Por Julieta Lemaitre · 24 de Agosto de 2017

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Empieza un nuevo semestre de clases y como de costumbre mis alumnos parecen cada vez más jóvenes. Este año nacieron en medio de la arremetida paramilitar de finales de siglo XX: 1996, 1997, 1998, 1999, cuando muchos de los que hoy gobiernan, legislan y juzgan ya estaban gobernando, legislando y juzgando. Pero lo hacían en otro país, uno que mis estudiantes nunca vieron: el país de los grandes desplazamientos colectivos, de las masacres que duraban días, de las “pescas milagrosas,” de los cuerpos torturados que bajaban los ríos y atracaban en las arenas de sus meandros más pronunciados (la “playa del muerto” le decían en varios pueblos.) Ese no es el país de mis alumnos; para ellos, esas son cosas de viejos.

Se sientan en los salones de la universidad mirándome con curiosidad, justo al borde de su adultez, uno junto al otro, sintiéndose tan distintos, pero compartiendo un futuro en común que nunca conoceré. Vivirán el mundo del 2040, del 2050, y tendrán que enfrentar los efectos del calentamiento global y de la deforestación acelerada, la capacidad inaudita de los estados de espiar cada uno de sus movimientos, los desarrollos de la inteligencia artificial y de la medicina genética, así como otras transformaciones políticas y sociales que no alcanzo a imaginar siquiera.

Es difícil predecir cómo será el país para el cual los educamos, más allá de decir que esos años son de ellos, solo de ellos, pero que lo que les suceda entonces, bueno y malo, en buena parte no depende de ellos. En cambio, depende de las decisiones de hombres (y siguen siendo en su gran mayoría hombres) que gobiernan, legislan y juzgan desde los años noventa, y que no saben que están viejos. Que no tienen un futuro en común con mis alumnos, ni con de este país que tiene menos de 24 años, que nació después del noventa y tres.

Y es que muy pronto para la mitad de este país Jacobo Arenas y Pablo Escobar serán tipos que murieron antes de que ellos nacieran. Ya mis estudiantes nunca vieron en vivo hablar a Carlos Castaño por la televisión; estaban demasiado pequeños. Para casi todos ellos, Castaño siempre estuvo muerto; no tienen recuerdos de Ingrid sin conocer el rescate también, y los diputados del Valle nunca estuvieron secuestrados sin que se supiera su suerte.

Nada de esto tiene sentido para los grandes políticos, congresistas y jueces, ni para tantos periodistas y funcionarios técnicos, que vivieron parte importante de su vida, quizá la parte más importante, en el siglo XX. Miren a su alrededor y verán cómo el timón se lo disputan hombres de alrededor de sesenta años a quienes les quedan diez, quince años con el pleno goce de sus facultades, quizá veinte si tienen salud excepcional, pero seguramente menos años de micrófono, de elecciones, de columnas, de twitter. Quisiera creer que llevan el barco a buen puerto, pero al ver en escena sus vanidades no puedo menos de pensar en El Rey se Muere, una obra de teatro de Eugene Ionesco.

En El Rey se Muere, el rey quien ha dirigido el país y sus glorias desde siempre, recibe noticias de provincias que se derrumban y desaparecen, y el caos poco a poco va cercando el corazón del reino. Y sin embargo, mientras avanza la obra, el espectador descubre que las provincias distantes están a salvo, que no hay tales desastres, que es solo el rey quien se muere.

El mismo síndrome apocalíptico afecta a muchos hombres mayores, gente pública cuyo cuerpo y mente en efecto se derrumba, y confunden el fin de sus facultades con el fin del reino.

Tiene muchas ventajas ser gobernados por viejos, sin duda: la experiencia no se improvisa, ni la paciencia. Pero la edad no garantiza la sabiduría, ni la generosidad de apostarle a un futuro que es ajeno, en lugar de pasar el tiempo ajustando las cuentas del pasado y contando los dolores del cuerpo. Y es que se necesita mucho temple para sembrar árboles a cuya sombra uno jamás se sentará, para pensar obras destinadas a responder a inundaciones que llegarán una vez estemos muertos.

En cambio, es de temer la ira de quien sabe, así no lo reconozca, que poco tiempo le queda, que lo mejor de su vida no va a regresar, que es una tremenda injusticia (y cuándo es justa la propia muerte) que el futuro sea de otros, sea de muchachos imberbes, de niñas de poca prudencia. Quizá no sólo el futuro: dentro de nada, el presente.

Así que hay que tener cautela con el poder que se entrega al rey que muere. 

Comentarios (5)

JC

24 de Agosto

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Muy buena columna. Parece pintar un panorama sombrío, pero el tono cambia en la última línea. Sin embargo, queda la pregunta de cómo tener cautela con el poder que se le entrega al rey que muere si los jóvenes no parecemos interesados en el pasado reciente, ni en formar un criterio sólido que nos permita elegir mejor entre los políticos viejos que aspiran a gobernarnos.

Muy buena columna. Parece pintar un panorama sombrío, pero el tono cambia en la última línea. Sin embargo, queda la pregunta de cómo tener cautela con el poder que se le entrega al rey que muere si los jóvenes no parecemos interesados en el pasado reciente, ni en formar un criterio sólido que nos permita elegir mejor entre los políticos viejos que aspiran a gobernarnos.

Juan Felipe Correa

24 de Agosto

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Qué bueno es leer a Julieta... sin los afanes de los días, sin la paranoia d...+ ver más

Qué bueno es leer a Julieta... sin los afanes de los días, sin la paranoia de ser victimas de todo y de todos... es curioso el panorama de los que se sientan frente a ella, pero no olvidemos que son menos del 6% de la población colombiana (qué decir del mundo)... tal vez el otro resto de jovenes (la mayoría?) no sabrán tampoco qué pasó antes de ellos, pero si sufrirán sus consecuencias!

Kathy Porto

25 de Agosto

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Qué lindo,  poético , nostálgico , cierto Julieta!

Qué lindo,  poético , nostálgico , cierto Julieta!

dokholord

25 de Agosto

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Lo importante es que las situaciones toquen el fondo del considere, para despe...+ ver más

Lo importante es que las situaciones toquen el fondo del considere, para despertar la conciencia lo digo por experiencia, un día a uno no le importa nada y luego situaciones lo afectan y despiertan el interes, y que queda, comenzar a luchar para cambiar paradigmas. El fututo de este país esta en manos de los jovenes. Afortunadamente las personas pasan y las instituciones prevalecen.

chjarami

28 de Agosto

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Excelente columna. Por eso la importancia de las humanidades y las ciencias sociales en la educación: para que los jóvenes puedan conocer y asimilar lo pasado. Para que puedan - y quieran- asumir el rol de plantar sus propios árboles lo antes posible.  chjh

Excelente columna. Por eso la importancia de las humanidades y las ciencias sociales en la educación: para que los jóvenes puedan conocer y asimilar lo pasado. Para que puedan - y quieran- asumir el rol de plantar sus propios árboles lo antes posible.  chjh

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