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Martes Septiembre 30, 2014


En la imagen de portada de la edición dominguera de un “periódico de ayer” del 2011 dos militares miran una de las armas incautadas a un grupo de hombres detenidos que lucen uniforme camuflado de tintes desérticos y botas comunes de caucho: los dos militares parecen entusiastas al registrar en una planilla el número de su fusil, uno de ellos tiene una boina que lo distingue, tal vez pertenezca a un comando especial, el otro tiene un casco bien diseñado como el que llevan los soldados estadounidenses en Irak o Afganistan.


En otra foto de la misma edición se ve a los mismos integrantes de “Los Uribeños”, perdón, “Los Urabeños”, capturados en el municipio antioqueño de Yali, el 3 de diciembre de 2010; la noticia del 2011 se ilustra con una foto que ya es de archivo, una alineación de hombres de espalda, algunos cabizbajos y detrás de ellos sus fusiles, no tienen cascos.


En la misma edición impresa del periódico El Tiempo también se publicó otra foto como ésta, solo que ahí los hombres están de frente, en línea, a algunos se les ve la cara. A la izquierda hay uno cabizbajo, otros tres están atentos a algo que sucede por fuera de la foto, pero ha quedado un buen retrato de los tres primeros a la derecha: dos de ellos chuchillean entre sí, ambos tienen boinas, una tiende más a ser un pasamontañas o incluso puede ser un gorro rastafari, la otra se parece a la que distingue a los soldados de un comando especial, uno de los dos tiene el pelo largo y desmechado, a lo “emo”. El tercer hombre, el primero de la fila, es acuerpado, aguileño, altivo, tiene aretes en ambas orejas y el pelo corto pero revuelto, le cuelga entre las piernas la punta flácida de un cinturón multicolor discotequero.

Todos los hombres tiene los mismos uniformes camuflados desérticos y chalecos de provisiones vacíos; a pesar de no estar armados, inspiran profesionalismo, parecen jugadores en la alineación previa a un partido de fútbol profesional colombiano, es más, tienen caras de futbolistas nativos, de jóvenes, de mestizos, de negros, no hay un solo blanco o un hidalgo rolo caribonito, no hay un viejo o un "técnico" y, para ahondar en la comparación futbolera, a cada jugador de este equipo le está permitido personalizar su apariencia: aunque todos tienen la misma dotación hay cierta anarquía en el ambiente, un espacio para el libre desarrollo de la personalidad, una ventaja en lo individual que se tiene por pertenecer a esta escuadra, algo muy diferente a los otros equipos donde impera la disciplina del orden militar o la parca ruralidad de las bases guerrilleras.



El “informe especial” de El Tiempo se tituló “El desafío de las bandas emergentes” y daba cuenta de algunas aproximaciones a este grupo social, incluidos sus varios nombres según el grado de corrección o incorrección política: los que ven en ellos una continuidad de los paramilitares los llaman “neoparamilitares”, los que creen en la versión gobiernista de que el fenómeno paramilitar cesó luego de la desmovilización y extradición intempestiva de algunos de los altos mandos a Estados Unidos prefieren referirse a ellos como Bacrim (“Bandas criminales”). Alguien por fuera de la actualidad alarmista del “informe especial” pero con memoria histórica podría llamarlos “pájaros”, como se les decía a los mercenarios contratados por los gamonales del poder a mediados del siglo pasado, o referirse a ellos como bandoleros, mercenarios o piratas para invocar designaciones bélicas aun más inmemoriales.

Pero a pesar de que el “informe especial” de El Tiempo se extiende a varias páginas gracias a una visita temeraria que hicieron sus reporteros a la zona, y da cuenta de algunos de los posibles financiadores de este “nuevo enemigo”, la investigación hace muy poco por mostrar los viejos nexos que tienen estos grupos con los poderosos de la zona.


