Por Tatiana Velásquez Archibold · 10 de Julio de 2017

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Detrás de ocho de los asesinatos ocurridos los últimos dos meses en Barranquilla y la frontera con el municipio de Soledad está el crimen organizado. Primero fue una vendetta, a plena luz del día en mayo pasado, entre Los Pachenca y el Clan del Golfo que dejó tres muertos. Y después, la guerra recrudecida por el narcomenudeo, entre grupos locales como Los 40 Negritos y Los Papalópez, que desde el viernes de la semana pasada ya suma cinco baleados.

Una seguidilla de hechos que pone en evidencia la cuota de sangre de las bandas emergentes en el capítulo reciente de la violencia de la capital del Atlántico, cuya tasa de homicidios cerró en diciembre pasado en 33 y supera, por tercer año consecutivo, la nacional y a ciudades como Bogotá y Medellín.

La Policía Metropolitana de Barranquilla responsabiliza a organizaciones locales de la mitad de los asesinatos, mientras que le atribuye el resto de muertes a las riñas, el consumo de licor y los problemas intrafamiliares.

Pero para la Defensoría del Pueblo en esa violencia también participan activamente bandas criminales (bacrim) como el Clan del Golfo y, por eso, advierte con frecuencia su presencia, aunque la Policía niega que eso sea así. Sin embargo, las toneladas de cocaína decomisadas el semestre pasado en el puerto prueban que esa bacrim, por lo menos sí ha llegado a permear la ciudad en su afán por enviar droga al exterior.

Más allá de ese choque institucional por los actores de la violencia barranquillera, lo cierto es que hasta el mismo alcalde Alejandro Char ha dicho sentirse “impotente” y ha anunciado la militarización de la ciudad, pese a tratarse de una decisión que no depende exclusivamente de él.

Lejos de alcanzar la tasa de Quibdó, que supera los 100 homicidios por cada 100 mil habitantes, Barranquilla comenzó a sobrepasar los indicadores nacionales en 2014, según estadísticas presentadas esta semana por el Instituto de Medicina Legal. Ese aumento coincide con el nacimiento, en 2013, del grupo delincuencial Los Costeños y la transformación en banda, para la misma época, de dos de las pandillas juveniles más peligrosas de la ciudad: Los 40 Negritos y Los Papalópez.

Esas son hoy las tres organizaciones que más terror generan en ciertas zonas, especialmente porque tienen detrás una estela de homicidios, extorsiones, desapariciones y delitos relacionados con el microtráfico.

Incluso, la Policía asegura que les han llegado a prestar servicios al Clan del Golfo y no descarta que recientemente hayan comenzado a trabajar juntas en los barrios fronterizos entre Barranquilla y Soledad, bajo el nombre de ‘Los Nuevos Rastrojos’, para apoderarse del expendio de droga. Además, la Fiscalía acusa a algunos de sus miembros de ajusticiarse entre sí con descuartizamientos.

Los últimos cuatro años han ocurrido 15 desmembramientos en barrios cercanos al río Magdalena. El cuerpo más reciente fue encontrado en marzo de este año por vecinos de una invasión llamada La Bendición de Dios. La Policía y la Fiscalía señalan a Los Costeños de ser los autores de por lo menos seis de esas muertes, mientras que a Los 40 Negritos y Los Papalópez de otros tres casos.

(Dé clic en cada ícono para conocer los detalles de los cuerpos encontrados en los barrios ribereños)

 

Los 40 Negritos y Los Papalópez comenzaron a delinquir hace casi una década como pandillas que prestaban protección a sus vecinos en los barrios cercanos al río Magdalena (La Chinita, La Luz, La Bendición de Dios, Villanueva y El Ferry), de hecho gozan de cierta simpatía entre ellos. Años después, escalaron en el hampa hasta convertirse en poderosas organizaciones que imponen su ley en esas barriadas y desde la semana pasada colman los titulares y editoriales de la prensa local porque quedó en evidencia la sangrienta lucha que libran.

A pesar del temor que infunden, son bandas sin el nivel de organización que llegaron a tener los paramilitares y por eso, hasta ahora, no han logrado controlar por completo la delincuencia en toda la ciudad, de la que también hacen parte unas 90 pandillas, según estudios de la Alcaldía.

Una historia completamente distinta a la de los años del dominio ‘para’, especialmente entre 2003 y 2006, con la consolidación de Édgar Ignacio Fierro, alias ‘Don Antonio’. Con un ejército de hombres imponiendo su ley y doblegando a los delincuentes locales, hizo que Barranquilla pasara de tener una tasa de 41 homicidios en 2004 a 32 al año siguiente.

Los ‘paras’ lograron ese descenso a sangre y fuego, después de aterrizar en Barranquilla en el 2000, inicialmente bajo el mando de José Pablo Díaz, asesinado tres años después y reemplazado por Don Antonio.

