Por Tatiana Duque | Camilo A. Quiroga G. · 14 de Noviembre de 2016

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Llegar a la colonia penal de Acacías -lo más parecido a la prisión a la que aspiraban los promotores del No para los guerrilleros y de lo cual seguramente hablarán con nostalgia en los próximos días- requiere cuatro horas de camino por tierra desde Bogotá, atravesar la vía principal de Villavicencio atestada de buses intermunicipales, atravesar una cancha de fútbol y pasar en frente de una normal de bachillerato.

En la entrada no hay barrotes, no hay garitas. No hay patios. Hay cabañas, una piscina (que si los presos tienen buena conducta pueden usar) y un restaurante al lado del parqueadero, al aire libre.

 

En 1930 cuando la Colonia fue creada con un decreto escrito en puño y letra,  tenía 300 mil hectáreas, hoy tiene 4.771. El resto ahora hace parte de los municipios de Acacías, Guayabetal y Guamal, y de Villavicencio.

“La colonia es parte de Acacías, ha crecido a partir de ella”, nos dice el director de la cárcel, Daniel Ortíz, un bogotano que ya se acostumbró a los 28 grados de temperatura permanente en la llanura del Meta, y que lleva dirigiendo el centro desde hace dos años.

Es tan parte del pueblo, que a meses de haber llegado al cargo, cuenta el director, se escapó un preso. Corrió por las hectáreas y se cambió de ropa. Decían que tenía un jean y una camisa roja. La alerta corrió por el pueblo y más de 600 personas, entre ellas los familiares de 250 funcionarios que trabajan en la colonia, salieron a buscarlo. En la madrugada lo encontraron.

Ortíz cuenta la anécdota como prueba de que el pueblo ayuda a la colonia.

Hace un año estuvieron participando, como colonia carcelaria, en las fiestas del Retorno, las más importantes del municipio, con una carroza que hicieron los presos, y que todavía mantienen en una bodega y la muestran con orgullo.

Aún así, Acacías es una prisión y precisamente por ser una prisión no fue aceptada por los guerrilleros.

Trabajando la condena

Alfonso Ramos vivió toda su vida en los llanos de Casanare, con el sol en la cara criando vacas; es alto, grueso y moreno de tanto sol que recibe. Le quedan dos años en la prisión por un delito que prefiere no contar, le da pena. Pasa sus días rodeado de los mismos animales con los que creció.

Alfonso se despierta a las 5:30 de la mañana con sus otros siete compañeros que ordeñan desde las 6:30 veinte vacas, y sacan, por día, 198 litros de leche. Otros diez presos cortan el pasto y mantienen el establo.

Le gusta saber que acá está poniendo en práctica lo que hizo toda la vida.

A otros les gusta poder interactuar con animales, matar el tiempo para olvidar sus demonios internos. “¡Uy claro! para concentrarse en otras cosas, distraerse. Esto le desconecta a uno la cabeza, le sirve para mantenerse ocupado”, dice otro, encargado con tres internos de los lagos artificiales creados para la cría de peces, cuyas 70 toneladas vende la colonia en septiembre y en Semana Santa. A ese, que no quiere dar su nombre, todavía le faltan 16 años para cumplir su pena por violación.

Un grupo de dragoneantes expertos en sicología, trabajo social, y otras áreas de rehabilitación, asignan las tareas a los presos dependiendo de sus capacidades, el lugar de donde vienen y la condena.

De los 1.246 presos que están en Acacías, 100 todavía no tienen proyecto, porque ingresaron hace poco. Ortíz nos dice que la idea es que apliquen la experiencia que traen del campo, porque la mayoría -no dice cuántos en total-, han vivido en los llanos.

Sin embargo, hablamos con presos de Bogotá, Barranquilla, Medellín. Todos llegaron allá porque en las cárceles locales no había dónde meterlos.

Uno de ellos, Juan Bernal, está encargado de la reproducción de los cerdos. Llegó primero a La Picota de Bogotá por secuestro extorsivo. Cuenta que al taller de carros donde trabajaba llegó una moto que usaron para secuestrar a alguien y la Policía lo cogió y lo vinculó al delito.

