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Miércoles Octubre 01, 2014

Luto y dolor se viven en estos momentos en mi país. Y es que cuando sucede un terremoto de 7.2 grados en la escala de Richter, todos nos alertamos y nos disponemos a esperar lo peor en lo que respecta a muertes y catástrofes.

A mi me tocó sentir la tremenda sacudida en El Salvador, e inmediatamente me comuniqué con mi familia y amigos en la capital. Muchos Salvadoreños preguntaron si mis conocidos habían sido afectados y se solidarizaron de inmediato. Les dije que mis allegados estaban bien, pero que mi país sufría.

Ante las imágenes que siguen publicando medios de todo tipo, sigo pendiente de las noticias, rezando porque la cifra de muertos no aumente, y que los heridos en los hospitales puedan recuperarse fruto de la acción oportuna y medios suficientes dispuestos ante la declarada Alerta Roja.

Esto me lleva irremediablemente a pensar en las madres que están llorando la muerte de sus hijos. Jóvenes que están buscando a sus familiares y amigos desaparecidos. Médicos que nuevamente están haciendo milagros al atender a los cientos de heridos por los derrumbes. Guatemala está de luto.

Pero los chapines también están despiertos y dispuestos a ayudar. Ante la tragedia y dolor nacional, me da mucha alegría leer en los periódicos que la ayuda internacional, pero mucho más la nacional, no se ha hecho esperar. Tengo la gran esperanza que tanto organizaciones del gobierno como privadas, no escatimen esfuerzos y medios que puedan ser ofrecidos para dar una taza con café caliente a un paisano con frio, una colchoneta al que ha perdido su casa, o un abrazo de consuelo a esa madre que sufre por la pérdida irreparable.

Si el terremoto derrumbó edificios, nuestra esperanza y solidaridad debe ser más fuerte y constante.

Hoy, desde el pulgarcito de américa, sigo recibiendo noticias y estampas de dolor, pero también veo con orgullo a cientos de chapines dispuestos a brillar ante tanta oscuridad.

¡Vamos Guate, es hora de Solidaridad!

©Francisco Díaz