Por Teresita Goyeneche · 25 de Abril de 2017

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Leticia aún no cumplía veinte años cuando tuvo que huir de casa. Al final de los años 40, Coyaima, Tolima, su pueblo de nacimiento, el único reino conocido por la joven mitad pijao de cabello negro y piel tan blanca como las nubes, era un hervidero de terror. La región estaba llena de campesinos liberales heridos por la represión rural que azotaba sus tierras y de legiones de policías, a quienes el gobierno del conservador Marino Ospina Pérez había ordenado el exterminio total de esos insurgentes. La Violencia, le llamaron a esos años.

El inició de aquel fenómeno sacó a la chica de su casa y los recuerdos fueron tan sangrientos y dolorosos que poco volvió a hablar de esos días y de esa vida. Atrás quedaron su ranchería, sus padres, sus tierras, los cultivos que ella alguna vez cuidó, los animales de corral a los que no sabía nombrar y las cercas de madera que marcaban los límites entre lo suyo y lo del vecino. Muchos años después me contaría, entre risas y cosquillas, que esas largas estacas habían sido motivos de accidentes infantiles, golpes en la cabeza y heridas que debían cuidarse entre ella y sus cinco hermanos.

Según un informe de la Secretaria de Agricultura de Tolima de 1959 que, de acuerdo con el Centro de Memoria Histórica de Colombia, fue el primero en cuantificar las víctimas de la época de La Violencia, se estimó que hubo 16.219 muertos entre 1949 y 1957, “sin incluir los muertos habidos con fuerzas regulares del Ejército, ni en masacres colectivas, que generalmente eran abandonados a los animales, o arrojados a los ríos y precipicios, y tampoco las bajas sufridas por las Fuerzas Armadas”. Además de esto, hubo 321.621 desplazados -42,8% de la población total del Tolima- durante esos años. No puedo dejar de pensar que una de ellos fue Leticia, con sus ojos rasgados y sus cejas gruesas de oscuro perfecto.

Si miro en Google Maps la distancia que tuvo que viajar desde Coyaima hasta Bogotá fue de 216, 8 kilómetros. Hoy podríamos recorrer esa ruta en cuatro horas, pero en esos años la diminuta Leticia, que no pasaba del metro y medio de estatura, los debió hacer en carreta con lo poco o nada que su madre Eulalia le dio para llegar a casa de su tía en la capital.

En horas que pudieron ser días vio con esos ojos pequeños que tenía el cambio de paisaje cinematográfico que va del verde húmedo, selvático y fértil que es la tierra tolimense, al paso por el sur de Cundinamarca y luego al ascenso de la montaña, donde poco a poco fue conociendo el cielo gris eterno, el hermetismo emocional de Bogotá y sobre todo, el frío.

Lo que pasó en los años siguientes es borroso porque ella cambió la versión muchas veces, pero se sabe que llegó a Bogotá, asistió a su tía en casa con las labores hogareñas y después conoció a un joven marinero de origen boyacense y apellido vasco que se la llevó a vivir a Barranquilla. Allá tuvo a su primer y único hijo.

A mediado de los 50 se mudó sola a Cartagena y ahí conoció a Luis, un cubano de origen libanés al que le gustaba escuchar a Buck Canel narrar partidos de las Grandes Ligas, y que vendía telas en la calle de Las Carretas del Centro Histórico. El hombre estaba en la puerta de su tienda uno de esos días de lluvia caribeña y vio pasar a la muchacha de belleza peculiar y astuta – cualidades que conservó hasta el día de su muerte- y le tiró un tapete para que no se mojara los pies.

Luis se casó con Leticia muy enamorado, adoptó a su hijo –a pesar del escándalo que eso representó para su pudiente familia, que por varios años optó por pretender que ellos no existían-, se mudó a Olaya Herrera (que ya en esa época era un barrio difícil, de estrato medio-bajo y receptor de los recién llegados de la transición de los 50 y los pobres raizales de siempre) y crió al niño como si fuera suyo. Con el amor que eso requiere. Con la devoción y la seriedad que eso amerita.

El chico, llamado Fredi, fue indisciplinado, melancólico y desarraigado. No supo de dónde venía y se clavó de cabeza en los libros y la música para encontrar un presente y un futuro al que aferrarse. Pasó por siete colegios, porque a pesar de las excelentes notas, era de una indisciplina que lo hicieron merecedor de cientos de coscorrones de Leticia.

La desobediencia contrarrestó con el afán del muchacho por enseñar a leer y escribir a su mamá quien, después de aquella educación recibida por el chico, descubrió la Biblia y abrió una tienda que se volvió famosa en el barrio donde vivieron desde los 70: Lo Amador. Un asentamiento popular ubicado en la bajada del cerro de la Popa, donde vivían mayormente obreros que trabajaban en barrios como el Centro, Bocagrande, Manga y el Pie de la Popa.

Fredi, el hijo de Leti y Lucho, fue primero fotógrafo en la playa y luego se volvió líder sindical, cuando fue obrero en la zona industrial cartagenera: Mamonal. Después estudió economía, hizo una maestría en estudios políticos y económicos, y ahora termina un doctorado en ciencias sociales. Durante más de treinta años ha dedicado sus días a hacer investigación sobre el Caribe y a ser docente universitario en varias entidades educativas de la ciudad. Ese hombre es mi padre, el Profe Goyeneche. Y yo me pregunto cada día qué sería de él –de mí y mis tres hermanos- si mi abuela no hubiera vivido la guerra, el exilio y las dificultades, hasta llegar aquí, donde le dio camino a nuestras vidas.

Según la ONU, Colombia fue en 2015 el país con el mayor número de desplazados –por encima de Siria y de Irak-. Víctimas de un conflicto armado que, a pesar de la firma del Acuerdo de Paz con las FARC, sigue siendo una realidad en muchas regiones del país. Cada uno de esos 6,9 millones de casos registrados es una vida y una oportunidad. La guerra, que es siempre sinónimo de muerte, también es una oportunidad para la vida de aquellos que logran huir. Cada uno de los que no somos muertos del conflicto armado, sino nacidos gracias o a pesar de él, nos debemos a la paz, a la educación y a hacer crecer a aquellos que nos rodean.

Mi papá, mi abuelo Lucho y sobre todo mi abuela Leticia me dejaron ese legado. Todos los colombianos hemos nacido en el marco de un Estado violento, por eso depende de nosotros hacernos cargo de la paz.

Leticia González y Luis Ilelaty

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