Por Toni Celia · 08 de Febrero de 2017

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-”Who am I to blow against the wind?”

Paul Simon 

 

    Desde el cierre del emblemático Teatro Municipal Amira de La Rosa, nos hemos visto atrapados en una encrucijada que es parte política y parte cultural. Vivimos en un vortex de incertidumbre sobre su presente y su futuro y al parecer, esto ha sido tomado por el gremio cultural, artístico, y creativo de la ciudad como una incertidumbre sobre la mismísima fibra de su sustento. Yo lo llamo alarmismo prematuro y  me parece que ha desplegado todo el dramatismo propio de los clichés que suele asignársele a esta industria. Qué no panda el cúnico. Todo en la vida es una curva gaussiana y un inmueble no está exempto de los vaivenes naturales del crecimiento de una ciudad. Debe ser esta una oportunidad estratégica para desplegar toda nuestra creatividad y aplome, y usar a  la ciudad entera como un gran experimento espacial. 

    Primero al césar lo que es de él: la Secretaría de Cultura del Distrito, en cabeza de su secretario, ha hecho un esfuerzo loable por no frenar la actividad cultural propia de sus labores. Por medio de concurridos conciertos gratuitos, activaciones en plazas y parques, el Distrito (aunque tiene gran parte en toda la encrucijada actual del Teatro), no ha sucumbido ante el cierre sino que ha doblegado su marcha para no permitir un bache cultural en la ciudad. Así se crean aspiraciones y admiraciones, al presentar una institución seria y convencida de su propósito. 

Sigo repartiendo pleitesías: los grupos independientes de la ciudad-desligados en su filosofía y proceder de las instituciones oficiales-se han armado hasta los dientes para tomarse espacios e inventarse fiestas, ferias, conversatorios, cócteles, maizenadas,  talleres e intercambios. Así es como se crean espacios, así es como desde la alternativa se diagrama una ciudad que pueda conversar con lo que está pasando en el mundo. Por ejemplo: Casa Verde, Casa Colorá, La Usurpadora, Fundación Divulgar, Bunt, la próxima Feria del Millón, No conocí el palma, El Conquistador, Vokaribe Radio, Casa Tropicalia, Mama Cumbia  y los muchos que se me quedan entre cervezas. 

    Ahora, seguimos teniendo un déficit preocupante de espacios para fomentar la creación, la experimentación (en su más puro estado), la colaboración y los negocios a partir del arte y la cultura. Esto no era diferente antes del cierre del Teatro. Siempre hemos tenido una suerte de visión cosmética de la cultura en la ciudad, y no hemos aprendido que el rédito de estas actividades no solo es humano, sino, en gran parte, económico. Ahora con la muy mal llamada “economía naranja” y el boom de las industrias creativas, la gente está entendiendo más. Pero, el déficit de espacios se debe a que por décadas hemos considerado las artes y el entretenimiento como cosas menores que no merecen más de lo que ya tienen. Es un error. Al igual que es un error pensar que sin el Teatro quedremos desprovistos.  

Analicemos: ¿qué pasaría si definitivamente se cierra el teatro? ¿Será que un hombre, deambulando por las calles de mi nueva barranquilla, dejará de tener un ímpetu creador a causa del cierre? ¡Hey!...no. El ímpetu creativo es atemporal y aespacial. Pero es indiscutible que se necesitan lugares para poder crear con más libertad, y que esto se vuelva en un retorno económico y cultural para la ciudad. La gente necesita sentir un respaldo, sino, ¡fuera!, se van a perseguir ese ímpetu a otros lados y privan a Barranquilla y la región de un activo importantísimo. Personalmente, yo no quiero más éxodos de mentes creativas. 

    Por eso, lanzo una propuesta tibia:  los colegios están hechos para impulsar el conocimiento, el aprendizaje y la creación. Abran sus puertas, abran sus auditorios, para poder hacer de ellos grandes espacios de intercambio. ¿Qué tal obras de teatro bien montadas en el auditorio del Alemán, del Liceo, del Maymount, del San José? ¿Qué tal entrevistas a personajes e intervenciones en vivo en la Enseñanza, el Bifi, el Salesiano? 

Por medio de estas activaciones, además, podemos avanzar hacia una sociedad más justa y más amable, porque a final del día, lo que en verdad nos separa de los “países desarrollados” no es necesariamente mejores vías, más edificaciones, o más de lo que sea, no, es en realidad es el respeto por lo público, por lo de todos. A lo que voy es: sea cual sea el destino del Teatro, tenemos en nuestras manos una oportunidad interesantísima de cambiar el paradigma de cómo y dónde hacemos cultura. 

 

P.D. A alguien se le ha ocurrido preguntar, ¿dónde está el contrato del Banco de la República con la Sociedad de Mejoras Públicas? De pronto esto puede dar luces, desde lo legal, sobre qué se puede y qué no se puede hacer. 

 

    

 

 

    

 

 

 

 

 

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