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Miércoles Agosto 20, 2014

Por: Casa de las Estrategias.

Con las dos tertulias pasadas quisimos explorar algunas relaciones entre arte y narcotráfico; sin embargo, el sábado 26 de mayo estuvimos en la sexta tertulia de Narcorama en la Casa Teatro El Poblado con Sergio Restrepo, Samuel Vásquez y Víctor Gaviria. En ésta se problematizaron muchas de las ideas que teníamos sobre este fenómeno.

Intentamos que fuera una tertulia para hablar de la relación entre el arte y el narcotráfico y en ese sentido pudiera haber sido una tertulia más. Pero lo que no calculábamos, es que se iba a hablar desde el arte: el vivido por Samuel y Víctor que no se deja segmentar por el narcotráfico ni circunscribirse a un apellido. En ellos el arte era la vida y el narcotráfico era una parte del mundo más, un segmento de la ciudad que llamó la atención y fue fugazmente central por la novedad y por la profunda violencia.

Samuel nos regaña por desperdiciar a un artista como Víctor Gaviria hablando de narcotráfico cuando debería estar leyendo su poesía o “las historias de su tío Miguel”. Desde esto, nos muestra la raíz de los asuntos del poder, el interés de una elite de que algunos problemas subsistan, el caldo de violencia donde se formó nuestro narcotráfico y la burguesía terrateniente que se impuso sobre una burguesía industrial que intentó plantear un proyecto de modernidad.

El regaño abierto de Samuel es contundente en dos frases:

“Nos gusta hablar del mal para podernos sentir un poco buenos.”

“Condenar el narcotráfico nos hace sentir honorables.”

Con la relación, ahora descubierta como banal, pero en todo caso una buena excusa, entre el mercado del arte y el narcotráfico; Samuel señala la anécdota de un grupo de teatro al que perteneció. A éste, llegó un narcotraficante que le quería comprar un títere a su hijo; sin embargo, y a pesar de la rabieta y de estar dispuesto a pagar una completa desproporción, el grupo no lo vendió.

En esa misma línea, Samuel rechaza enfáticamente que el mercado del arte colombiano se haya transformado gracias al narcotráfico. Aquí, señala la falta de importancia del narcotráfico, el asunto de los gustos y cómo los casos aislados no generaron una tendencia ni una corriente real. Hace un paralelo de precios y así queda claro que las obras colombianas no tuvieron un comportamiento de precios distinto a las latinoamericanas y sí muy inferiores a las europeas.

Por su parte, Víctor señala casos de artistas en los 80’s financiados por el narcotráfico y plegados a esa fiesta. Lo que primero nos deja ver es que a principios de los 80’s no existían las mismas categorías para nombrar el narcotráfico, no sólo porque era reciente el negocio de la cocaína en Colombia y porque el Estado colombiano apenas asumía una postura, sino porque poco interesaba, a artistas anarquistas y de izquierda, lo que pudiera decir el Estado y EE.UU.

Víctor es audaz refiriéndose al pacto, que en realidad fueron pactos por todos lados, donde él explica que con la droga (el consumo) siempre ahí, había una concordia: se pensaba que en medio de una densidad, una noche oscura, había un acuerdo de ciudad. Más allá de esto, había un entusiasmo: se veía al narcotráfico paisa desafiando al Estado y a la clase política santafereña. Adicionalmente, se creía que el narcotráfico iba a acelerar la revolución que se esperaba con la efervescencia de los 70’s.

Gaviria se interesa acá sobre el consumo, mostrando el resquebrajamiento de una moral que no funcionaba. Habla de la sociedad antioqueña como una ahorradora, trabajadora, enfrentada a una nueva ola de consumo y unos hermanos mayores y padrones que dieron acceso a esto y los artistas, intelectuales y bohemios no fueron la excepción, estando en esas parrandas inacabables repletas de droga.

 

                Imágenes: Camilo Uribe.

 

La sensibilidad de Víctor es magistral en el momento en que habla de los pelados, con los que grabó Rodrido D No Futuro y con los que venía trabajando: “Estábamos en comunión con ellos” y ésta se dio a través de la droga, era la única forma que tenían para conectarse con ellos.  

Nos trae desde los 80’s hasta ahora y nos dice que hoy por hoy, “cuando tocan esa campana de la fiesta del fin de semana, todos esos pelados corren a las miles de ollas que hay en Medellín a comprar su gramo y su bareto, a drogarse...”. Con esto, nos pregunta qué es lo que celebran esos pelados y la respuesta es brutal: “desvincularse de la ciudad”. Aquí, recuerda que ellos también celebraron junto a esos pelados por un momento, con la diferencia de que ellos sí podían regresar a la ciudad. La droga, entonces, creaba ese paraíso, un paraíso que, según Víctor, es barato pero está en la tierra, está a la mano y produce una concordia con sólo tener un gramito.

