Por Carlo Tognato · 29 de Septiembre de 2016

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No hay duda de que hoy la extrema izquierda colombiana tiene un proyecto de importación a Colombia del castro-chavismo. Ni tengo la más mínima duda de que en este país una parte de la sociedad civil afín a la extrema izquierda invoca el respeto de los derechos y de las instituciones del Estado solamente cuando le conviene y los desecha cuando ya no la favorecen.

Reconozco que los acuerdos de la Habana constituyen un texto abierto e imperfecto que no está exento de riesgos.

Me queda bastante claro que el Estado tiene capacidades relativamente escasas frente a la tarea titánica de implementación.

Observo que la financiación disponible para sostener este esfuerzo está muy por debajo de lo que quisiéramos y que a lo largo del posconflicto la cobija podría quedarse corta.

Puedo entender a aquellas víctimas que quisieran ver actos de contrición y reparación más concretos por parte de los líderes de las FARC y que no estén preparados para verlos participar directamente en la política.

Comprendo también la ansiedad de quienes temen que diferentes actores puedan tener interés en manipular el proceso de esclarecimiento de la verdad sobre el conflicto con el fin de desviar el sistema de justicia transicional y sacar rentas políticas de él.

Varios observadores han respondido a estas inquietudes recordando que la política es el arte de lo posible y que los inamovibles de los partidarios del NO hubieran abortado el proceso de paz en etapa avanzada de gestación.

Hay otra dimensión, sin embargo, que vale la pena tener en cuenta.

Los partidarios del NO parecerían atribuir a sus adversarios una infinita capacidad de maniobra y negar inexplicablemente a sí mismos la posibilidad de influir de manera efectiva sobre los derroteros del posconflicto, en caso de que ganara el SÍ. Paradójicamente, eso los lleva a una profecía autocumplida que termina materializando sus peores fantasmas y llevándolos a saltar de un avión sin paracaídas. Veamos.

Marcha Patriótica, el movimiento político que recoge el legado de las FARC, ha venido declarando abiertamente que su propósito es establecer en Colombia una república bolivariana siguiendo el modelo venezolano. Estas declaraciones, sin embargo, no comprometen necesariamente su futuro.

De hecho, bajo condiciones e incentivos oportunos, su programa podría evolucionar junto con el resto de la izquierda colombiana hacia una plataforma mucho más cercana a la social-democracia chilena. Objetarán algunos que pensar en un tal desenlace hoy equivale a un ejercicio de política-ficción.

Sin embargo, ¿quién hubiera imaginado hace más de una década, cuando las FARC hacían volar a niños inocentes en bicicletas-bomba, que algún día entregarían las armas y se someterían al Estado?

En la política hay elementos que posibilitan esos caminos y otros que los cierran. Dedicaré una columna a parte del ejercicio de imaginación necesario para abordar los primeros, mientras aquí me concentraré sobre los segundos.

Los partidarios del NO sugieren que su opción impide una deriva castro-chavista en Colombia. Quiero argumentar que su victoria propicia el exacto contrario.

Si los colombianos se despertaran el próximo lunes con ese resultado, enfrentarían la siguiente situación. El Presidente Santos cerraría el proceso de paz y las FARC regresarían al monte.

Un segmento amplio e importante de colombianos no apoyaría el regreso a la guerra. En particular, los grupos sociales que han sostenido la carga del conflicto durante las décadas pasadas cuestionarían el llamado por parte del País del NO a que regresaran a combatir: “¡Que los partidarios del NO se presenten a los puntos de reclutamiento de las Fuerzas y sean coherentes con su voto!”, dirían.

Esta vez, una parte importante de los estratos urbanos 5 y 6 se solidarizaría con ellos, fusionando clases dirigentes con clases populares.

A la comunidad internacional y a un segmento amplio de colombianos a favor de la paz, las FARC podrían reclamarles que intentaron dejar las armas, pero el país se los impidió.

A esa altura ya no importarán aquellas razones dignas y honradas que los partidarios del NO pudieran haber tenido. Los líderes de las FARC lograrán santificarse sin siquiera la necesidad del martirio: ¡Santo súbito!, cómo proclamaban los feligreses en la Plaza San Pedro en Roma después de la muerte de Juan Pablo II.

Retomar la lucha contrainsurgente en el nuevo contexto sería mucho más difícil que antes no porque a lo largo de los últimos años las Fuerzas Públicas de Colombia se hayan transformado en “damas de rosado”, como ha sugerido recientemente de manera nada generosa la representante Cabal del Centro Democrático.