Es como si uno leyera El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde, la famosa novela de Robert Louis Stevenson, y se quedara deslumbrado por Mister Hyde y por ello dejara de contemplar al Doctor Jekyll: en la historia literaria de Stevenson un “buen” y reputado doctor experimenta en secreto consigo mismo y se toma una pócima que lo lleva a convertirse en un oscuro míster del “mal”. En el novelón mediático del día a día se prefiere atribuirle casi todo el mal a los Mister Hyde sin señalar que realmente son los Doctor Jekyll quienes con su travestismo temerario han propiciado este estado de cosas bajo un sistema macabro de experimentación que se les ha salido de control: Mister Hyde es malo en sí mismo, el Doctor Jekyll es bueno de puertas para afuera pero hacia adentro es quien por cuenta propia le ha abierto la puerta al mal.

Y aquí no estaríamos hablando de un arrume de “parapolíticos” detenidos, otros Mister Hyde, sino de todos esos Doctor Jekyll que siguen impunes en la trasescena urbana y rural, no basta con el contentillo de judicializar a unas cuantas multinacionales por la connivencia que tuvieron con los paramilitares o de encerrar en la cárcel a unos parapolíticos a que se parrandeen el patio de los parapolíticos. Los Doctor Jekyll siguen libres por ahí tras bambalinas y pareciera que una vez más tuviéramos que tragarnos el sapo de su impunidad y atribuirle el origen de todo este entuerto a unas “fuerzas oscuras” del mal, el eufemismo deliberado que una y otra vez inclina la balanza hacia el lado de los Mister Hyde de turno y deja oculto —esconde, “hyde” en inglés— a los Doctor Jekyll.


Sin embargo la vida nunca es tan simple, y al volver a la foto, hay demasiado orgullo en algunos de estos integrantes de las “bandas emergentes” como para pensar que son malos solo porque sí; por ejemplo, el hombre que corona la foto a la izquierda irradia una determinación poderosa, una voluntad de poder, incluso, con ambos brazos recogidos sobre sus hombros parece estar sacando el pecho como si fuera un gallito de pelea. Por supuesto, es solo una foto, tal vez al segundo cambió de expresión; o es posible que haya muchos más motivos para ese fiero carácter, tal vez tuvo que matar a un amigo como ritual de iniciación y luego tuvo que hacer algo tan macabro con ese cuerpo que su polaridad hacia el mal es ahora irreversible; o tal vez este hombre sea un eslabón más en una añeja cadena de venganzas: un poderoso contrató a un policía para matar a un hombre humilde que buscaba justicia, luego un insurgente mató a ese policía, más tarde el hijo del policía prometió matar a los guerrilleros y así una espiral vindicativa se convirtió en un fin en sí mismo. Más ahora, donde no parece haber un liderazgo fuerte o una conexión directa con un fin político como el de “refundar la nación” o el de coaptar el Estado, o el objetivo de hacer una contrareforma agraria de índole fascista, o tal vez todo eso ya se logró de alguna manera en los últimos años y solo se recurre a la fuerza para mantener legal lo adquirido hace poco o hace mucho de forma ilegal.

Con el acceso a la pócima poderosa que produce el laboratorio social del narcotráfico, estos Mister Hyde, como en la novela de Stevenson, han cobrado tal independencia del Doctor Jekyll que incluso amenazan con matarlo, son como unas franquicias autónomas millonarias que se ofrecen al mejor postor su alternativa temeraria. El brebaje está ahí a pedir de boca, poco importa si es de izquierda o de derecha, si es de una zona o de otra, de un estrato o de otro, cuando se trata de negocios y poder todos se igualan.


O tal vez, a nivel individual, todo sea más sencillo, más primario, tan simple como portar un celular, y así como la mayoría de colombianos cosmopolitas se han armado de teléfonos móviles y basta visitar cualquier centro de venta para ver la febril y candorosa pasión que despiertan estos aparatos —y todos conocemos lo “desamparados” que estamos sin ellos—, a muchos de estos guerreros campestres y suburbanos los mueve algo igual de básico: tener un arma (además, por supuesto, de tener un celular). Tal vez por eso, el libro de Alfredo Molano, Ahí les dejo estos fierros, es una aproximación certera a este asunto, y sin obviar las aristas políticas y sociales, muestra que lo terrible de este mundo es que cada uno tiene sus razones, entre ellas una muy valiosa, la de andar armado, sentir y batir ese poder que por un instante es capaz de tronar y de llevarse todo por delante. Propiciar el drama de morir pero también pero también hacer parte de él; participar, actuar, así sea en ese fatídico margen..

