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Viernes Octubre 31, 2014

 

Durante mayo y junio de 2011, visité Paz de Ariporo en el departamento de Casanare, como parte del trabajo de campo de un proyecto de investigación. Conocí muchas personas y encontré muchas historias de vida. Esta es una de ellas. 

 

En la sala de su casa se ve cómo la oscuridad se va adueñando de las horas. Se encienden las bombillas, hace pocos años el servicio de luz fallaba más. Afuera, el ruido de los carros y motos que pasan por la calle reviven esas épocas de toques de queda y sicariato en las que era mejor guardarse temprano.

Habla sobre la educación, quiere enviar a su hija a la universidad aprovechando las facilidades de algunos programas del gobierno para personas que están en su situación. La charla y los tintos van fluyendo, hasta que se rememora el pasado. Sus ojos se humedecen, y a pesar de que intenta contenerlas, por sus mejillas empiezan a correr lágrimas, símbolo de tristeza, pero también de memoria.

Hace algunos años vivía en las montañas. Su pueblo, como tantos otros del llano, fue fundado por misiones jesuitas. Se sembraba algodón, cacao y café. Por su lejanía y difícil acceso, el gobierno les permitió hasta el año 93 el uso de una moneda local. Con el tiempo, y la importancia del café en la economía nacional, los habitantes de Támara se inclinaron por la producción del grano que les permitió lograr cierto reconocimiento. Se consolidaba una economía campesina muy importante, su familia había ayudado en esta tarea, y aunque no era suficiente en términos económicos, trabajaba su finca, amaba la tierra.

Tristemente Casanare y Támara no estaban en los planes del gobierno (hasta el descubrimiento del petróleo), por lo que a mediados de los ochenta y luego de la Séptima Conferencia, Támara se volvió objetivo de las Farc, e hizo presencia específica el Frente 38. Por si fuera poco, a principios del Siglo XXI el Frente Adonay Ardila Pinilla del ELN empezó a tener actividad en el municipio. Se aprovechaban de la poca presencia del Estado, las malas vías de acceso y la geografía montañosa. Se adueñaron del territorio, establecieron las reglas de la vida y la muerte.

De esta manera, y como en muchas otras partes del país, a los habitantes los metieron en la dinámica del conflicto. Ahora, debían ocuparse no sólo de la producción de café, maíz, ganado o gallinas, sino que debían dejar una cuota extra para colaborar con la “revolución y la lucha armada”. Al parecer aquellos que no colaboraban sufrían las consecuencias, días antes había habido una matanza por allá de unas veredas, habían matado como a diez.

Sin embargo, sus esfuerzos extra no fueron suficientes. Salieron de su finca, perdieron sus tierras. La decisión no fue sencilla: si se quedaban, enfrentaban con su humanidad la adversidad, esperando que algún día llegaran estas “nuevas personas” a su casa y acabaran con sus vidas. La mejor decisión que pudieron tomar fue huir, dejando todo abandonado, el trabajo de varias generaciones perdido; salieron a escondidas, como si hubieran hecho algo malo, corrieron con sus hijos, cargando lo que más pudieron, algunos animales, cobijas, ropas, etc. Atrás habían dejado sus bienes materiales pero llevaban consigo el recuerdo de violencia, de muerte. En el pueblo los ayudaron, intentaron protegerlos, pero no fue suficiente: sus familiares fueron asesinados, ya les habían amenazado diciéndoles: “es que usted quiere dejar a esos hijos huérfanos”. Al salir desplazados, buscaron un lugar, querían seguir en su departamento, tenían identidad con el territorio.

Buscaron los municipios cercanos y se asentaron en aquellos que tenían hatos, ganado, arroz, sabana. En Paz de Ariporo se vivía una cruenta lucha por el poder: desde los años 80 mandaban los Carranceros; luego estos se alían con las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, y empiezan una cruda guerra contra las ACC y algunos frentes de las Farc y el ELN. Aparentemente, las AUC al mando del “Arcangel” lograron demostrar una superioridad militar, eran los que mandaban en los municipios de sabana del norte del departamento.

De Támara llegaron con el rótulo de desplazados; buscaron ayuda, no caridad; exigieron el beneficio al que tenían derecho. Pero se encontraron con una realidad absurda, la ayuda no era tan fácil de obtener. De cultivar café y otros alimentos ahora debían buscar algún empleo en sector urbano, pues la ayuda económica estatal no alcanzaba para vivir. Afortunadamente, lograron obtener una casa en donde refugiarse, pero no todos sus conocidos tuvieron la misma suerte: invadían, compraban tejas de zinc y delimitaban con palos y lona verde, esperando que un día no muy lejano los desalojaran.

Lo más preocupante, haber sido tildados por parte de las AUC como auxiliadores de las Farc. Al cruzar una frontera invisible muchos se volvieron objetivos militares. En cualquier momento, al lado de sus casas o yendo al trabajo, se estaba expuesto a morir, a morir de nuevo, era un momento en el que mataban la gente y las autoridades lo único que podían hacer era levantar cuerpos.

Una vez más volvió la muerte a su familia, su hijo fue asesinado. Muchos dijeron que fue una muerte equivocada, otros los sindicaron con actividades ilegales, las verdaderas razones nunca se conocieron. La Paz que buscaban solo hacía parte del nombre del municipio que eligieron para intentar vivir. La historia que pensó había dejado atrás, volvió a repetirse. ¿Habría valido salir corriendo nuevamente? ¿Qué sentido tenía ir a otro lugar? Decidió quedarse, luchar por sus otros hijos, trabajar en lo que no acostumbraba para asegurar la comida y el bienestar.
Ahora, cuando han pasado algunos años, en la sala de su casa, la memoria y el sentimiento conviven, no son episodios que ya pasaron y se quedaron atrás, hacen parte de su vida, de su cotidianidad, como decía, más sufrí, sigo sufriendo, la vida se me acaba.

 

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Foto: Bety Tibaduiza

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