Una vez rechazada la disponibilidad de las FARC a deponer las armas, se habría herido a muerte aquel consenso social amplio que permitiría revivir en el País la política de seguridad democrática.

Sin el respaldo por parte de un larguísimo segmento de la sociedad colombiana a la guerra, se destruiría de hecho la base social del programa bandera de las dos administraciones Uribe y se debilitaría el apoyo entre los ciudadanos a la acción contrainsurgente por parte de la Fuerza Pública.

El despecho producido en la opinión pública por el rechazo a la paz llevaría al fortalecimiento del Polo Democrático Alternativo y animaría a segmentos de diferentes partidos políticos a experimentar nuevas alianzas con el Polo, abriéndole el paso a un re-ensamblaje de las fuerzas políticas en Colombia y a coaliciones inéditas sin antes tener un tránsito más decidido dentro de la izquierda colombiana hacia una social-democracia chilena y un distanciamiento marcado con respecto a las experiencias populistas de Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Argentina.

Durante la Guerra Fría en Italia fue posible contener al partido comunista más grande de occidente, que contó más del 30% del electorado italiano, y se logró impedir su ingreso al gobierno gracias al pragmatismo de aquellos electores laicos en la centro-derecha y en la centro-izquierda que, “tapándose la nariz”, como dijo una vez un famoso periodista italiano, votaron repetidamente por la Democracia Cristiana, no obstante sus relaciones no particularmente santas con la mafia siciliana.

Ganando el plebiscito, los partidarios del NO en Colombia harían exactamente lo contrario, viabilizando en los ojos de muchos más colombianos el ingreso de la izquierda colombiana a un gobierno nacional.

Si ganara el NO, la atención de la comunidad internacional estaría permanentemente encima de aquellas señales que pudieran anunciar la repetición en Colombia de un genocidio político similar al de la UP por parte de actores que se sintieran autorizados a eso con base en el resultado del plebiscito.

Los partidarios del NO que hubieran expresado su voto con base en razones dignas y honradas quedarían progresivamente rehenes de las facciones más inquietantes dentro de su frente.

Los miembros de las fuerzas políticas del SI que pensaran unirse a las fuerzas políticas del NO terminarían gobernando otra Colombia en el contexto político internacional actual. Ya no sería la Colombia insertada en el mundo que amaneció después de Septiembre 11 y que le entregó a la administración Uribe un amplio margen de maniobra interno e internacional.

Ni sería la Colombia admirada hoy en día por la comunidad internacional por ofrecer unos de los pocos focos de esperanza y de inspiración en un panorama internacional tan oscuro y deprimente.

La Colombia que esa nueva coalición de fuerzas políticas estaría gobernando no se asemejaría a una Israel latinoamericana, capaz de rechazar un acuerdo de paz y de sostener un aislamiento testarudo y orgulloso en el contexto internacional. Israel pudo hacerlo por su relación especial con los EEUU, cementada por la influencia que los ciudadanos judíos tienen sobre la dinámica electoral de ese y sobre su política exterior hacia Israel y el Oriente Medio.

Esa Colombia se asemejaría más bien a una Suráfrica latinoamericana de los tiempos del Apartheid, pero con dos grandes diferencias. Primero, con muchas menos minas de oro, porque el fermento social que se desataría en un país más radicalizado impediría explotarlo.

Y segundo, porque en Suráfrica Mandela finalmente tomó el poder ejerciendo un enorme auto-constreñimiento, no obstante representar a una mayoría aplastante del electorado surafricano.

Dudo que los procesos desatados por una victoria del NO motiven a sus adversarios, y sobre todo a la izquierda, a ejercer formas comparables de auto-constreñimiento. Además, históricamente muchas izquierdas latinoamericanas no han mostrado una gran vocación a auto-constreñirse.

En fin, los efectos de una victoria del NO desatarían una radicalización del país en general y en particular una radicalización ulterior de su izquierda.

Ahora bien, supongamos que los partidarios del NO pierdan con más del 40% de los votos.

Ese resultado no pararía ni frenaría la implementación de los acuerdos ni ofrecería razones para alterarlos, sino podría acelerar varios de los procesos mencionados de re-ensamblaje de las fuerzas políticas en el país.

Además, en el marco de la actual polarización los partidarios del NO han ido paulatinamente quemando los barcos que les hubieran permitido activar unos canales detrás de escena (backchannels) para influir sobre el proceso de implementación.

