisieron hacer algo con la ausencia, con la muerte. Notaron que para restablecer los lazos de las víctimas con la familia, el territorio, el Estado, los lazos que la violencia había roto, no bastaba con contar sus historias. Narrar para vivir trascendió entonces su vocación narrativa y empezó a ayudar a las mujeres a reclamar sus derechos ante las entidades públicas. Después ayudaron a los esposos, a los hijos. “Prácticamente obligamos a que las entidades hagan su trabajo. Como solas a las mujeres no les paran bolas, y nosotras ?como colectivo? somos visibles, y nos escuchan, las acompañamos”, explica Mayerlis.

Ayudar a otras mujeres a salir del “estado de victimización” comprometía a las mujeres de Narrar en una lucha política con demandas de justicia al Estado y, por tanto, en una lucha de derechos más allá de la reparación, con el propósito, como dice Mayerlis, “de volver a barajar, de salir del estatus de ‘pobrecitas víctimas’ para convertirse en sujetas de derechos”. Una lucha que Mayerlis y las mujeres de Narrar no han librado sin riesgos: desde 2012 han sufrido treinta y seis agresiones, que aumentaron desde que algunas decidieron presentarse como candidatas a las elecciones locales. 

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Vladimir Herrera, hombre de paso ceremonioso, carga un rollo de pliegos de papel que abraza como a un niño. Él es el encargado de que en los talleres de Narrar para vivir no falten los marcadores, las sillas encuentren su lugar y los refrigerios devuelvan el aliento a media jornada. Eleida, mujer de elegante mirada, camina al ritmo de un vallenato que tarareará toda la mañana. Es una de las fundadoras de Narrar y dirige las reuniones de mujeres víctimas de la guerra, esta vez un encuentro programado con mujeres de otras organizaciones de los Montes de María. Las flores del roble, maravilla de la calle Brasilia, caen parsimoniosas, indiferentes de la cita con las mujeres en Morroa.

Casi dos horas después, mediando el trayecto en bus y el transbordo en un Renault 9 color polvo, una decena de mujeres entre los 20 y los 40 años, escucha la advertencia de Eleida: “lo primero es no tener niños en esta reunión, porque los niños después preguntan, se los digo además porque uno no va a decir a mí me pasó esto o tengo que gritar aquello delante de un niño”. Las mujeres atienden en mesa redonda, en la sala de familia que una de ellas ofreció para la ocasión. En la pared sobresalen un calendario del Almacén Tierra Santa y dos portarretratos: uno exhibe un mosaico de niños, otro la foto de un soldado, el hijo mayor de la casa.

Empiezan, formalmente, con una oración. Eleida habla de los “tejidos desgastados que deja el hilo de la violencia”. Luego hacen parejas y se miran a los ojos, se toman de las manos, las vence por fin la risa nerviosa de la primera vez. “Vamos a ver qué descubren en la compañera”. Esa es la instrucción de Eleida. “Amigable”, “encantadora”, “señora muy de su casa”, son las respuestas más socorridas cuando las palabras regresan.

–Y ahora un abrazo, ¿qué significa para ustedes un abrazo, a quién le darían un abrazo?, pregunta Eleida, tan elegante al medio día morroano como en la calle Brasilia nepomucena.

–A mi mamá, tengo rato que no la veo y la necesito.

–Al compañero, que si no está, salgo lo busco y encuentro fraternidad.

–Yo vengo de una familia maltratadora, con un papá que tomaba y una mamá que pegaba. No me acuerdo de que en mis cuarenta años mi mamá me hubiera abrazado. En Narrar para vivir aprendí a abrazar.

Con los colores a la mano, las hojas blancas abundan ahora en siluetas de mujeres, árboles, casas. Hasta que una voz las detiene: es hora de mostrar los dibujos y de contar lo que significan. Tres de cada cinco lápices terminan ensartados en el pelo recogido de las mujeres.

–Esa soy yo con mis dos hijos, la felicidad mía son ellos, de este lado está el sol, y Mauricio, y de este lado una sombra que no se va, detrás de mí, donde no alcanza a llegar la luz del sol...

–Yo de este lado pinto llanto, una casa de ventanas verdes, una familia, una mesa con herramientas…

–No llore, ríase –se oye decir a una voz impaciente.

–No, que llore, que eso es bueno –corrige Eleida– la idea es que hoy nos vayamos descansadas. Si ustedes quieren quemar el dibujo, quémenlo, o si lo quieren guardar, guárdenlo. Pero la idea es que nos descarguemos, mujeres.