Una de las cerdas que cuida está en trabajo de parto. Ya sabe cómo es, ha atendido varios durante el tiempo que lleva allí. Recoge una manguera y rocía al animal para que se tranquilice y deje de chillar.

Retoma la conversación. Dice que con la dragoneante y la veterinaria que cuidan el criadero de cerdos, están pensando en pasar la noche en vela para el parto.

Le faltan seis meses para salir.

A él y a su compañero Andrés (no nos dice su apellido), quien cuida a los tres cerdos reproductores, les gustaría estar en una cárcel como las que estaban en sus respectivas ciudades.

Andrés antes estaba en Bolívar, dice que fue paramilitar, se desmovilizó y comenzó a delinquir en una Bacrim, cuando lo capturaron. En la cárcel de la regional norte, donde estaba, ya tenía un modelo de vida. Tenía poder.

En Acacías 1.161 presos cumplen condenas de hasta 10 años de prisión. Solo dos estarán ahí por más de 35 años. Ninguno de ellos fue condenado por pertenecer a un grupo armado ilegal.

“Dicen eso para darse un estatus”, dice Ortíz, tras preguntarle por el pasado que nos había contado Andrés.

La mitad (666) están presos por hurto, le siguen los condenados por tráfico de drogas (384) y porte de armas (101). También está William Pérez, el ex gobernador de Casanare, condenado por tres delitos (parapolítica, corrupción y tráfico de influencias). Es el preso más famoso de la colonia.

Concierto para delinquir, violación, lesiones, homicidio, violencia intrafamiliar y otros, conforman el resto de delitos que los condenados pagan allí.

La idea es que cumplan con un proceso de resocialización. Es decir, que al salir puedan aplicar lo que aprendieron en la colonia y no reincidan. Y por eso intentan que sólo lleguen los condenados, porque saben exactamente cuánto tiempo van a durar.

Cada uno aprende de los 13 oficios o proyectos que tiene la prisión. Crían gallinas, cultivan cacao, naranja, mandarina, limón, yuca, plátano, hacen productos en madera, atienden la cafetería, el restaurante, crían ganado, lombrices, cerdos y aprenden de costura e hilos.

Lo que produce la cárcel lo venden a contratistas externos. En este sentido, Acacías es totalmente autosostenible, dicen la mayor y el director.

Aprenden el oficio, y lo cuentan como una lección aprendida con esmero. “¿Quiere ver las lombrices?, mire: tienen que estar en la oscuridad. A 10 centímetros uno encuentra el abono”, dicen, casi al tiempo, Arturo Ospina y Ernesto Robles, encargados de la lombricultura, al retirar una capa espesa de tierra, dejando ver miles de lombrices del tamaño de un dedo retorciéndose en el abono.

Ernesto es uno de los internos más viejos, tiene 69 años. Se esmera en explicarnos que está allí por “supuestamente” tocar a una niña, pero “como no pude defenderme de que no lo hice, me metieron acá”.  

No va a estar preso tanto tiempo como para llegar a los 80 años, la edad del preso que, dice el Director, es el más viejo de la colonia. A Ernesto le faltan cinco años y medio para salir.

Sin rejas

En la vía por donde entran los nuevos presos, que está pavimentada, pero es angosta y rodeada de maleza, pasan presos con palas, picas y hasta motosierras. Al final de la línea, un dragoneante los cuida. Tiene un arma terciada en su cintura.

Más adelante, va otro grupo de ocho internos, sin camisa. Son las dos de la tarde y el sol está picante. Atrás los vigila un dragoneante en una cuatrimoto, más cómodo, porque les faltan tres kilómetros hasta llegar al campamento donde viven.

“Al principio cuando llegué, ver esas cosas (los presos caminando con potenciales armas al hombro) me impactaba”, nos dice nuestro acompañante, Edgar Ledezma, uno de los subdirectores de la colonia, un pastuso quien pasó su vida como coronel activo de la Policía en zonas rojas del sur del país.