Gustavo Duncan pregunta por la ausencia del arte en retratar ese momento a los narcotraficantes como héroes populares y a algunos pelados que los veían como tal.

Samuel es enfático en responder que eso fue tremendamente efímero, que esa picardía de mirar a un narcotraficante poniendo en jaque al poder se desvanecía cuando veíamos las formas de control y de apropiación de estos nuevos patrones. Sobre esta pregunta, Víctor habla de una gran confusión, un telón que se rasgó, cuando se hablaba de Pablo Escobar en la selva formando una guerrilla que se iba a llamar Antioquia Presente y proponiendo una alianza con el “M” y el ELN. Finalmente, explica él, les tocó descubrir una estructura fascista en el narcotráfico.

A modo de cierre, Víctor Gaviria cuenta una anécdota sencilla pero bella sobre la decepción: andaban con un adolescente de una cabellera muy bien cuidada, bonito, y uno de estos personajes burdos, que repartía la cocaína en las fiestas y mostraba una metralleta, le pagó para que se cortara el pelo.

En esta tertulia, llena de sensaciones, esta anécdota sencilla de calidad cinematográfica, contrasta con la frase de Samuel de que “la belleza es necesaria porque es lo que nos permite enamorar”. Hay un comentario que se nos antoja al final de la tertulia de un tema que parece sin cierres posibles: ¿Acaso el problema fue los narcos que nos tocaron y no que el negocio fuera ilegal? ¿Quizá había una materia prima anterior al fenómeno como ya lo veía Débora Arango en sus obras?

Comentarios - Cada usuario tiene la posibilidad de incluir solo tres comentarios
Mar, 2012-06-12 00:27

Aunque la reseña de la tertulia es confusa, además de compartir los problemas de redacción persistentes en este blog, se pueden señalar varios puntos de discusión: 1. resulta pueril descalificar la crítica a la subcultura del narcotráfico con el argumento de que los críticos quieren sentirse mejores personas. Esa afirmación está emparentada con aquella evasiva ligera según la cual "todos estamos untados"; esto, sencillamente, no es cierto. 2. hay una tendencia en Antioquia de justificar el narcotráfico y el paramilitarismo como reacciones a la "ausencia" del Estado o respuestas a su carácter "centralista". Sin embargo, el Estado (normas, instituciones, mecanismos de representación, recursos públicos) siempre ha existido en esa región y nunca en manos de "forasteros". 3. Muchas personas y organizaciones sociales han podido acercarse a los jóvenes marginales, y trabajar con ellos, sin necesidad de compartir el uso de drogas. Tenga o no méritos esta opción, es solo eso: una opción.(Sigue)

Mar, 2012-06-12 00:47

4. Vale la pena profundizar en la diferencia entre una interpretación artística de las situaciones, épocas, ambientes o formas de vida ligadas al narcotráfico y la explotación de esos elementos. Por ejemplo, en un trabajo como "Sumas y restas" es muy difícil encontrar la reflexión o el esfuerzo etnográfico o la mirada poética: parece un recuento triste y tedioso de las taras que la mirada artística se niega a desafiar. Tal vez para muchas de las personas y comunidades atascadas en el gobierno de las organizaciones criminales lo artístico ya no se definirá en términos de un tipo de relato o un medio de comunicarlo. Lo realmente artístico será procurarse una vida diferente.

Mié, 2012-06-06 05:19

Interesante teoría sobre la relación del arte y el narcotráfico. Vale la pena extenderlo más, con ejemplos concretos, en otro artículo.

Excelentes las ilustraciones de Camilo.

Mar, 2012-06-05 13:04

Complementaría a Samuel diciendo que: " cuando hablamos del mal estamos mal, y que cuando hablamos muy mal del mal, nos creemos menos malos pero seguimos mal o muy mal".Pero cuando somos buenos no necesitamos hablar del bien porque estamos bien,practicando el bien.Sólo hay que ser buenos con nosotros mismos para ser buenos con los demás, y sólo amamos a los demás cuando nos amamos a sí mismos.Cuando no separemos la vida de la obra seremos todos artístas en/de lo que hacemos, porque todo lo que hacemos no lo hacemos a nosotros mismos.El arte, el conocimiento , la sabiduria y el amor no son nada-o no valen nada- si no dan y nos dan felicidad.

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