Vladimir, el único hombre de Narrar, “la mano izquierda de Mayerlis Angarita Robles”, como le gusta decir ?“porque la derecha es Eleida”?, toma las fotos, se mueve de un lado para otro, pendiente de los ritmos de la reunión. Al final, cuando las mujeres terminan sus cosas, como un orfebre al que nunca llegamos a conocer, arma de nuevo el paquete de los lápices –deja aparte el de los colores–, y lo lleva todo de vuelta a la bolsa de sus abrazos.

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En febrero de 2015, antes de la inscripción de las candidaturas para las elecciones locales, Narrar para vivir recibió una amenaza. “Cambiaremos el nombre de Narrar para vivir x Narrar para morir. Comenzaremos x la cabeza mayor Mayerlis Angarita”, decía el sufragio. Mayerlis, entonces precandidata a la alcaldía de San Juan Nepomuceno, trabajaba para conseguir el aval del Partido Liberal. Durante la campaña las amenazas siguieron llegando.

En San Juan Napomuceno invariablemente Enilse López La Gata y El Turco Hilsaca, los innombrables caciques que ponen la plata para las elecciones, se disputan el poder político. Mayerlis se animó a intentar la tercería. “Hacíamos peto, tortas y cantábamos canciones que componían las mujeres. La campaña se volvió una vaina impresionante: hicimos un evento en El Club, con 4.000 personas y no se pagó ni siquiera la moto: usted iba porque quería”, cuenta. La ola de las mochicorticas –como llamaron los rivales a las mujeres porque usaban pantalón corto– alcanzó a ilusionar a sus seguidores. “Estábamos confiados de que Mayerlis podía sacar una votación importante pero después de lo que le pasó hubo un bajón grande. La gente se llenó de miedo. Ya no preguntaron más”, recuerda Marilse del Socorro, una mujer de Narrar que apoyó a Mayerlis en los tiempos de la política.

La noche del atentado en la casa de Eleida se preparaba un calderazo contra la corrupción. A una cuadra, en la calle central del barrio Barranquillita, la camioneta blindada en que venía Mayerlis patinó por la lluvia, se oyó enseguida el impacto de una bala contra una de las puertas de los pasajeros. Mayerlis se agachó en su lugar mientras la camioneta lograba salir del barro. “Teníamos el miedo de que vinieran a rematar. Y se nos vino la idea, como el vehículo no quería salir, de que si ponían un explosivo más fuerte ahí sí nos iban a joder”, cuenta el escolta Iván Escorcia.

Mayerlis Angarita Robles, esta vez como candidata a la alcaldía de San Juan en víspera de elecciones, a sus treinta y cinco años, enfrentaba el tercer atentado contra su vida.

Los otros escoltas se bajaron a disparar hacia el lugar desde donde creyeron que venía el ataque. No hubo respuesta. Uno de ellos, el hombre del canguro terciado como carriel, que estaba sentado del lado donde el carro recibió el primer balazo, dejó escapar un disparo que terminó alojado en una puerta de la camioneta. Mayerlis entretanto vomitaba. La llevaron al hospital donde pasó el resto de la noche. Después del atentado la SIJIN la interrogó varias veces. El error del escolta llevó al general Palomino, que entonces aún no había tenido que renunciar a la dirección de la Policía Nacional, a decir que “pudo ser” una falsa denuncia porque uno de los impactos en la camioneta era de fuego amigo.

Al atentado le siguieron otras acusaciones: Mayerlis denunció trashumancia en San Juan y, de vuelta, se la atribuyeron a ella. “También dijeron que yo soy amante de mis escoltas, de un ministro..., me pusieron cuanto marido se les ocurrió”. El Partido Liberal al final le dio el aval a otro candidato. Con 2.000 votos, la tercera votación de San Juan, Mayerlis perdió las elecciones y el interés, pero entendió lo que puede la política. “Aunque perdimos, resultó que después del 25 de octubre ahora sí nos abrían las puertas. Con decirte que si ahora yo les timbro me devuelven la llamada, oíste, me devuelven la llamada”, dice, incrédula del poder de los votos.

Con los brazos desgonzados sobre la mesa, Mayerlis declara que no va más en la política. “Ahora me voy a dedicar a Dios, a mis hijos y a mí. Me di cuenta de que los corruptos no te matan, te dañan la imagen y eso es lo peor para un defensor, eso me dolió mucho”, dice, y se levanta despacio, decidida a abandonar el lugar. “Ya por la justicia no voy más”, agrega, y da tres pasos largos hacia la puerta de un auditorio que la reclama, donde se detiene de pronto. Tiene la mirada perdida en un horizonte que le reprocha las palabras que ha dejado escapar. Regresa despacio, se sienta y extiende las palmas de las manos sobre la mesa, golpeándola.

–Bueno, yo a la gente no la voy a dejar botada, pero… por ahora no voy más.

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Jorge Ulises Casas Jerez

14 de Abril

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