Por Teresita Goyeneche · 12 de Mayo de 2017

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No terminan de ser las seis de la tarde en la Ciudad Vieja de Cartagena y ya la esquina que separa a la Plaza de los Coches de la Plaza de La Aduana está encendida. Las mesas de madera con sillas de tela amarilla sobre el suelo curtido de tanto zapato y ceniza, están repletas de gente -de aquí y de otras partes-, que alivian el calor del día con con una cerveza a precio de tienda, mientras escuchan una de las mejores colecciones de salsa que tiene la ciudad.

Esa esquina se llama Donde Fidel, uno de los pocos templos de la cartagenidad que quedan dentro del Centro Histórico. Fue fundado por el getsemanisense Fidel Leottau hace treinta y dos años.

Primero fue una pollería y luego se convirtió en el bar por el que han pasado los cartageneros más salseros de todos los estratos, muchas de las celebridades que visitan la ciudad –como dan fe las incontables fotos que están dentro del local- y los curiosos de corazón alegre que se deja atender por su dueño, que muchas veces hace la siesta sentado en una de esas sillas, arrullado por la brisa de la tarde.

Pero en la madrugada del lunes 8 de mayo, una joven teniente selló el sitio por ocho días, porque según las reglas del código de polícia estrenado en 2016, se estaban violando artículos que se refieren a la seguridad y la tranquilidad de vecinos, a causa del amontonamiento de la gente en el Portal del Los Dulces y al alto volumen de la música.

Una nube de incredulidad y polémica invadió las calles y por supuesto, las redes sociales de los ciudadanos más arraigados que ven en el local no solo un lugar para tomarse un trago o escuchar música, sino un sitio en el que conversan de manera armónica los mejores ritmos afrocaribeños. El único que conserva la memoria histórica de la ciudad dentro de las murallas.

No en vano la chef Leonor Espinosa, una de las figuras cartageneras más destacadas de la cultura nacional,  recuerda que cuando tenía un poco más de veinte años iba los sábados desde el mediodía a ver videos y se quedaba hasta que se apagaba la música tarde en la noche. Para ella, Donde Fidel debería ser declarado patrimonio porque “Cartagena siempre ha sido una ciudad salsera a  nivel popular y Fidel ha logrado que esto se asiente en todas las esferas”.

Reconocer a la famosa esquina como patrimonio evitaría que episodios como este se repitan, sobre todo entendiendo el entorno geográfico en el que vive el bar. La Plaza de Los Coches es la góndola de mercado en la que los turistas buscan prostitutas y drogas recreativas, especialmente desde que se gentrificó la calle de la Media Luna; y el Portal del Los Dulces es un popurrí de bares que destrozan con estridencias y aparatajes el espíritu histórico y caribe que debería destacar a la ciudad.

Sin embargo, el Plan de Manejo y Protección del Centro Histórico lleva en producción más de 14 años y aún no ha sido aprobado por el Ministerio de Cultura. Cartagena, aunque fue declarada Patrimonio Nacional de Colombia en 1959 y según la UNESCO su puerto, fortalezas y su conjunto de monumentos sean Patrimonio Mundial, no tiene ningún Bien de Interés Cultural –que es lo material- o Manifestación Cultural –que es lo inmaterial- acreditado como tal.

Aunque el año pasado el alcalde Manolo Duque haya convocado a varios miembros de la sociedad civil a conformar el Consejo Distrital de Patrimonio, apenas hay algunas propuestas que están en estudio, como las Fiestas de Independencia o la Champeta, pero aún no son patrimonio salvaguaradado. Frente a esto, una entidad tan poderosa para la conservación del espiritu salsero de la ciudad como es Donde Fidel, podría ser desbaratado con la orden de la mano equivocada, ya sea por intereses individuales o por desconocimiento.

Sobre el sentido de comunidad, el sociólogo alemán, Georg Simmel, dijo en su “Cuestiones Fundamentales de la Sociologia”,  que “el comer y el beber, las funciones mas antiguas y espiritualmente menos sustanciales, pueden ser el medio de unión, a veces el único, de personas y círculos altamente heterogéneos”.

En una ciudad cada vez más ajena a los suyos, donde los barrios tradicionales están atestados de turistas y las lúdicas más sabrosas se ha reservado para los de afuera, un espacio como Donde Fidel es un respiro en el que podemos mirar al de al lado y ver un espejo, en vez de una frontera amurallada.

Aunque la decisión fue revertida y un par de días después el bar ya estaba operando, no debemos olvidar que a veces todo lo que nos queda es un poco de música y que para muchos cartageneros la salsa es una manifestación muy propia que nos une con nosotros y con el Caribe, y que esa esquina en particular después de un largo día de trabajo, es el único templo que motiva nuestro espíritu.

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