“Andar sin armas, andar desarmado era sentirse un objetivo, un blanco o lo que también llaman una diana. Me sentía suelta, desorientada y hasta sin futuro. No me acostumbraba a moverme sin el peso del fusil. Faltaba. En el abismo. Me despertaba y buscaba dormida el frío del cañón, el gatillo, la culata. Había entregado mi poder, estaba entregada. Sin el fierro era casi otra persona, nadie. Una pesadilla. Ya no dependía de nadie, nadie me daba órdenes, nadie me mandaba. Sentía un hueco día y noche. Sin armas, ¿de quién dependía? ¿Cómo podría defenderme? Ya no existían ni mandos ni tinieblas, ni maridos. Estaba sola y vacía.”

“Nos reunimos por fin en Santo Domingo, Cauca, para definir la oferta de desmovilización que hizo el presidente Barco. Se discutió mucho. De manera muy intensa y acalorada. La mayoría aceptaba la desmovilización como un paso hacía la acción política legal. Si la guerra es la política por otros medios, decían los defensores, la política es la guerra por otros medios; pero los dos medios al tiempo eran imposibles, aunque la oligarquía así los empleara. Tres votos fueron negativos. Temían que la entrega de las armas equivaliera a poner el pescuezo en la guillotina. Pero solo fueron tres votos. Hubo uno curioso: ni sí ni no. La entrega de armas fue una ceremonia fúnebre para muchos. Los muchachos se habían enamorado de sus fierros; sin ellos sentían un vacío profundo; tenían miedo de andar de civil. Las armas son poder puro, en el dedo. Soltar ese poder era también perder la libertad, estar sometido a la voluntad del otro y ese otro era —ni más ni menos— nuestro enemigo, el que nos había decretado la muerte. Era renunciar al futuro.”

“Pensé muchas noches en volver a ponerle precio a la vida, en volver a los fierros. Los fierros son los fierros y uno, con uno en la mano, se hace obedecer: “Muestre a ver, bájese de lo que lleva, ¿o quiere que le echen tierra en la boca? Al piso, so malparido, gonorrea”."
 

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Mié, 2011-03-16 12:28

Qué buen texto, aunque poco eco hace. La verdad de a puño para el sector aun dominante es que los buenos somos más y paramilitarismo se acabó. Lo demás será entendido como resentimiento de unos pocos ¿caguaneros? ¿.

Menos eco tendrá si remata citando a Alfredo Molano, aquel "señor mechudo" de quien el ex presidente trinador dijo estar "muy cansado", además de otros comentarios desobligantes ante el comité editorial del Washington Post (!). También hay que recordar que para nuestros agentes del tenebroso G3 los libros de Molano son "documentos rectores de las guerrillas colombianas".

Mié, 2011-03-16 09:13

Eso demuestra la descomposición que existe en el estado colombiano.
Desde el primer momento en que la justicia negocio con aquellos que la violaron, se abrió una ventana al delito; DELINCA HOY Y NEGOCIE DESPUÉS.
El modelo inquisidor que hay en Colombia, replica de lo aplicado en el resto del mundo, es el origen de la actual descomposición.
A eso hay que abonarle la diarrea de leyes y normas que a diario vemos que hacen trámite en el congreso, fruto de las imposiciones de los mandatarios de turno y su ministros; porque muchos congresistas se convirtieron en idiotas útiles de un pequeño grupo.

Mar, 2011-03-15 20:47

Dejar las armas parece más difícil que tomarlas. Que buen artículo.

Mar, 2011-03-15 13:26

A estos sicarios les pasa como a los otros que llamamos policía,soldados,uridas etc,se dejan lavar el cerebro dizque para defender la patria y resultan asesinando para la oligarquía y en contra del pobre.

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