Por Toni Celia · 18 de Noviembre de 2016

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El cuento

         Una nube de humo da paso a cientos de bailarines bañados en polución, sudor, e impaciencia; esperando está su pareja, una atenta figurilla que hace de la espera un juego; la música empieza: el eco del pito, el ronronear del exosto, la percusión del cemento quemando plástico y el tric-trac del latón barato atacan  a nuestra figurilla con una sinfonía urbana que, más que hacer música, asesina al posible silencio que sería. Y entonces, comienza el cortejo:

Erguida, la figurilla se abre paso entre el monóxido de carbono y pinta su piel de gris. Con delicadeza y agilidad de, el ballet de 150cc anuncia su ataque. Unas alumbran el escenario con un parpadeo de luces naranjas, otras simplemente restan serenas y concentradas en sus pasos. Desde adentro se siente el calor de la cercanía; el ardor de estar  cerca de un motor en celo.

         Entonces, la figurilla parece detenerse, pero nunca se detiene. Este baile es más cumbia que salsa: hay un continuo movimiento, lento, ecuánime y decoroso, es un baile que requiere de la delicadeza que alguien usaría para separar un único cabello. La figurilla entonces hace su siguiente movimiento: con las manos atrás procede a irse de mejor amigo con el asfalto mientras arrastra sus zapatos sobre la intermitente línea blanca de la pista de baile. El ballet zigzaguea y le responde con un rechinar que alienta a la figurilla a buscar tan siquiera una fracción de fricción; en ese momento el mundo existe en un milímetro. De repente busca el físico de uno de los bailarines y acaricia el croquis de uno de los elusivos miembros del baile dándole así un sentimiento de cercanía la cual solo los mejores logran sentir, el resto, los amateurs, se contentan con solo olfatear el perfume de gasolina.  

Nuestra figurilla da un paso más: izquierda, derecho, leve quiebre del brazo, izquierda, y mientras los bailarines lo miran con indiferencia, da un salto: elegante como el de Bojangles, largo y suspendido como el de Jordan. La figurilla se ubica entonces del otro lado de la pista mientras la comparsa sigue con sus entrenados pasos, cediendo la pista a otros y atacando a los ignorantes.

Finalmente, nuestra figurilla, agitada pero en completo control, se voltea, sonríe capciosamente, y dice: "¡Jueputa, qué mierdero que es cruzar la Circunvalar en Barranquilla*!"

El reclamo 

        *Esto no es un baile recomendado para un transeúnte de poca monta. Este cortejo requiere adrenalina y un seguro de vida robusto, porque la Circunvalar es la vía de nadie, llena de obstáculos, desde tractomulas hasta perros. La Circunvalar, es, tal vez, el ejemplo metafórico y literal más fidedigno de nuestra falta de planeación.

Por eso hice el ejercicio a medio pelo de buscar bajo la fórumla inventada e innecesaria de (Medio X)+Circunvalar+2016=¿? y me arrojó: 

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Es importantísimo que busquemos la manera de que el baile no flirtee con la mortalidad sino que sirva para ensalzar la elasticidad y talento de los que se atreven a bailar. No debemos, dentro de nuestro imperativo moral, hacernos los ciegos (¿o sordos?) ante llamados de alerta por parte de coreógrafos profesionales (léase: expertos en urbanismo), porque si lo que queremos es una pista de baile tremenda e inmensa, estamos en mora de construir una.

Yo sé que dirán que hay puentes peatonales, dirán que hay cebras, dirán que el problema es de la falta de cultura ciudadana,  pero yo pregunto: ¿qué vino primero, el baile o los carros?

 

 

 

 

 

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