Por Julieta Lemaitre · 19 de Marzo de 2017

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Suponga que usted es una empresaria con la patente  y la financiación para iniciar la producción en Colombia de un producto que sus estudios de mercado le aseguran tendrá ventas robustas. Para montar la fábrica necesita permisos,  muchos permisos, y pasar por la burocracia local de alguna ciudad grande o intermedia con buenas redes de transporte.  Suponga que usted sabe que el municipio ideal para su empresa está dominado por las mafias. ¿Usted busca en consecuencia una abogada local que sepa hacer los contactos y pagar los sobornos que haga falta? ¿O confía usted en la instituciones y se va por lo legal al montar su fábrica?

En este caso, como en muchos otros, la existencia de la mafia es el precio de la desconfianza. Famosamente, así lo define Diego Gambetta al describir la mafia italiana: como los italianos del sur no confían los unos en los otros, dice, ni confían en el Estado, le pagan a la mafia sabiendo que ésta sí es de palabra. Es decir, pagan porque la mafia le cumple a quien bien le paga, más que por el miedo a su venganza.

Ya se atisban dos posibles ganadores de los escándalos “gota a gota” que engolosinan a la prensa y la radio por estos días pre-electorales, alimentando aún más la desconfianza. Y no incluyo entre los ganadores la eventual transparencia de la administración pública, porque no es claro para mí y sospecho para nadie cómo es que los escándalos de este año van a ayudar con eso.

El primer ganador, y quizá de lejos, son las mafias, todas las mafias, las de la salud, las de las obras, las de las licencias ambientales, las de la construcción, las del agua allí donde no hay agua.  La razón es clara: la convivencia con las mafias es el precio de la desconfianza. El que no confía en que el Estado es transparente, busca una mafia (y unos políticos mafiosos) a cuya sombra cobijarse.

El segundo ganador es el autoritarismo. Aparece un líder fuerte y carismático que le dice a la gente: confíen en mí (trust me dice todo el tiempo Donald Trump, prometiendo acabar con los políticos.) La gente, hastiada de desconfiar, deposita su confianza en el gran hombre (o podría ser en la gran mujer). El o ella se encargarán de hacer la limpieza, trust me, les dice, no dejaré títere con cabeza.

Y sin embargo esto es por supuesto falso, tanto porque muchas veces el gran líder miente, como porque otras tantas no tiene poder para cumplirle a la gente, no sin ayuda de esos títeres cuyas cabezas promete en elecciones...

¿Cuál podría ser la solución? Sólo hay una: la confianza, construida poco a poco y con tesón y con prudencia, dejando sin piso y sin razón de ser a las mafias. Una y otra vez economistas y otros sabios declaran que la confianza es lo que permiten que funcionen los gobiernos y los mercados. La confianza está encarnada en el ejército de funcionarios y funcionarias públicas que no salen en las noticias pero que existen a todo nivel: gente que cumple su palabra, que se trasnocha trabajando como si le pagaran por hacerlo, que cree en lo que hace y que lo sigue haciendo porque es grande la satisfacción de hacer bien el trabajo en beneficio de lo público. Gente así, gente que no sale en los medios, hay, y mucha, y a todos los niveles. De sus sacrificios se alimenta, precaria, la confianza en las instituciones.

Pero en este momento flaquea la capacidad del funcionario honesto para sostener la confianza en las instituciones, y le compete también a todos los perdemos si las mafias y el autoritarismo ganan las elecciones. A los empresarios les compete por supuesto no pagar la coima. Al gobierno actual le compete demostrar que es capaz de cumplir la palabra dada, empezando por cumplirle a las FARC en la adecuación de las zonas veredales. A la academia le compete entender que en este momento su trabajo es pensar la complejidad de este país, antes que hacer más edificios. A los jueces les compete estar a la altura de la tarea histórica, empezando por las amnistías y siguiendo por recuperar la grandeza de la Corte Constitucional. A los medios y a los columnistas y a los que hablan por la radio a toda hora, les compete reflexionar más sobre la utilidad de la tarea que están haciendo al regar con gasolina el fuego de una desconfianza que hace décadas que arde lento... Nada de lo anterior es fácil, o evidente, pero en todas partes hay gente con la capacidad, y el talento, para hacer lo correcto.

Comentarios (2)

Prada

19 de Marzo

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La "capacidad y el talento" también abundan entre quienes desprecian "lo correcto", a favor de "lo conveniente", que aplicado a sus propios intereses...+ ver más

La "capacidad y el talento" también abundan entre quienes desprecian "lo correcto", a favor de "lo conveniente", que aplicado a sus propios intereses pasa a ser "lo correcto". Pocos son capaces de hacer "lo correcto" cuando lesiona sus particularísimos intereses.
Lo verdaderamente escaso y necesario es la "fibra ética" combinada con la capacidad y el talento. No se da silvestre y toca cultivarla.

DIDUNDI

19 de Marzo

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Conclusión, dejar todo a la voluntad política dl poder q históricamente ha demostrado capacidad extrema d hacer lo políticamente​ correcto para ...+ ver más

Conclusión, dejar todo a la voluntad política dl poder q históricamente ha demostrado capacidad extrema d hacer lo políticamente​ correcto para la audiencia, y lo infinitamente deseado para unos cuantos.
No olvidar q el ejército d funcionarios-as con capacidad d crear confianza es precisamente el q no tiene el poder. Los q sí lo tienen requieren d cambios no reforms individuales

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