Aunque virulenta, la irrupción ‘para’ no fue novedosa porque la presencia de la delincuencia organizada en Barranquilla se remonta a los años 70 con grupos dedicados a la mal denominada ‘limpieza social’ y, siguió en los 80 con los capos de la bonanza marimbera y en los 90 con los narcos del Cartel de la Costa.

Tan pronto se desmovilizaron los ‘paras’, los homicidios comenzaron a fluctuar en Barranquilla y su área metropolitana por las disputas frecuentes de las bandas emergentes para ocupar su espacio. Fue así como tuvieron emporios fugaces Los 40, herederos del extraditado Jorge 40; Los Nevados, de los mellizos narcotraficantes Víctor y Miguel Mejía Múnera; La Oficina de Envigado, de alias Don Berna, y Los Rastrojos, según informes del Centro de Memoria Histórica y el portal Verdadabierta.com.

Después, en 2013, llegaron Los Costeños y desde entonces delinquen entre Barranquilla y Soledad. Nacieron como una facción de Los Rastrojos de Cali, tras la caída del narco Diego Rastrojo, extraditado a Estados Unidos, y ese mismo año se hicieron sentir con una serie de atentados contra las instalaciones y empleados de las empresas de chance y de transporte público para presionar por el pago de extorsiones. Esa ola de asesinatos le significó una crisis de popularidad a la hoy ministra de Vivienda Elsa Noguera, entonces mandataria de los barranquilleros.

La violencia en la era de Los Costeños

Los Costeños fueron creados por los hermanos Borré: Juan Manuel, alias Javier, y Brayan, alias tío Guillo. Ambos son originarios de los Montes de María y viejos conocidos en el mundo del paramilitarismo y el hampa en el Caribe. Especialmente Juan Manuel, quien trabajó con el extraditado jefe ‘para’ Salvatore Mancuso y a quien las autoridades le han encontrado vínculos con el Clan del Golfo.

A estos hermanos la Fiscalía les atribuye más de 700 delitos en el Caribe, entre ellos extorsiones, tráfico de drogas y, principalmente, asesinatos en Atlántico y Bolívar.

Y pese a estar presos desde 2014 en cárceles de máxima seguridad, desde ellas han seguido delinquiendo y sembrando el terror en barrios del sur de Barranquilla y en Soledad, como lo evidenciaron unos audios revelados por la revista Semana en marzo pasado. En ellos dicen que le dan bala a todo aquel que no les copie.

Tan temidos son que en mayo pasado la Fiscalía emitió una alerta por un posible plan pistola contra los guardias del Inpec, después de interceptaciones telefónicas hechas por el Gaula a alias Tío Guillo. Esas amenazas generaron zozobra local porque, se dieron justo después de la muerte de un auxiliar de Policía en un barrio del sur de Barranquilla, que la Fiscalía le atribuyó al Clan del Golfo. Hasta mediados de mayo, el plan pistola de esa bacrim había dejado unos 13 policías asesinados y otros 40 heridos en todo el país.

Desde 2015 hay un nuevo brazo criminal dentro de Los Costeños, liderado por Jorge Eliécer Díaz, alias Castor, y Digno José Palomino, alias Digno. Ellos son hoy son los dos delincuentes más buscados por la Policía en Atlántico.

Un puerto apetecido por los narcos

Además de ser tierra fértil para el microtráfico, la extorsión y el sicariato, Barranquilla es apetecida por las bandas emergentes por su ubicación geográfica, que la convierte en un punto estratégico para el embarque de droga.

Aunque la droga ha hecho parte del acontecer de la ciudad desde los años 70, inicialmente con la bonanza marimbera, las incautaciones de la última década evidencian que cada vez más su puerto sobre el río Magdalena y a pocos metros del mar Caribe es un imán para narcotraficantes de grandes ligas como el Clan del Golfo.

A ellos la Policía Antinarcóticos les decomisó en marzo pasado el cargamento de coca más grande jamás incautado en Barranquilla: 6.184 kilos camuflados entre chatarra, que tenían por destino el puerto de Algeciras en España y estaban avaluados en 200 millones de euros. Ese decomiso representa casi la mitad de toda la droga encontrada en el puerto de Barranquilla desde 2010, que Antinarcóticos calcula en unos 15.500 kilos entre cocaína, base de coca y heroína.

Ante todas estas amenazas a la seguridad, la Policía y la Alcaldía han respondido con anuncios de mayor pie de fuerza y dotación de cámaras y motocicletas para los uniformados, y con la restricción del parrillero en ciertos sectores de la ciudad.  Algunos indicadores, como los robos, han mejorado y junio acaba de cerrar como el mes con menos homicidios de lo corrido del año.

Pero los resultados sostenidos a largo plazo están por verse, especialmente ahora que están por salir de la cárcel casi 400 presos en Barranquilla por vencimiento de términos y de la supuesta alianza entre las temidas bandas Los Costeños, Los Negritos y Los Papalópez para controlar el sur de la ciudad y ajusticiar a todo aquel que no se pliegue a sus reglas.

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