En particular, entre los sectores productivos más fuertemente alineados con el NO, los gremios parecerían no haber vislumbrado la necesidad táctica de cultivar y darles visibilidad a voces disidentes transformándolas en campeonas de unas minorías para el SI con el fin de tejer unos paracaídas que pudieran proteger unos últimos canales constructivos de influencia sobre la implementación de los acuerdos.

En vez que ponerse a jugar ajedrez, han renunciado a un papel pedagógico difícil pero fundamental en esta etapa. Han preferido dejar que unas dinámicas propias de las iglesias prevalezcan en sus respectivos sectores sobre aquellas de la política.

Cualquier moderado tiene bien claro que la influencia no se ejerce estando afuera de los procesos, sino estando adentro.

A los partidarios del NO se les vendió la ilusión de que pueden saltarse de este avión, pero no se les aclaró que para eso no habrá paracaídas. Quienes entre ellos votan con base en razones dignas y honradas tienen una única vía para hacer valer esas razones y para evitar que sus peores miedos terminen materializándose.

Voten SÍ y ejerzan desde adentro una influencia positiva, oportuna y calificada sobre el largo y difícil proceso de implementación de los acuerdos que nos espera a partir del próximo lunes. El País sabrá reconocer su acto de confianza y encontrará maneras útiles para tener en cuenta sus aportes.

Comentarios (6)

Carlos A. Velásquez R

29 de Septiembre

149 Seguidores

Muy buen artículo: con visión estratégica. La gran paradoja sería que si ...+ ver más

Muy buen artículo: con visión estratégica. La gran paradoja sería que si se impusiera el NO, el conflicto armado con las FARC, que hasta ahora solo ha tenido tenues características de "guerra civil", podría adquirir gruesas características de ese tipo de guerra. Se daría un grave efecto colateral por un disimulado complejo de inferioridad de los líderes del NO.

GMolano

29 de Septiembre

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Si gana el NO apague y vamonos para la politica colombiana en al menos el...+ ver más

Si gana el NO apague y vamonos para la politica colombiana en al menos el primer tercio del siglo XXI. Una es la consecuencia logica del regreso al conflicto y otra es que la intolerancia politica llego para quedarse y hecho raices. Mala vaina, perversa, injusta con lo que realmente es el pueblo colombiano. Puede que la ignorancia llegue a causar eso, seria muy triste.

GMolano

29 de Septiembre

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Economicamente, seria doble tristeza porque aunque el posconflicto pinta pobre...+ ver más

Economicamente, seria doble tristeza porque aunque el posconflicto pinta pobre en teoria seria tranquilo. El regreso al conflicto seria doblemente pobre y cruento. Los del NO saldrian envalentonados creyendo que tienen el sarten por el mango. Pero esta desicion pasaria una factura costosa. Podria pasar lo mismo que a los ganadores del #brexit. El exito los desmantelo.

David Leon

03 de Octubre

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Pues ganó el NO, y las Farc no están en el monte, dicen que siguen en el pro...+ ver más

Pues ganó el NO, y las Farc no están en el monte, dicen que siguen en el proceso, el papa dice que viene de todas maneras, aceptan retomar negociaciones, etc.. Solo falta que se Vayan los responsables de tanta mentira y amenazas y de ese circo en el gobierno, con su cabeza mayor Santos, tal como dijo que lo haria.

harriarq

03 de Octubre

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Como hoy es hoy y mañana será otro día, esa bola de cristal le salió mal.L...+ ver más

Como hoy es hoy y mañana será otro día, esa bola de cristal le salió mal.Los tres actores gobierno guerrilla y oposición se conjugaron en la misma decisión, el arma será la palabra, se abrirá el dialogo para todos y se convocarán a los de la oposición, esos que también queremos la paz y votamos por un mejor acuerdo. Los caminos son distintos pero el objetivo es el mismo, sin pesimismo.

Andres Felipe Garcia Rovira

03 de Octubre

1 Seguidores

La mayoria de los analistas colombianos, son de la academia, asi que sencillam...+ ver más

La mayoria de los analistas colombianos, son de la academia, asi que sencillamente pueden disfrutar de la carreta, si hubiera ganado el SI piedad cordoba seria magistrada de la corte constitucional, porque eso hubiera sido parte del pacto, con poderes plenipotenciarios del gobierno, el problema del analisis, es que asume que los fundamentales del poder no los controla el establecimiento.

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