“La confianza que tratamos de crear es que un dragoneante se pueda ir con los presos a trabajar en el campo y no le hagan nada”, complementa el Director.

Como la colonia tiene 4.771 hectáreas y en solo 400 quedan los campamentos, el resto de tierra se usa para los proyectos de cultivo. Una parte colinda con un río, que este año creció por la lluvia e inundó un campamento, que fue evacuado. Otro, el más alejado, sirve para la rehabilitación de presos que voluntariamente deciden dejar las drogas.

Subiendo una loma, cuando la vía se vuelve trocha, llegamos a Alcaraván, el lugar más parecido a una cárcel en toda la colonia: barrotes, muros, rejas, gris. Para entrar hay que pasar por una requisa (en la entrada a la colonia no la hubo). Adentro, queda el taller donde se cosen los uniformes de los internos.

Los 51 presos que los cosen en un salón que parece una bodega industrial sin ventilación, dicen que pueden hacer un pantalón en 20 minutos.

¿Un modelo replicable?

En febrero, las directivas y presos recibieron por primera vez en la historia de la colonia una visita de delegados de la ONU. Había mexicanos, chilenos, un texano y un español. “No dijeron para qué venían, pero sabíamos que era para eso”, dice el director Ortiz.

‘Eso’, como dijeron también en la Alcaldía y en las calles del municipio, era revisar las condiciones de la cárcel para replicar su modelo y, eventualmente, usarlo como lugar de reclusión de los guerrilleros y agentes del Estado condenados bajo la jurisdicción especial para la paz, consignada en los acuerdos de La Habana firmados en Cartagena.

“Vinieron con toda la intención de preguntar cómo funcionamos. Y es perfectamente aplicable nuestro modelo, lo que pasa es que no hay la infraestructura en otros lados”, dice el director.

En la colonia dicen que la ONU trajo mapas, fotos satelitales, la lista de los nombres de todos los internos de Acacías, y que fueron un par de veces.

Por el pueblo corrió el rumor de que Acacías sería la sede de una nueva colonia donde estarían las Farc.

Pero a mitad de año, cuando anunciaron que las zonas veredales para la concentración de la guerrilla quedarían por La Macarena, Vista Hermosa y Mesetas, lejos del municipio, el rumor paró.

En Acacías ganó el No con el 71% de los votos. Pero ni el alcalde Gutiérrez ni otros con los que habló La Silla aducen la derrota a los rumores de la instalación de una colonia para las Farc, sino a que persiste el resentimiento contra la guerrilla.

En el pueblo no olvidan que el desaparecido Frente 31, con 120 guerrilleros, destruyó la estación de Policía de Guamal, a pocos kilómetros de Acacías, en 1996. Que al año siguiente el mismo Frente quería tomarse el pueblo con 80 hombres, pero que un batallón del Ejército lo impidió. Que entre 1997 y 2001 los guerrilleros pusieron explosivos en el peaje de Sardinata, que une al pueblo con Villavicencio. Que los ataques ocurrían muy tarde en la noche, o al despuntar el sol.

El mismo Alcalde, quien hizo activa campaña por el Sí, no olvida que ese Frente lo secuestró por unos días en 1996.

Si el rumor era cierto o no, el Gobierno no lo confirma. Aunque sí hay planes del Ministerio de Justicia para ampliar los modelos de colonias en otras zonas del país, en Cuba dejaron claro que no serán para las Farc.

Comentarios (1)

Gloria Nancy Hoyos

15 de Noviembre

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Señores a los presos, hay qué colocarlos a laborar, a estudiar y qué el SEN...+ ver más

Señores a los presos, hay qué colocarlos a laborar, a estudiar y qué el SENA les de capacitación, en las carceles de los Pueblos, donde haya café, se necesitan recolectores, donde se vive del cítrico, coloquenlos a que cosechen, el campo se está quedando sin mano de obra, esta es la hora para qué el Hombre no delinca más se resocialice y salga en tres o más años a buscar lo qué ya sabe.

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